Yo, mayor de edad, y como quien dice, hermano lejano, he decidido que me
corto el pelo. Saco la rasuradora, y me pongo delante un espejo, y zumba la
cosa cuando mi dedo gordo acciona el botoncito, unos cuantos pasones y el
pelito va cayendo, estoy aplicando lo que alguien llamó tierrita arrasada, y dale
que mi mano va en picada y zumbando, chapodando de una vez, por todos lados, de
allá para acá, de más por allá a más por acá, y para asegurarme que todo queda
al mismo nivel, la voy pasando así de lado, la cosa va seria.
Hago una pausa,
para pasar el peine y quitar lo que va quedando en la cabeza, me doy cuenta que,
como salí directo de la cama a la cortada, un lado esta bien bonito, pero el
otro donde apoyé toda mi cabeza, [y es que uno a veces duerme como piedra,
imagínense la fuercecita con la que el pelo de ese lado tuvo que acomodarse],
ese lado y ya chapodado, así de chiquito me ha quedado como un vergo de surcos
blancos que van en todas las direcciones, y pasó el peine para ver si le doy
puesto, y neles, ese lado me ha quedado bien cabrón, [y es que es la izquierda
y hoy como las cosas van cambiando] miro al espejo y el fisiquito se resiente,
mi mente rápido se mete en posición de consuelo y las palabras sabias llegan:
“me vale verga” (disculpen pero así es la frasecita).
Ahora bien, para
fisiquiar, el frente, la frente, la voy a dejar un poquito más grandecita. Así,
con una regla, casi todo esta a medio centímetro, cinco rayitas, y el frente
pienso dejarlo como a tres rayitas más, ocho centímetros. La sutileza es
tremenda, el sabio libro dice que “el que tenga ojos que vea…”, y yo agrego: …y
sino… pues, me…”. Le cambio el caite a la rasuradora y run, run, lo de enfrente
queda a la altura, vuelvo a pasar el peine, así lo voy a dejar. Pienso que
todavía no he terminado, agarro la tijera y el peine, allí, alrededor de las
orejas tengo que dejar cabal la vuelta, atrás en la nuca, donde tengo como tres
picos que descienden como les da la gana, allí así va a quedar porque no es
chiche dejar una línea bien echa, a puro espejo, yo no soy capaz de mirar al
espejo y darle para la derecha cuando es para la izquierda, darle para abajo,
pero se mira como que vas al revés, pero bien, al menos alrededor de las orejas
sí le voy a poner amor.
Estoy de acuerdo que la mitad de la cara no se parece a
la otra mitad, tiene sus cambios, así es la humanidad de imperfecta, hasta en
eso, pero la verdad, una oreja se mira
así bien bonita como que va para misa, la otra… y es que ese vergo de surcos
blancos no me deja apreciar bien, bien, la situación, le pasó el peine varias
veces y aplasto, o sea por la fuerza, retengo todo en su puesto, me pongo de
perfil al espejo y con ayuda de otro espejo que tengo en la otra mano [perdonen
la redundancia, pero tengo que aclarar la cosa], me echo la mirada, viendo para
un lado, pero buscando el otro, me cambio un poquito de posición porque todavía
no le atino, ahora sí, cabal, tengo que pasar la tijera para que me quede más o
menos igual a la otra.
Corto con cariño para no joder más la situación, me miro otra vez, no estoy satisfecho. Vuelvo a pasar el tijerazo, me arriesgo un poquito, otra vez al espejo, ya voy llegando. En eso estoy cuando me doy cuenta que me sale un pelo del interior de la oreja, ¡juela!, está tamaño y cae con su gracia para abajo del pabellón, no hombre a ese sí que le voy a dar cortada, y la pregunta me sale ¿será lunar? Miro al espejo y me doy cuenta que ¡¡también en la otra!! A mí eso me lo pasó mi papá, ¿no?, si a mi mamá yo la veo bonita, sin tacha, claro que mi tata tiene sus cualidades, es vergón, pero esos pelos allí bien clavados, bueno, digamos ¡¡que me da carácter!! Y ni modo, tierrita arrazadita, clic, clic, hasta allí llegaron, me quedo solo con la conciencia bien clavada de que van a volver, ¡al menos hoy no se ven! Vuelvo a comparar mis alrededores, más o menos, pasa. Me paso el peine y me siento ya listo, civilizado, con la izquierda, la derecha y el frente bien cabal.
Yo, mayor de edad, pero bien bicho, mejor dicho guapo, cabal como me
quieren, al menos cuento con sus votos, seguritos, como dice nuestra Mariiita: “¡segurititos
usté!
Fidel Martínez
Montreal, Canadá
Febrero de 2009



