Mariano Ramírez
Cuando se invierten varios millones de dólares en una campaña publicitaria y el producto no sale de las góndolas de los supermercados, hay dos posibles razones: 1) el producto es malo; 2) la campaña es inservible. En el segundo caso, la empresa cambia de agencia de publicidad. Cuando lo que acontece es que el producto no atrae al consumidor, la empresa debe cambiar el producto.
En el caso de nuestro proceso electoral, Arena está francamente fregada. Ha cambiado tres o cuatro veces de estrategas porque no se resignaba a aceptar que el producto era el problema. Ahora ha encontrado una que elabora buenos mensajes, que los ha ordenado temática y temporalmente, que ha organizado la actividad territorial en consonancia con el orden comunicacional y, sin embargo, la mercancía sigue sin venderse.
Fíjese el lector que para hacerlo más atractivo, le han agregado al producto un segundo y tratan de venderlos juntos, algo así como un “dos por uno”. Compra éste y se lleva éste otro. Y tampoco el par se mueve de las góndolas. Cada vez más cerca de las elecciones, Arena no puede persistir en su intento de ignorar la causa central del fracaso.
Y está fregada porque no está ya en condiciones de cambiar el producto. Debe seguir con Ávila, que es una máquina insaciable de devorar spots televisivos y cuñas de radio y no mueve el marcador en las encuestas. Su copiloto Zablah se ha evidenciado igualmente poco dúctil en ese difícil arte de despertar adhesión y conquistar voluntades.
Se suponía –y así fue anunciado con fanfarrias- que el candidato a vice venía a reforzar el matiz de “distinto de Arena, de aire de cambio” que el marketing exigía. Sin embargo, pronto se arenizó y comenzó a ser más de los mismo. Lo cierto es que en la publicidad y en el discurso la idea de mostrar a la fórmula como algo diferente a la tradición y la historia de Arena se ha mantenido. Pero los estrategas areneros “no contaban con la astucia” de Rodrigo y Arturo.
En la edición de ayer de la entrevista matutina del Canal 21, los candidatos areneros cometieron –¡en cámara¡- sincericidio. Librados a su suerte, a la improvisación y despojados del telepromter; sometidos a la dialéctica de la pregunta y la respuesta –aún cuando el conductor periodístico preguntaba con la misma bonhomía con que hubiese entrevistado a Albert Einstein- los invitados del día dieron a conocer en crudo su pensamiento verdadero. Fueron sinceros, al menos en una parte vital del reportaje.
Ávila defendió la política de libre comercio y aseguró que el modelo neoliberal no ha fracasado.
Opinó que –a pesar de la crisis feroz que se desplaza por el mundo como una mancha venenosa- el paradigma surgido de los Consensos de Washington es aún viable y que debe perfeccionarse y que se deben corregir los errores que se han cometido para favorecer a la población. Zablah lo secundó al decir que, lejos de hablar de un fracaso del neoliberalismo, lo que ha demostrado ser un fracaso en Latinoamérica es el socialismo del siglo XXI y ejemplificó con menciones a la pobreza en Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua.
Sincericidio: dícese de políticos que se suicidan cuando cometen el desliz y la imprudencia de decir la verdad. Esas declaraciones ponen de manifiesto que ambos candidatos adhieren a la misma concepción que cinceló los últimos gobiernos de Arena. Es decir, el núcleo ideológico es el mismo. ¿Y dónde está el cambio, entonces?
La dicharachera pareja arenera promete puestos de trabajo como si fueran caramelos: 250 mil, ni uno más ni uno menos. Las fundamentaciones que usan son afirmaciones de neto corte keynesiano, modelo económico que dista mucho de parecerse a la ideología neoliberal de la que dan profesión de fe Ávila y Zablah.
El modelo impuesto en toda Latinoamérica en los ochenta y que Arena conserva y adora con devoción sostiene la teoría del “derrame”: si a los ricos les va bien y ganan mucho dinero, la riqueza derramará hacia abajo, regando a toda la pirámide social. Pero la realidad ha mostrado que el derrame neoliberal ha desafiado a Newton y a la ley de gravedad, pues en un período de muy alto crecimiento de América Latina ha disminuido el empleo y ha aumentado la pobreza.
La estructura de distribución del ingreso es de una enorme inequidad y la brecha que separa a los sectores más pudientes de los menos pudientes de las sociedades se ha agrandado continuamente. Con ese paradigma económico, para generar 250 mil empleos Ávila debería ser, además de presidente, mago.
Lo que rápidamente los políticos de los países más avanzados han comprendido –que hay que ponerle límites rígidos a la especulación financiera y que el Estado debe tomar las riendas de la economía hasta enderezar el rumbo de las cosas y superar la crisis- Arena y Ávila no lo han asimilado aún. Permanecen más atados a sus pigmeos intereses de grupo que al salvavidas que la economía mundial está intentando construir para salir a flote sin consecuencias graves.
Zablah, por su parte, desde que se junta con Arena, se ha tornado poco reflexivo y hasta da muestras de ignorancias que antes no se le conocían. Mencionar la pobreza de Bolivia, Venezuela, Ecuador y Nicaragua, y olvidar la del Paraguay, Perú, El Salvador, Honduras, Guatemala, los enormes cinturones urbanos de San Pablo, Río de Janeiro, Buenos Aires, etc. es mala fe, cuanto menos.
El problema de la pobreza en América Latina es causa del modelo neoliberal que la alegre pareja arenera defiende a capa y espada, a la que habría que agregar las mediocres dirigencias políticas que gobernaron los países. ¿Qué tiene que ver con esa lamentable pobreza y exclusión la invitación de Chávez de construir un socialismo para este siglo?, que no ha llegado siquiera a una formulación acabada y menos a su implementación. ¿Cómo se puede hablar de fracaso de algo no ha tenido aplicación práctica?
El problema es ideologizar estas cuestiones. La realidad termina imponiéndose, a pesar de los dogmatismos. El cambio es cambio de modelo o no es. Y, como lo saben las grandes mayorías salvadoreñas, el cambio lo encarna y expresa Mauricio Funes.



