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El Salvador, Domingo 12 de Febrero de 2012
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Miércoles, 17 de Diciembre de 2008 / 09:42 h

El último examen (2)

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René Martínez Pineda
(Coordinador General del M-PROUES) *

El capitalista mismo es el punto de partida y retorno. Intercambia dinero por... La dignidad, ideología y heroísmo del Che es lo que debemos imitar, compas –nos decían en las charlas de moral y contextura revolucionaria, en las que pioneros por el comunismo, seríamos como el Che- y ese recuerdo cortó de tajo la lectura del libro de Marx, como si tratara de detener algo. Pero… no estaba. Las cinco y veintidós… y “Vladimir” le había dicho que, como era su costumbre desde que se metió a clandestino, llegaría a las cinco en punto, dos minutos tarde era algo peligroso e impensable. Es bien tarde. No creo que se le haya olvidado que hoy es el último examen de Ética, dijo Elena, aunque todo es posible en estos días: los preparativos de mañana; los contactos y correos; los últimos chequeos de los puntos de ataque y “golpes de mano”; los últimos abrazos y besos y lágrimas.

Todo debe estar planificado al menudeo: el camión de arena que traerá las armas; la evasión del cerco militar a la universidad con una ambulancia (la amada universidad que en ese entonces de muerte -en ese ayer en que el “Che” era una mochila de valores revolucionarios y no una mercancía- sólo era agredida, escupida y “tomada” por los gorilas y burgueses les quedan pocos meses -gritábamos en las marchas-); el alquiler de la casa de seguridad donde guardaremos algunas armas lo va a resolver el licenciado Jiménez, dijo, pensando en el injusto anonimato de esa acción tan riesgosa. Por fin, allá viene, y viene tan tranquilo, como en la luna, se podría creer de no conocerlo, pensó aliviada.

Pero no era él, era sólo un joven con la misma silueta y el mismo color taciturno en la piel. Elena gruñó, aunque no supo si era un gruñido de rabia o temor, porque a veces, naufragando en la realidad, no somos capaces ni de distinguir nuestros propios dolores. El olor del café y las pupusas revueltas del cafetín de la niña Chus se trepó en su rabia. Y entonces recordó que “Vladimir” insistía en que los recuerdos, las imágenes y sentimientos son, al final, construidos por la necesidad del momento, por ese sortilegio que algunos llaman cotidianidad, y esos son, si caemos en los deliciosos labios de la esquizofrenia, los espejismos tan recurrentes que tenemos y de los que nadie habla, porque no queremos que la gente nos sienta lástima al vernos confundir una silueta –pobrecita, aún no se resigna al asesinato de Eduardo- con el hijo desaparecido por los cuerpos de seguridad.

A veces, muchas veces, necesitamos ver a alguien urgentemente, urgentemente verlo, y enseguida –por un embrujo bien intencionado del alma- lo confundimos con todo el mundo, pues, vistos desde afuera, todos somos exactamente iguales, la diferencia está en el espíritu de cada quien, y entonces se acordó de “Amílcar” y sus tenis de lujo comprados con los estipendios de los bravos milicianos; y recordó que “Vladimir” le contó que después de su captura, al nomás salir de la cárcel, quiso terminar el ciclo, y el maestro de Métodos de Investigación Social le dijo –con su tono de loro bien educado- que ya no se puede, lo siento. Aunque se podía. Las seis menos cinco.
Tres mujeres salieron atropellándose del aula del imbécil. Iban intercambio ideas como aletazos, ni siquiera se dieron cuenta de que Elena no les quitó la vista de encima.

Hablando de cosas totalmente distintas a las oídas en la lectura, las que seguían siendo académicas a pesar de las conclusiones erradas; pasando de un tema a otro como quien cambia de canal la televisión.

Definitivamente que por el tenor de esa plática –si la tomamos, estadísticamente, como una muestra de todas las demás, como su promedio- cualquiera diría que no existe mayor diferencia entre el estudiado y el analfabeta, y entonces “hacia la libertad por la cultura” pierde el prestigio ganado en las calles, las bibliotecas, los laboratorios, los desvelos feroces, y se convierte en una frase hueca o elitista usada por los ineptos oportunistas que han hecho del presupuesto universitario: una piñata, y de la protesta social: una Sodoma de derechistas que secuestran o cierran la institución cuando les da la gana porque, en silencio, se saben amparados por el gobierno.

Y entonces volvió a pensar en “Vladimir” y su retraso, lo imaginó con toda nitidez diciéndole que cuánta razón tenía Roque cuando –intuyendo que los reaccionarios iban a instituir una cátedra libre con su nombre- nos definió a todos y cada uno de nosotros como los arrimados, los mendigos, guanacos hijos de la gran puta, los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo, pensó Elena, sin razón aparente.

Éstas son de las que dominan a la perfección la ciencia de las dietas milagrosas, de las que tienen una maestría en telenovelas y chismes de la farándula, pero se olvidan de estudiar y, peor aún, ignoran el duro contexto en el que su levedad de pajaritos se desarrolla.

Hey, ustedes. Sí, ustedes tres: ¿qué opinan de la situación política del país? ¿cuáles son las probabilidades de un triunfo insurreccional con un pueblo que, como si no hubiera vivido, se traga cualquier miedo o cualquier promesa de empleo? ¿cómo están la represión, la comida, los salarios, la tristeza, allá por donde viven? Quiso preguntarles Elena, pero… para qué.  
En este mar de mediocres y derechistas solapados sólo se salva la señorita Orellana.

Y fíjense que, como todo un escolar, le dije “señorita”, porque recordé al primer y más salvaje amor que tuve cuando, sin saber lo que eso significaba, me enamoré de la profesora de tercer grado, la señorita Robles –les dijo, “Vladimir”-. Hasta sus explicaciones simplonas y turbias tomaban un tono científico sólo porque me gustaba su rostro y adoraba sus piernas.

Para nada me importaba y jamás lo consideré como un pecado ideológico –decía- su talante inconcientemente reaccionario, si yo no pasaba de la sagrada familia de sus pechos, del manifiesto del partido comunista de sus piernas, de la ideología alemana de su vientre, del un paso adelante y dos pasos atrás de sus nalgas de muñeca de niña rica.

*renemartezpi@yahoo.com

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