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El Salvador, Jueves 09 de Febrero de 2012
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Martes, 27 de Enero de 2009 / 13:24 h

Palabra de Cíclope

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Mujeres


Gabriel Otero

Producto de la posmodernidad, en la que representamos un engrane en la inmensa maquinaria de la vida, y de siglos de lucha entre géneros, la mujer asume en este milenio un papel sobresaliente en todos los campos profesionales.

Hay mujeres doctoras, periodistas, pintoras, escritoras, arquitectas, diseñadoras, economistas y ejecutivas. Son disciplinadas, ordenadas, imaginativas, intuitivas, perspicaces, apasionadas, inteligentes, sagaces y temerarias, no alcanzan los adjetivos para poblar el cielo de estrellas de solo pensar en ellas. 

Sin embargo, tienen su lado oculto tan oscuro como el de la luna, tan tenebroso que las hace perderse entre la ira y la estupidez, son las hormonas sus odios internos, los granos de arena causantes de cataclismos, el demonio subyugado y reprimido de su género, lo que las hace ser mujeres.

El hombre no es el peor enemigo de una mujer sino otra mujer, ellas se destrozan con sólo una mirada, se saben esenciales e indispensables,  son la respuesta a la extinción, sus labios saben a la eternidad del abismo. 

En puestos de mando asfixian y reprimen, les costó tanto llegar a la cima que emprenden largos monólogos sin admitir suspiros, sus mejores interlocutores son ellas mismas, se acomplejan en soledad porque siempre tienen secretos o debilidades insepultos en el cuerpo.

Se quejan del sexismo y plantean teorías igualitarias, pero son tan utilitarias que manipulan por doquier, insultan y patalean y si uno les levanta la voz lo acusan a gritos de agresor.

Y a pesar de sus contradicciones y sus vaivenes emotivos, son adorables y necesarias, conviene alejarse de ellas cuando ovulan o terminan su ciclo reproductor.

Lloran sin motivo aparente, siendo madres, esposas, hermanas, amantes o amigas, como los girasoles son sensibles a la luz y hablan solo por hablar.

Las mujeres son un misterio irresoluble, destrozan o catapultan al hombre al que aman sin pensarlo dos veces, algunas arañan y abofetean, son imperfectas, pero son lo que más se acercan a la armonía celestial.

Dependemos de ellas para existir, son el origen y el fin último, lo que nos mantiene cuerdos en el caos, la verdad en sí misma que somos incapaces de descubrir.

www.caleidoscopionocturno.blogspot.com

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