Amalia Alejandro
Siempre pensé que la primera conversación entre mi hija y yo acerca de los chicos sería tranquila, así como quien no quiere la cosa.
Pero como dice el dicho “En esta vida uno propone, Dios dispone y el diablo descompone”.
Todo comenzó una tarde de verano, recuerdo que era un sábado, cuando decidí inscribir a mi hija en uno de esos grupos juveniles de la Iglesia Católica.
Me invadía un afán maternal por heredar a mi niña las enseñanzas católicas. Pero lo verdaderamente ingenuo fue creer que en la Iglesia hasta las traviesas hormonas varoniles están de rodillas.
Apenas vislumbre a aquel chico que, como lobo agazapado, había puesto sus ojos en mi tesoro. Con el paso de los meses, la natural simpatía de los chicos y chicas fue creciendo.
Lo que ya no me pareció natural fue cuando mi hija me mostró un mensaje grotesco, obsceno y vulgar que le había enviado un amigo de la parroquia. Resultó ser aquel lobo agazapado, a quien yo le había seguido la pista desde el primer día que lo vi.
Era un joven de rostro ovalado, moreno y de nariz deforme, tal parecía que la naturaleza se había ensañado con él.
La iglesia era su segunda casa. Desde los 8 años asistía al grupo de acólitos, sin embargo ese lenguaje y esa forma de tratar a las chicas dejaría pálido de envidia al microbusero más pintado.
Al día siguiente como flecha certera fui a visitar al cura de la parroquia. Cuando le comenté lo del mensaje obsceno me dejó ir unas palabras que cayeron en mí, como baldazo de agua helada. “Aquí no quiero escándalos”, dijo y luego siguió con su hueco bla, bla, bla.
Si este hombre supiera que por evitar escándalos, se asesinan niños en el vientre materno; por evitar escándalos se destruye la vida de jóvenes a quienes se les obliga a un matrimonio apresurado y por evitar escándalos la Iglesia Católica no ha sido capaz de denunciar a tiempo a los curas homosexuales, que están ahí, a la espera de su siguiente víctima.
Salí de esa oficina tan veloz como llegue y decidí que lo mejor era darles armas a mi hija y a otras chicas para que se defiendan en este mundo machista.
La tarea no es nada fácil. A menudo suelo escuchar frases como “las niñas hoy en día son terribles”, “Las niñas son las que buscan a los muchachos”, “Los chicos son víctimas de las mujeres”…
Lo escalofriante de todo esto y que me hela los huesos, es que no solo lo he escuchado de la boca de un hombre, en su mayoría son mujeres hablando mal de otras mujeres.
Creo que es hora de hacer un alto en el camino y en lugar de librar cacerías contra chicas adolescentes enamoradas, será mejor que nosotras las mujeres erradiquemos este machismo empezando en casa.
“Que el niño no juegue con su hermanita a las muñecas”, “Que el muchacho no lave los platos, que no planche”… eso es cosa de mujeres. Momento. No olvidemos que nuestros niños crecerán, se casarán y con una educación semejante esclavizarán a una mujer.
Pienso que las chicas de este tiempo no son peor ni mejor que aquellas que hoy rozan los 40 años, son solo jóvenes con la primavera a sus pies.
La diferencia estriba en que nuestras adolescentes a lo mejor son más libres de expresar lo que sienten y piensan y no veo ningún crimen en eso.
Quizá, si las mujeres que critican esa libertad, hicieran memoria de sus años mozos tal vez recordarían a aquel gran amor que dejaron ir por miedo, aquella boca que solo besaron en sus sueños y puedo imaginar a algunas que luego de dos copas de vino seguro sentirán nostalgia por no haber dicho “te amo” a tiempo.
Pensando en todo esto, me lancá a la tarea de hacer un sondeo con mujeres de entre 30 y 40 años y descubrí que son contadas con los dedos de la mano de un lisiado por bomba aquellas mujeres que dieron rienda suelta a sus sentimientos.
Pero, ¿que armas podemos dar a las jóvenes para que identifiquen a tiempo a ese monstruo llamado machismo? Podemos comenzar contando a nuestras hijas sobre nuestro primer beso, aquel primer amor que nos movió el piso, los sinsabores y los buenos tiempos del matrimonio.
Intentemos enseñar a nuestras hijas seguridad en sí mismas, amor hacia sí mismas y sobre todo que no les falte el amor de mamá y papá.
Hoy en día las chicas pasan muy solas, a merced del celular, Internet y televisión. Toda la información que estos medios les brinda llega tergiversada y a esto le agregamos unas gotas de soledad, ¡bum! patean el alambre del libertinaje y se pierden los sueños juveniles, y a esto le agregamos cuando los padres trabajan, lo que menos hacen es conversar con sus hijas e hijos.
La clave está en enseñar a las niñas a respetar su cuerpo, mente y alma, formarlas e informarlas sobre su cuerpo y a que nunca, jamás tengan vergüenza de expresar sus ideas y sentimientos.
La confianza en si mismas es determinante para que ellas puedan luchar contra el maldito machismo, que se propaga como un incendio en iglesias, escuelas, trabajo y el hogar.
La tarea apenas empieza, mi hija y yo conversamos más a menudo, escuchamos música, leemos a Neruda y junto a mí va aprendiendo que aquellos chicos que intentan enamorar a una niña con palabras vulgares tan solo son dignos de lástima, el romanticismo y la poesía llegaron para quedarse y el buen gusto a la hora de amar jamás pasará de moda.



