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Viernes, 14 de Noviembre de 2008 / 08:46 h

La juventud salvadoreña y la coyuntura política del 2008

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Ramón Rivas

A estas alturas del siglo XXI en El Salvador del 2008 las subculturas — entendidas estas como los grupos de personas con un conjunto distintivo de comportamientos y creencias que las diferencia de la cultura dominante de la que forman parte—  se han arraigado, y con ello nuevas formas de vida y estilos de pensar empiezan a ser comunes por el giro transnacional que hoy en día caracteriza nuestra sociedad, mayoritariamente conformada por jóvenes.

Ahora bien, en esta reflexión, me referiré concretamente a la coyuntura política y su incidencia en la población joven.  ¿Existe una cultura política en los jóvenes del país? ¿Se interesan por las propuestas que ofrecen  los candidatos en contienda para las elecciones del 2009?

A menudo se observan y comentan actitudes por parte de los jóvenes con una marcada apatía ante todo lo que huele a ese tema: la política. En muchos casos, sí es así, lo que se puede constatar es que se trata de señales de una relación quebrada que tiene sus raíces en la desilusión y el engaño de los políticos que han hecho de este noble oficio un mercado de compra y reventa para su propio beneficio. Estamos ante un país de gente que ha emigrado, y que en la mayoría de los casos son jóvenes que se marchan de esta patria, que solo los hizo nacer pero que no les ofrece  condiciones para sobrevivir.

En este país, crece y sale adelante el que a pura fuerza y a palancazos tuvo la suerte de escurrirse y salir a flotar en una sociedad del “sálvese quien pueda”, ya que ni el Estado, ni los que lo dirigen, han crecido con la idea de que es precisamente al individuo al que hay que apostarle. Se trata de crear individuos sanos para tener sociedades sanas.

¿Hasta qué punto esa realidad del sálvese quien pueda condiciona el análisis de lo que quieren los jóvenes de hoy? Difícil responder; pero una cosa si es segura: los jóvenes, en nuestra sociedad participan poco o nada en política y, ni mucho menos, en los gobiernos locales. Una tendencia generalizada al pensar en este ámbito es que la política es cosa de viejos, de corruptos y de ambiciosos de poder. Si es así, la cosa anda mal.

Y es que al escudriñar en la agenda pública, la esfera de acción y pensamiento de muchos jóvenes —un sector golpeado moral y éticamente por la llamada clase política— la realidad demuestra que de cada diez jóvenes entrevistados y a los que se les planteó la pregunta: ¿Si tuviera la oportunidad se irse del país lo haría o se quedaría? Ocho de diez entrevistados respondieron que saldrían de inmediato.

Los entrevistados fueron universitarios, jóvenes en quienes justamente esa necesidad de hablar y discutir libremente sobre lo que quieren y cómo ven el futuro se hace más patente. Muchos jóvenes, sobre todo aquellos que han estudiado ya uno o dos años de una carrera universitaria, opinan que en este país, las opciones en política son muy pocas. “O te definís por la derecha o por la izquierda, así de simple”.

La realidad demuestra que, en ese ritmo, los jóvenes solo tienen dos opciones: o perderse en el mundo evasivo y hedonista de cuanto fenómeno o situación se cruce por sus caminos, o comenzar pronto un recorrido personal hacia una autorrealización no perdiendo el tiempo ni dentro ni fuera de la política. Ese escepticismo del que tanto se habla es una realidad en los centros universitarios; pero no se trata de una actitud de hoy, en realidad hace por lo menos quince años.

Muchos jóvenes de hoy, en nuestro país, no son escépticos ante sus propios proyectos de vida, tampoco lo son ante los valores humanos y éticos que viven y defienden en cada acto solidario. De esto somos testigos desde una posición más contemplativa como puede ser la de los profesores, quienes —en muchos casos afortunadamente, así lo confirman los entrevistados— saben escucharles y hasta guiarles, pero no decidir por ellos.

El problema grave no está, por tanto, en la indiferencia juvenil ni en su publicitado desgano, sino en la desconfianza para con los políticos,  pues no proponen políticas serias, firmes y a la vez creativas para hacer frente a las necesidades del país. Si algo tiene nuestra juventud universitaria salvadoreña es voluntad de cambio y justicia. El problema radica también en el hecho que en este país no hay, ni ha existido, un proyecto de nación. Aquí el partido que llega al poder se autoproclama como el mejor y el que solo lo puede lograr todo.

Tenemos mucho que aprender de otros países, sobre todo de la cultura política de Estados Unidos y de Europa, en donde los intereses por la nación-pueblo son mucho más importantes que los intereses de un partido político y mucho más que los de un representante o líder  político.

Muchas veces escuchamos hablar entre los grupos de esa sensación de vivir en una nación fragmentada que ciertamente los agobia; pero, sobre todo, escuchamos hablar con rabia e impotencia de esa indiferencia y ese silencio cómplice que demuestran los medios y los poderes políticos al pensar sólo en términos de un partido político o escuchar lemas retrógrados que lo único que hacen es recordar el pasado. Los jóvenes están, en su mayoría, cansados de escucharlos en la casa, y que se vuelven trillados como es el caso de “patria sí comunismo no”.

La otra cuestión es que, a veces, las herramientas que adquieren los universitarios en su preparación académica no son suficientes para asumir íntegramente los retos de vivir en un país como el nuestro: contradictorio, desequilibrado políticamente y con sectores sociales al margen de todo; analfabetas y en pobreza extrema.

Una sociedad con iglesias protestantes y católicas por todos lados, pintada de colores políticos a diestra y siniestra, pero en donde lo que menos se práctica es el  sentido humano. Lemas se escuchan a cada momento en la radio y se ven en la televisión y en propaganda callejera, pero en la realidad hay aún mucho camino por andar. Eso es precisamente lo que los jóvenes frustrados manifiestan.

Nadie pide que se renuncien a los sueños propios. Nadie tiene por qué hacerlo, no sería justo ni honesto insinuarlo. Pero basta cuando oír una esperanza de hacer realidad esos sueños, implica que el colectivo social mejorará, basta solo eso para que las cosas empiecen a cambiar.

Y están cambiando, aunque no lo percibamos con la nitidez de un análisis socioantropológico o «político», en términos formales. Aquí la intuición no debe ser un pecado. Veremos qué nos trae de provechoso el próximo gobierno y si los jóvenes son capaces de animarse en la justa medida y necesidad del país, que somos todos sin excepción.

En los jóvenes está la esperanza, y son ellos los que deben hoy sentirse motivados por lo que esta pasando, por cómo se hacen las cosas y, es más, por cómo se hace la política, ya que esta es tan importante en la sociedad como lo es la religión, pero en su verdadero sentido. Ese sentido hay que devolvérselo a esta tan importante institución para la sociedad: la política. Así construiremos el país y la sociedad que tanto se requiere.

Vamos a ver qué es lo que pasa con esta recién celebrada XVIII Cumbre Iberoamericana de jefes de Estado que recién se celebró en nuestro país y cuyo lema  fue “Juventud y Desarrollo”. Esperemos que no quede en otro palabrerío de políticos.

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