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Viernes, 23 de Enero de 2009 / 14:04 h

¿Quién gobierna a quién y cómo se ejerce el gobierno?

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(Parte 1)

Ramón D. Rivas

En la antropología aprendemos que el ser humano, para poder sobrevivir en su propia sociedad, debe de crear orden y establecer reglamentos los que a su vez, algunos de estos necesariamente se tienen que convertir en leyes. Ese hecho de crear orden para que una sociedad funcione es de cultura universal, sucede en todas las sociedades. El orden es clave para poder funcionar y, por ende, sobrevivir.

Ninguna sociedad sobrevive en el caos. Y es a medida que las sociedades van evolucionando que ese orden se va haciendo más complejo. Ahora bien, el poder legítimo, o sea, la autoridad, significa el poder que se ejerce con el acuerdo de la comunidad. El poder lo da el pueblo, y eso también es un universal cultural ya que para ello tiene que haber consenso.

Pero, ¿qué sucede cuando no hay consenso? En los casos del uso legítimo del poder, la gente obedece porque espera que se beneficiarán del ejercicio de ese poder. Tal vez no nos guste pagar impuestos, pero sí reconocemos el derecho de nuestro gobierno a recaudar los impuestos, y lo consideramos como uno de los precios que tenemos que pagar por los beneficios del gobierno en general. 

Los valores y las creencias compartidos que hacen legítima la distribución y los usos de poder en cierta sociedad, son los componentes de su ideología política. Si el poder no es legítimo, es coercitivo; la gente obedece porque teme algún castigo inmediato, directo o específico. Aunque algunos sistemas políticos se apoyan en la coerción más que otros, tanto esto como la ideología política desempeña un papel en el mantenimiento del orden de la sociedad.

La pregunta es: ¿Por qué hoy en día, cuando el mundo se encuentra más entrelazado por los efectos de la tecnología en sociedades emparentadas social y desde su ideología política en lo referente a su evolución histórica, sus sistemas son diferentes? ¿Por qué un sistema democrático —entendido este como esa doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno en la toma de decisiones— aquí en El Salvador, en la práctica, es diferente que el sistema democrático de los Estados Unidos, del Japón o en países de la Europa occidental? ¿Por qué si la filosofía del sistema democrático es la misma, la práctica es diferente? La primera respuesta sería que eso se presenta por el solo hecho que las sociedades y culturas son determinadas por el medio geográfico en que se encuentran y además —quizá lo más importante— por su historia política,  económica, social y hasta cultural.

En fin, desde la antropología se pueden ofrecer diferentes interpretaciones  sobre el cómo la gente hace lo que hace en su sociedad. Hoy en día muchos países, grupos y personas se proclaman “democráticos”, pero muy pocos cumplen un mínimo de tal categoría. Da prestigio presentarse como demócrata, porque se valora lo que se instituye bajo tal denominación. No obstante, soy de la opinión que existe confusión sobre los profundos requisitos mínimos de la vida democrática.

La confusión empieza por creer que la democracia se reduce a un sistema político. Es decir, la lucha entre los que consideran que solo su partido es democrático y acusan de que los otros no lo son, y punto. Nuestras preocupaciones constantes son si estos son buenos o si los otros son malos. Menudo problema.  Es más, a escala internacional se presenta que, porque como unos no son considerados democráticos, son bombardeados y estampados como sociedades  diabólicas.

El etnocentrismo se ve y huele por doquier. La realidad demuestra que la democracia es tan compleja, profunda e importante en la vida humana, que no podemos permitirnos una visión parcial o somera de ella, ni mucho menos creer que ya porque yo soy de este partido soy el mejor y el del otro no.

Entendido así, en nuestro país necesitamos una democracia general o por lo menos entender lo que se entiende por ella ya que los que gobiernan y su partido son los buenos y los otros son los malos. Es como que viviéramos en la sociedad del “esconde el anillo, escóndelo bien”.

En muchos países, y el nuestro no es la excepción, se ha hecho de la democracia —entendida esta como filosofía, forma de vida— una especie de partido político. Mi punto es que sería ya el momento en que deberíamos de comprender, de una vez por todas, que se trata de entender la democracia como el poder global del ser humano en su totalidad encarnado por el pueblo; y eso es mucho más que política.

Es vida moral —no solo se basa indirectamente en una moral— y global experiencia humana. Un pueblo, su cultura e historia, es más que política: el arte, religión, ocio, etc. El poder humano, los poderes o potencias de una comunidad, son más que política.

Es  el poder sobre los propios impulsos, el poder compartido en la familia, el poder divino confiado a los humanos, etc. Por añadidura, la política es más de lo que suele entenderse hoy como “política”: es convivencia activa y responsable de todos los ciudadanos en la propia sociedad. Esta bien que vayamos todos a votar para elegir nuevos gobernantes, pero está mal que muchos vayamos influenciados, manipulados.

Bonito será cuando muchos ya no se dejen comprar por una camiseta, por una bandera, es más por unos cuantos dólares. Urge trabajar para que el salvadoreño tenga sus propios criterios, no al salvadoreño tramposo.

Muchos en nuestra sociedad han hecho de la política una trampa para que caiga el otro y yo como partido político seguir gobernando. Los políticos no son, como se cree, una elite  de dirigentes o gobernantes.

Los políticos debemos ser todos los que formamos parte de la sociedad, los indígenas, los campesinos, los obreros, las amas de casa, los intelectuales, en fin, todos los que conformamos la sociedad, los que le damos vida, los que hacemos que ella, la sociedad, funcione. Pero, como adultos responsables del bien común, somos todos.

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