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El Salvador, Miércoles 27 de Agosto de 2014
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Viernes, 06 de Febrero de 2009 / 11:48 h

Palabras de Carlos Henríquez Consalvi, director del Museo de la Palabra y la Imagen, al recibir el Premio Internacional de Cultura Prince Cl

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Al recibir el premio Prince Claus en la categoría de Periodismo y Memoria Social, considero que este es un reconocimiento a una historia colectiva, en definitiva al pueblo salvadoreño, quien ha sido el constructor de lo que se premia este día: los esfuerzos por abrir espacios de libertad, y por fijar la memoria histórica.

Es al pueblo salvadoreño a quien debemos reconocer por sus esfuerzos por disminuir las zonas de silencio cultural, como lo están haciendo las comunidades indígenas y campesinas, extrayendo la verdad de sus historias locales, tomando voz propia para enriquecer dinámicamente su patrimonio cultural intangible.

Cuando tratamos de descifrar el porque, del rumbo que han tomado nuestras vidas, irremediablemente debemos mirar hacia nuestro pasado.

En mi caso personal debo rememorar mi infancia, y recordar a mi país natal bajo la dictadura militar, que encarceló y torturó a mi padre, Rigoberto Henríquez Vera y lanzó al exilio a mi madre, Cristina Consalvi, quien me llevó en brazos al destierro cuando yo apenas tenia tres años de edad. Desde entonces aprendí en carne propia el significado de la injusticia y la exclusión. Vivimos en el exilio en México, San José de Costa rica, y Cúcuta en Colombia, mientras mi padre era prisionero político. Junto a mi madre soñábamos con retornar a la patria desdibujada en la lejanía, y solo pudimos retornar a ella cuando se le puso fin al autoritarismo.

Lo que soy, se lo debo a mis padres, por ello mi agradecimiento por los valores que me inculcaron y el ejemplo que me legaron.

En Caracas comencé a estudiar una de mis pasiones, Comunicación y Periodismo; y siendo estudiante, me enteré del devastador terremoto que en 1972 destruyó Managua. En ese momento sentía que mi lugar estaba al lado de los miles de damnificados que sufrían entre los escombros, y junto a un grupo de jóvenes rescatistas, emprendí viaje a Centroamérica, y amarré a estas tierras mi corazón y mi conciencia.

Al finalizar el régimen somocista, trabajé como periodista en diversos medios de comunicación. En 1980 me encontraba colaborando en la fundación de una radioemisora en las comunidades indígenas de la Costa Atlántica nicaragüense, cuando recibí la noticia sobre la muerte de Monseñor Romero, suceso que fue para mí una señal que me llevó a interesarme más en la historia y la dramática situación de polarización que vivía El Salvador.

Llegue a San Salvador el 24 de diciembre de 1980 con la intención de fundar un medio alternativo de comunicación, que bautizamos como Radio Venceremos. Durante once años estuvimos en las montañas de Morazán, al frente de la emisora insurgente, realizando un periodismo bajo asedio, experiencia inolvidable que tuvo el cielo y las estrellas como techo, y como acompañantes a los valerosos habitantes del departamento de Morazán.

Aquello fue un esfuerzo colectivo, mi actuación en esta historia no hubiese sido posible sin los verdaderos protagonistas: los que entregaron su vida, los campesinos y campesinas que atravesaban ríos y montañas para abastecer de combustible a la emisora, aquellos jóvenes de Morazán que se convirtieron en improvisados reporteros para sorprender al mundo por su creatividad, aún bajo las difíciles condiciones que imponía el conflicto.

Un reconocimiento para vos, Chiyo, que llegaste a la emisora, siendo apenas un niño, luego de que la violencia irracional le quitara la vida a tu madre, y a tu hermana embarazada. Gracias por acompañarnos en tiempos de estruendos, y ahora gracias por continuar en el Museo, entregando tu nobleza y tu amor por la memoria. De igual manera un saludo especial para la presencia de Lety, quien junto a Mariposa fue una de las voces femeninas de la emisora.

Hoy no puedo dejar de recordar a los 23 jóvenes que en algún momento integraron la estructura de redacción o de defensa de la radio, y que entregaron su vida a lo largo del camino... por ello invoco sus nombres, al sentir su sangre luminosa recorrer las venas de la memoria colectiva:
Javier, Montalvo, Tony, Walter, Julito, Chepe, Payin, Mincho, Mito, Abel, Samuel, Tuno, Pedro, Angelita, Exequiel, Alfredo, Morena-Liset, Elizabeth Pirulita, Anibal, Will, Lucas, Ismael, Mabel.
La otra parte del reconocimiento que se recibe esta noche, es por el trabajo de fijación de la memoria histórica que se ha realizado en el Museo de la Palabra y la Imagen.

Como ustedes saben, el MUPI fue una idea que nació en las montañas, cuando tomamos conciencia de la importancia de conservar las fuentes documentales que permitieran algún día hacer la interpretación de esa historia contemporánea salvadoreña. Fue así que desde los comienzos de los ochenta, comenzamos a guardar una a una, las trasmisiones de la radioemisora, fotografías, cine y video, manuscritos, o evidencias sobre esa parte de nuestra historia contemporánea.

Firmado el Acuerdo de Paz, el 16 de enero de 1992, nos dimos a la paciente tarea de repatriar esos archivos que se encontraban diseminados por el mundo.

En sus inicios, este esfuerzo tuvo un pequeño local, donde iniciamos las labores de rescate documental, junto a la ahora antropóloga Georgina Hernández Rivas, quien juega un papel vital en la construcción de esta utopía recobrada.

En 1996, el Museo de la Palabra y la Imagen, apareció públicamente con la publicación del libro Luciérnagas en El Mozote. Después iniciamos las exhibiciones itinerantes por todo el país con la exposición “La Huella de la Memoria”.

También comenzamos la campaña llamada “Contra el caos de la desmemoria”, que trataba de sensibilizar a la sociedad en la necesidad de rescatar y conservar los documentos, los objetos y fotografías, que casi siempre tenemos en nuestros hogares sobre la historia política y cultural del país. Y la respuesta de la sociedad fue generosa pues empezamos a recibir centenares de materiales documentales.

Luego de varios años, ya tenemos un local propio con salas de exposición, centro de documentación, Biblioteca, y espacios para conservar los archivos históricos.

Concientes que en nuestra literatura se atesoran llaves extraviadas de la memoria, y resquicios de nuestras identidades, investigamos y digitalizamos los archivos personales de pensadores y escritores como Roque Dalton, Salarrué. Masferrer y recientemente Pedro Geoffroy Rivas, sobre cuya obra hemos creado la exposición Patria Peregrina, a la cual los invitamos a visitar.

Logramos movilizar numerosas conciencias, para resguardar parte de nuestro patrimonio cultural. Esto no hubiese sido posible sin la participación colectiva de la sociedad, en particular de la familia de Prudencia Ayala, la familia de Roque Dalton, la familia de Amparo Casamalhuapa y de Pedro Geoffroy Rivas, gracias a los centenares de familias que han confiado en el MUPI, y depositado documentación para ser compartida con toda la sociedad.

Debemos agradecer a la Fundación Salarrué, quien nos confío el Archivo personal de Salvador Salazar Arrué, Salarrué, uno de los más importantes artistas salvadoreños del siglo XX
Con la correspondencia y los poemas de Salarrué, el MUPI publicó “Sagatara Mío”, que nos muestra a un Salarrué luchando contra sus fantasmas, el hombre enamorado, el personaje de carne y hueso, que se desnuda en las cartas de amor que se intercambiaba con Leonora Nicholson, en sus años neoyorquinos. Todos estos archivos están conservados, y a la disposición de estudiosos e investigadores, con la convicción de que Salarrué es pieza vital en la construcción del país que nos imaginamos.

Actualmente mantenemos un Museo de sitio donde fue el hogar de Salarrué, y junto a Ricardo Barahona hemos producido un DVD, con Dibujos Animados de los maravillosos Cuentos de Cipotes.

Precisamente junto al entusiasta equipo de este Museo MARTE realizamos la Exposición Sagatara, el ultimo señor de los mares, resaltando la obra de Salarrué como pintor.

En el campo de la memoria Social, debo reconocer otro esfuerzo que ha creado espacios extraordinarios para la memoria y la reparación, es el realizado por el Comité Pro monumento a las víctimas civiles de violaciones de los derechos humanos, que erigió en el Parque Cuscatlán el memorial con los nombres de treinta mil salvadoreñas y salvadoreños víctimas de violaciones a los derechos humanos durante el pasado conflicto, un acto de justicia y reparación moral contemplado en las recomendaciones que la Comisión de la Verdad hizo al Estado y a los firmantes de los Acuerdos de Paz, y que sólo fue posible por este esfuerzo de la sociedad civil.

Debemos recalcar que en nuestros trabajos hemos tratado de escuchar las señales de una historia construida desde abajo. Esta visión, nos ha llevado a apartarnos de paradigmas tradicionales e incursionar en otras formas de aproximarnos a la historia para establecer otras causalidades y versiones.

No creemos en la historia contada por los poderosos que durante décadas, arrebataron a nuestros países sus anhelos de democracia política y social. La historia quiere ser contada, por los sectores que desde abajo lo producen y construyen todo.

También nos hemos interesado en la historia contenida en la palabra hablada, en la imagen, en el maíz que comemos, la historia contenida en la destrucción de los bosques, y en aquello que se construye en sus cenizas, nos interesa la historia contenida en los seres y comunidades anónimas, una historia desde abajo, que muchas veces nos da más explicaciones de las causalidades, que las que nos proporciona la historia con olor a moho, de monumentos de bronce y discursos laudatorios.

Esa exploración, con esa visión intrahistórica, nos ha llevado a investigar a las mujeres invisibilizadas en los naufragios de los ocultamientos y olvidos. En ese rumbo nos dedicamos a investigar sobre Prudencia Ayala, una valiosa mujer excluida por la historia oficial, que en la sociedad machista de los años treinta, se lanzó como candidata a la presidencia de El Salvador, desafiando a una sociedad que le negaba a la mujer el voto y la posibilidad de optar a cargos públicos.

Además de incluir en esas exposiciones itinerantes la revalorización del legado de mujeres no menos importantes como María de Baratta y Claudia Lars, y próximamente Consuelo Sunsín.

Igualmente intentamos sustraer del olvido, la vida, la obra, y el temple de mujeres como Amparo Casamalhuapa, quien en 1939, en la Plaza central de la capital, en un valiente discurso, fue la única vos que se expreso en público, para denunciar la ausencia de libertades.

Una vez ocurridos los dos terremotos que inauguraron el siglo, nos preguntábamos, ¿qué respuesta podría dar el MUPI a esa coyuntura de tragedia y dolor? Fue así que exploramos el tema partiendo de los fenómenos naturales que se han producido en nuestra historia, y comenzamos a interrogarnos, ¿qué impacto ha originado en los salvadoreños y salvadoreñas las inundaciones, los continuos terremotos, y hasta el tsunami que azoto nuestras costas occidentales en 1902? Este esfuerzo nos permitió atesorar una colección de imágenes, documentos y objetos, que convertimos en una exposición que actualmente recorre los caminos del país para recordarnos que ante la realidad sísmica del país, no podemos seguir basando los planes de prevención y planificación estratégica en lo que llamamos la filosofía del «paramientrismo».

Hablábamos de la importancia del papel de la memoria oral en la configuración de esas identidades, y lo hemos constatado al investigar el levantamiento y el etnocidio de 1932, donde los testimonios orales, contrastados con los documentos escritos, nos han permitido aproximarnos a este suceso fundacional de la sociedad salvadoreña de siglo XX.

La captación de la memoria oral de los sobrevivientes de la masacre, fue tarea difícil debido a la cultura del terror que originó la masacre. Con esa memoria oral rescatada realizamos el largometraje documental “1932, cicatriz de la memoria”, audiovisual que ha sido visto por decenas de miles de espectadores en todo el país, un producto más que se integra como instrumento a nuestra línea de Memoria y Acción Social, que abre a las comunidades la posibilidad de apropiarse de estos materiales documentales para reflexionar sobre sus identidades y la fijación de las memorias comunales, en el contexto de sus esfuerzos por conquistar reivindicaciones locales.

Igualmente las comunidades indígenas nos apoyaron con sus historias orales, lo cual nos facilitó producir la exposición “Memoria de los Izalcos”, y recientemente, el juego didáctico “Los Izalcos”, dedicado a niños y niñas, en la valoración de una cultura ancestral que esta viva en nuestra cotidianidad.

En este enero de 2009, acompañamos a las comunidades indígenas en Izalco y Nahuizalco, en la conmemoración del 77 aniversario de los sucesos de 1932. Un acto que nos recuerda la deuda moral que tienen el Estado y la sociedad por realizar la reparación y dignificación de las víctimas.
Y ese emerger de las sombras, lo están logrando algunas comunidades, abriendo las compuertas de la memoria, para reforzar las identidades dinámicas en constante transformación, reafirmando su voluntad de seguir imaginando y construyendo el país que queremos, resistiendo a la globalización de las conciencias y a los fundamentalismos posmodernos.

Finalmente, debo agradecer todo el afecto que he recibido estos días a raíz de este reconocimiento. Sin embargo, debo hacerles un reclamo, porque ustedes, con ese afecto, me han creado una confusión, pues ya no se si soy el más salvadoreño de los venezolanos, o el más venezolano de los salvadoreños.

Debo reconocer en primer lugar, al equipo del Museo de la Palabra y la Imagen, que con mística, creatividad sin limites y entrega total, ha sabido remontar todas las dificultades, gracias infinitas, a Georgina, Milton, Chiyo, Carlos, Ivonne, Jacqueline, Claudia, Roberto, Tania, Norita, Santos, Rodolfo, Ricardo, Mercedes, Oscar; gracias a los estudiantes y cooperantes: Florian, Mariana, Evelyn, y Raquel, y a todos los cientos que han colaborado en este esfuerzo.

Además, debemos agradecer el apoyo solidario de las agencias de cooperación internacional TDH, Hivos, Fundación Boll, Ayuda en Acción, AECI, FIA, EMARTV, Federación Luterana y Diakonia que han apoyado la construcción de este sueño hecho realidad.

Gracias a los colegas de la Prensa que han sido acompañantes imprescindibles para comunicar nuestras propuestas culturales y educativas.

Gracias a la Fundación Prince Claus, y al embajador Matthijs van Bonzel., por su presencia esta noche para entregarme el premio otorgado por la Fundación.

Al pueblo salvadoreño, todo mi agradecimiento, por haberme entregado algo tan importante, otra patria, esta patria, con un pueblo de tan inmensas reservas éticas y morales, y esa fuerza espiritual imbatible.

Gracias a mi hijo Camilo, por compartir el vuelo de las piscuchas, y los castillos de arena, gracias por acompañarme otra vez, a subir y bajar montañas, en un país diferente al del pasado, gracias por mantener en mi, despierto y alerta, el niño que todos llevamos dentro.

Gracias Camilo, caballero de adarga al brazo, por hacerme sencillamente, un hombre feliz.
Sabemos que el mundo enfrenta una crisis económica gestada en la concepción de que los países pobres deben ser el botín de los poderosos, y que el Dios del mercado, debe proteger la rapiña de las grandes corporaciones. Desde Wall Street se anuncia la conformación de la tormenta perfecta, que parece romper con todos los paradigmas de la sacra economía.

Es cierto que muchos no reconocen el papel vital de la cultura y la memoria como eje de un desarrollo con dignidad, sabemos que la cultura casi siempre viaja en el último vagón de las prioridades, pero a pesar de ello encaramos el futuro con optimismo, pues confiamos en los poderes creadores del pueblo salvadoreño.

Confío en ustedes, compañeros y compañeras del Museo de la Palabra y la Imagen, que han sabido sortear tormentas y adversidades, confío en que ustedes, darán continuidad a este esfuerzo, con más mística y más creatividad, acompañando a las comunidades más excluidas del país en la fijación de sus memorias e identidades, rompiendo las zonas de silencio, dignificado el pasado de estas comunidades, para dignificar su futuro.

Gracias. El Salvador.

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