| Un anciano, repoblador de El Mozote, descansa junto al monumento a las víctimas asesinadas durante el operativo “Tierra Arrasada” de diciembre de 1981. Foto: Diario Co Latino/Beatriz Menjivar |
Beatriz Menjívar
Redacción Diario Co Latino
Eduardo Ángel Márquez Chicas tiene 18 años, vive con sus padres en el repoblado El Mozote, Morazán, el cual pasó a las páginas de la historia porque allí fueron masacradas más de mil 600 personas por el Batallón Atlacatl.
La masacre tuvo lugar ente el 11 y 13 de diciembre de 1981. Después de 27 años de este sangriento acontecimiento que dejó sólo a una sobreviviente, Eduardo Ángel se junta con sus amigos en la misma plaza donde el Batallón Atlacatl reunió a los pobladores para después asesinarlos.
Esta vez, la cita es para conmemorar el recuerdo de los asesinados con una misa solemne que concelebran el Obispo Auxiliar de San Salvador Monseñor Rosa Chávez y el Padre Rogelio Ponsele, junto con otros catorce sacerdotes más.
Mientras los pobladores y visitantes hasta de otros países escuchan el sermón. Eduardo Ángel narra con soltura los acontecimientos “fueron gente de siete caseríos los que murieron, la reunieron con engaños y los seleccionaron por grupos. A los hombres los tuvieron tres días en la plaza – aquí donde estamos nosotros – a los niños los mataron con cuchillos, los tiraban para arriba y los esperaban con la punta del fusil. Eso hicieron los del Batallón Atlacatl, entrenados por Estados Unidos en Carolina del Norte y comandados por Domingo Monterrosa”.
La verdad de Eduardo Ángel se sustenta, no en la experiencia de sus años vividos, sino en algo mucho más emblemático: en el vacío que le dejó el asesinato de sus tres tías, tres tíos y 17 primos; además del testimonio de la única sobreviviente de la masacre: Rufina Amaya, la que “el destino seleccionó” para contarle al mundo las atrocidades que sucedieron en la zona que era la más olvidada del país. Frente a la misma iglesia juegan dos niños que han llegado con sus abuelas, que parecen de setenta años aunque sólo tienen cincuenta, ambas están ahí para elevar una plegaria por sus amigos, parientes, compadres y por los desconocidos que fueron asesinados por el operativo de “tierra arrasada”, que también es recogido en el informe de la Comisión de la Verdad.
“Yo pasé un día antes, aquí recogieron a las gentes en sus casas en la noche, ellos pensaron que así no les iba a pasar nada; pero fue para masacrarlas más luego. Todas las casas estaban llenas, cuando volvimos a este lugar ya todos estaban muertos”
narra una de ellas, que se salvó al huir en la “guinda”.
“Gentío que vivía aquí, niños bonitos que eran bien chelitos, jóvenes…” narra la otra, ninguna de las dos quieren dar sus nombres “no, el nombre no, eso fue verdad aunque no le diga mi nombre”, dice una de ellas.
Sin embargo, aunque la historia es dura y los traumas graves, los pobladores se reunen como método de denuncia para que no se repitan estos acontecimientos y la hija de Rufina es una de ellas “fue algo muy duro, nosotros como familiares nos sentimos tristes, no es fácil venir aquí, porque la justicia es la que queremos nosotros, es triste recordar el saber que tampoco ya no esta mi madre, pero hay que ser fuerte para que ésto no vuelva a suceder”, concluyó Fidelia Amaya.




