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El Salvador, Domingo 12 de Febrero de 2012
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Martes, 06 de Enero de 2009 / 12:50 h

Arriaga y los peligros para el migrante centroamericano

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Tras un intento fallido, los migrantes caminan sobre las líneas del ferrocarril con el deseo de culminar la ruta.

Tras un intento fallido, los migrantes caminan sobre las líneas del ferrocarril con el deseo de culminar la ruta.



Iván Escobar
Arriaga/México
Texto y Fotos

«¡Ahí quédense! Ese tren aquí sale, no se vayan detrás, es peligroso, ustedes no saben». «¡Hay Dios mío!», se escucha la voz de una mujer angustiada en medio de un grupo de hombres, la mayoría de ellos ansiosos, desesperados y con signos de frustración en sus rostros.

Quien hace la advertencia es Julieta Lara López, una mujer mexicana que vive en las cercanías de la estación de la compañía de Ferrocarriles Chiapas-Mayab y los hombres eran migrantes centroamericanos que esperaban la oportunidad para subirse a uno de los tantos trenes que les permita llegar hasta la frontera norte entre México y Estados Unidos, y lograr “el sueño americano”.

“Gracias Madre”, “Hagámosle caso a la señora, ella vive aquí, sabe lo que nos está diciendo”, expresaron algunas voces de los hombres que se reunieron frente a la humilde vivienda, mientras la mujer, desde una de las ventanas les aconsejaba, y les ofrecía agua o ropa a algunos de ellos. “Yo sufro mucho. Cuando ellos se van me quedo llorando, no sabe uno si más adelante se van a morir”, expresa la mujer entre frases entrecortadas y con preocupación.

Es miércoles en la estación de la ciudad de Arriaga, del Estado de Chiapas, en México, el reloj marca la hora del mediodía, desde hace tres años este lugar es punto de concentración masiva de migrantes centroamericanos, convirtiéndose en la primera de las muchas estaciones de trenes a las cuales llegan antes de pasar a los Estados Unidos.

Estos hombres que me encuentro son humildes, fuertes, alegres, y hasta toscos entre sí. De hecho, entre el grupo surgen aquellos que se preocupan por la seguridad del grupo, los que se encargan de coordinar la subida a los trenes en movimiento, y que ya han dejado a miles lisiados o en el peor de los casos muertos.

La multitud bajo el candente sol, se desespera con el silbato del ferrocarril, proveniente de una poderosa locomotora que poco a poco “pega los vagones”, advierte uno de los presentes. Entre este grupo se encuentra un buen número de salvadoreños, originarios muchos de Chalatenango, Ahuachapán, u otras partes del país y que ahora han iniciado la ruta del migrante, sin saber que quizá este puede ser el último viaje de sus vidas.

El optimismo está presente en cada uno de ellos, pero también los recuerdos de sus seres queridos, esposas, hijos y su tierra. La nostalgia y los pensamientos son muchas veces el único equipaje con el que viajan los migrantes, hombres que se ven obligados a dejar sus países por tratar de darles mejores condiciones de vida a sus familiares.

“Estamos aquí porque en nuestros países no hay oportunidades”, coinciden muchos. Y añade Wilson Espinosa, un joven de 28 años y originario de Dulce Nombre de María, Chalatenango, que “este viaje es difícil, pero la onda esta vale la pena. En El Salvador está jodido, así como ganas gastas.

Nunca he tenido miedo, lo importante es estar arriba (del tren) para llegar a nuestro destino”.

Espinosa es un joven optimista, alegre, de hecho, se siente contento porque al llegar buscará darle a su familia lo que necesita, según comenta mientras descansa sobre los rieles del tren, en Arriaga, y a más de una semana de haber salido de El Salvador.

El calor en lugar es intenso, aunque las noches han sido muy frías (es diciembre), y la desesperación era una de las principales características que mostraban estos migrantes centroamericanos.

No era para menos, llevaban más de una semana, esperando a que saliera el tren de esta zona. “El lunes salió el tren, pero no nos pudimos ir”, dijo César Rodríguez, otro salvadoreño que anteriormente laboró en una compañía de seguridad, y ahora esta en la ruta del sueño americano.

“Los mexicanos no han sacado el tren, y tenemos varios días de estar acá, por eso es que ven bastantes personas”, advierte, Douglas Martínez, un salvadoreño originario de Santa Ana, y quien aguarda el momento para poder partir “al otro lado”.

Martínez, cuando lo encontré tenía 15 días de haber sido deportado de los Estados Unidos, y ahora estaba listo para subirse al tren de nuevo y así poderse reunir con su esposa e hijos. Insiste que ha vivido en la nación estadounidense por una década, y aunque ha tratado de regresar a El Salvador, las necesidades lo han obligado a migrar.

“En mi país el dinero no vale nada, de aquí sólo espero que salga este tren, no es la primera vez que me subo en esta bestia de hierro, de aquí voy para Oaxaca, ahí me está esperando mi hermana María del Carmen, con ella vamos a intentar pasar”, dice optimista, mientras comparte unas monedas reunidas y comida con otros migrantes, a la sombra de un árbol y sobre unos hierros que en los últimos días han sido su cama.

La estación forzada de estos migrantes, los obliga a permanecer a la intemperie en esta ciudad del sur de México, y donde llegan a convivir con la comunidad, donde solicitan ayuda económica, alimentación y ropa. El cansancio es su peor enemigo, muchos ceden durante algunos minutos bajo los vagones estacionados del tren o sobre los rieles, para reponer energía. Uno que otro se encarga de conseguir un poco de dinero para tener que pagar un kilo de tortillas y repartirlas entre un buen número de migrantes.
El sol incandescente y el calor desesperante, los obliga a refugiarse debajo de los vagones, sujetando una mochila con unos cuantos artículos personales, una botella de agua que no será suficiente para el resto del recorrido y que se calienta con la temperatura local.

Entre el grupo de migrantes, fácilmente son detectados aquellos que llegan por primera vez al lugar: tímidos, escondidos entre los vagones o queriendo pasar desapercibidos, los migrantes son invisibilizados muchas veces por esta comunidad, que ya comienza a verles con naturalidad.

Y es que desde 2005, cuando el paso de la tormenta “Stan”, la estación del ferrocarril en Arriaga, ha llegado a constituirse como el lugar obligado de todo migrante antes de subirse a los trenes.

El flujo migratorio modificó sus rutas, sobre todo debido a la falta de transporte, como sucede con la suspensión de actividades de la empresa ferroviaria Chiapas-Mayab. Al ingresar a México los migrantes deben transitar más de 300 kilómetros para llegar a Arriaga, para abordar el tren que los llevará al interior del país.

Continuará…

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