Carlos Eduardo Ochoa
El Salvador ocupa el trágico tercer lugar en el ranking de suicidios en América Latina, por debajo de Cuba y Uruguay; y a la par de Chile con una tasa de 10 suicidios por cada 100 mil habitantes, según datos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS).
Durante la conmemoración del Día Mundial de la Prevención del Suicidio, que se celebra cada 10 de septiembre, la OPS recordó que en el mundo una persona pone fin a su vida cada cuarenta segundos y que por cada persona que se suicida veinte hacen el intento.
El año pasado, ocurrieron 658 suicidios en El Salvador. Y de enero a agosto de 2008, 468 personas tomaron esa determinación fatal, con un promedio de 58 suicidas al mes. Si a esto le sumamos más de 3 mil homicidios al año, la nación se convierte en un campo de muerte.
¿Qué nos puede llevar a tomar una decisión tan fatal? Nadie está exento de pensar en eso; personajes celebres como Ernest Hemingway y Vincent Van Gogh tomaron esa decisión. Y es que el ser humano es tan complejo que no se puede determinar a ciencia cierta qué provoca caminar hacia ese abismo.
Sin embargo, una persona que desea quitarse la vida da señales a quienes la rodean. Por ejemplo, cuando muestra cambios en hábitos de dormir y comer, cuando se retrae de sus actividades habituales; al mostrar pérdida de interés en pasatiempos, y cuando toma iniciativas de poner en orden sus asuntos como regalar sus posesiones favoritas. En el límite, hay quienes anuncian a viva voz la intención de terminar con su vida.
Pero el suicidio no es tan espontáneo. Existe una planificación por parte del individuo. En general, el proceso de decisión pasa por una idea suicida, después llega un momento de planificación (el método) y finalmente la determinación fatal y los primeros ensayos hasta lograrlo.
Algunas enfermedades mentales están relacionadas con el suicidio; por ejemplo, la depresión, la psicosis y el alcoholismo, según opinan algunos psiquiatras. Aunque también se puede agregar el estado de violencia estructural y hasta la actual crisis económica. Las edades más riesgosas están ubicadas en la adolescencia y en personas mayores de 60 años.
¿Qué se puede hacer para prevenir el suicidio? Un psicólogo social diría que hay que apostarle a los cambios ideológicos y estructurales. El gobierno respondería que la solución son los programas de ayuda, a modo de grupos de apoyo, en el Hospital Psiquiátrico. Y un amigo diría que para eso está la familia.
Nadie más próximo que el grupo de familiares y amigos pueden detectar síntomas que alerten sobre ideas suicidas de una persona. Esas mismas ideas que ahora le pueden llegar a cualquiera, si tomamos en cuenta el contexto de una crisis económica global, que ya ha afectado el bolsillo de muchas familias pobres y ricas.
Ante esta alerta, sirva de colofón la frase del escritor francés André Malraux: “La muerte sólo tiene importancia en la medida en que nos hace reflexionar sobre el valor de la vida”.



