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Lunes, 17 de Noviembre de 2008 / 14:23 h

Recuerdos de cuando la luna ilumina

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Conmemoran 19 años del asesinato de los mártires jesuitas de la UCA. Foto Diario Co Latino

Conmemoran 19 años del asesinato de los mártires jesuitas de la UCA. Foto Diario Co Latino



Luis Romero Pineda
Redacción Diario Co Latino

La tarde del 15 de Noviembre de 1989, Ignacio Ellacuría se reunió con su colega José María Tojeira para discutir un poco sobre la coyuntura. Ellacuría, el intelectual jesuita que en repetidas ocasiones abogó por una solución pacífica al conflicto armado, se sentía aliviado.

No por la violencia. Él veía, en la ofensiva guerrillera, una desesperación y desgaste en el conflicto.

Veía esperanza en el aire, pues consideraba que la frustración militar conllevaría a examinar nuevas medidas, como el diálogo y la conciliación. Además, el ex presidente Cristiani había dicho que la única oposición digna era la que emanaba de la UCA. Sin embargo, Tojeira le comentó su preocupación sobre las frecuentes amenazas dirigidas a los jesuitas de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA).

Sectores conservadores y militaristas pedían la muerte de los sacerdotes jesuitas, por considerarlos el “cerebro comunista”. Estas amenazas eran de abierto conocimiento, apoyadas por la cadena nacional de las emisoras radiales del gobierno de turno. El entonces presidente Félix Cristiani, ahora demandado en una corte española por encubrir la masacre, recién había asumido el mandato del país salvadoreño en guerra.

Meses después, una ofensiva de un FMLN en armas lo hizo tomar decisiones. Se reunieron en el Estado Mayor y los miembros de este tomaron represalias. Al parecer, nadie comunicó nada al primer gobernante de ARENA. Por lo menos en el instante. “Era una noche de luz de luna”, comentaba Tojeira durante un conversatorio sobre la memoria histórica.

En la madrugada de luz de Luna del dieciséis de noviembre se vio todo, aún cuando no había luz. La luz era natural. Una luz bella y a la vez, sepulcral. El cielo se veía negro, pero alrededor de la luna, un aro de luz blanca iluminaba el firmamento. Iluminaba todo. El pasto se veía verde. La Madera, grisácea. Y los rostros se distinguían. La calma hubiese reinado de no ser por los balazos.

Las puertas de la universidad que dan a la Calle Cantábrico se abrieron con una explosión. Una unidad especial del batallón Atlacatl, célebre por masacres en zonas rurales, entró con material bélico variado para llevar a cabo su misión: eliminar a Ignacio Ellacuría y no dejar testigos. Y así fue.

Tojeira, quien residía fuera del campus, escuchó un ruido de disparos y bombas. “No era el de un combate”, aseguró. Para el actual rector de la UCA, quien recuerda cómo era el ruido de los disparos en distintas escaramuzas o modelos de combate, sonaba a ejecución. Pero no duró mucho.
Tojeira tiene ahora en mente un documental, donde un miembro del batallón Atlacatl explicaba el porqué del símbolo de su unidad: un rayo sobre una calavera. “La calavera, porque matamos. El rayo, porque matamos rápido”.

Diecinueve años después, jóvenes estudiantes se levantaron temprano el sábado quince de noviembre. Algunos, tendrían luego las manos adoloridas y de color ajeno. Levantaban la sal de distintos matices y la colocaban sobre el pavimento, donde una vez corrieron los asesinos para sacar de sus cuartos a seis sacerdotes jesuitas y quitarles la vida. La empleada de los cuartos de los jesuitas fue hallada y fue asesinada junto a su hija de dieciséis años. Así, suman ocho los mártires, que conmemoran cada año en la universidad jesuita.

La inclusión fue el tema de este año. El rector de la UCA asegura que no se escoge un tema de la nada, sino que, en efecto, los sacerdotes jesuitas fueron asesinados por luchar contra la exclusión, de la cual sufría el pueblo salvadoreño en guerra.

La institución, cuyo lema es “Universidad para el cambio social”, albergó a más de diez mil personas en la víspera del aniversario de la muerte que marcó el curso de la universidad. El campus se volvió en un ambiente de fiesta. Aunque lo que se recordaba era algo brutal y triste, la celebración era algo alegre. Una fiesta. Un torneo de fútbol que duró horas. La pelota rodaba mientras los jugadores trataban de hacerse de ella a toda costa. La radio YSUCA sonaba en los altoparlantes. Nadie debía de ignorar lo que “la voz con vos” tenía que decir. En la capilla, flores adornaban las tumbas de los mártires jesuitas, visitada por cientos de personas durante toda la jornada.

Los nombres grabados en piedra yacen ahí, para siempre. Una vez, los cuerpos que esconden los sepulcros, estuvieron sobre el jardín atrás del Centro Monseñor Romero (CMR). Ahora, es un jardín de rosas que sembró el jardinero, esposo de la señora ultimada junto a los religiosos en 1989. Ahí, y en el museo del CMR, se pasearon cientos de personas de diferentes nacionalidades a ver algunos de los vestigios y recuerdos que dejaron atrás los seis jesuitas. Fotografías, libros, anteojos quebrados, ropajes con sangre…

Como es tradición, a las seis de la tarde, miles de personas se formaron con velas en las manos para proseguir con la procesión de los farolitos. Las velas iluminaban los rostros de niños, ancianos, estudiantes y profesionales que conmemoraban con nostalgia y melancolía a Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín Baró, Joaquín López y López, Amando López, Juan Ramón Moreno, Segundo Montes y Elba y Celina Ramos. Como en Semana Santa, la procesión es liderada por jóvenes con palmas adornadas en sus manos. Miles los siguen, cantando. Y así pasaban por sobre las alfombras que decenas de jóvenes habían hecho pacientemente con sus manos hasta llegar a una multitudinaria misa, tanto de religiosos como de feligreses. Por un lado, más de treinta sacerdotes. Por el otro, más de cinco mil personas escuchando la misa.

Una homilía reflexiva recordó el objetivo de paz y justicia que deseaban los mártires. Tojeira recordó que la exclusión social no es algo retórico, sino algo real y que aún existe. Hizo alusión a la misión de la universidad y de todos aquellos que luchan en paz por un mejor país. Finalmente, recordó que los mártires siguen vivos en las mentes y las acciones de todos aquellos que los ven como líderes.

A las diez de la noche inició el acto cultural. Versos y música de protesta inundaron las mentes de los presentes. Músicos como Son 3⁄4, Exceso de Equipaje y muchos más amenizaron hasta ya anunciada la luz del sol. Pero otras luces se imponían en ese momento.

Por un momento, Carlos Ayala interrumpió en el escenario. “Los mártires iluminan el cielo. Miren el cielo”, ordenó el director de la YSUCA. Y fuegos artificiales llegaron a los ojos y corazones de los miles ahí reunidos.

Ya el domingo dieciséis de noviembre del año 2008, a las tres de la madrugada, Gaby Reyes, de 20 años, se recostó sobre el pasto. La estudiante de la UCA seguía mirando al cielo y admiraba el arco de luz que se formaba sobre la luna. “¡Miren el cielo!”, exclamó. Sus compañeros la miraron con rostros interrogantes. La luz de la luna iluminaba los espacios oscuros de la universidad. “Así fue la noche que mataron a los mártires”, explicó la joven.

No muy lejos de ahí, la madera de un árbol se miraba grisácea. El cielo negro se veía azulado. Los rostros se distinguían perfectamente y la grama verde de un jardín de rosas lloraba secretos de sangre.

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