Leonel Gómez
Tomado de Raíces
El respetado Joe Moakley, congresista demócrata del estado de Massachussets, luchó por terminar con los fondos que animaban al régimen salvadoreño durante la guerra civil, después de que militares asesinaran a seis sacerdotes Jesuitas en 1989. También apoyo incansablemente a los que piden el cierre de la Escuela de las Américas del Ejército de los Estados Unidos.
El 14 de octubre de 1991, luego del juicio a los asesinos de los jesuitas, Moakley manifestó sospechas de que el jurado que absolvió a algunos de los acusados, pudo haber sido manipulado por los militares.
Leonel Gómez, un conocido analista salvadoreño y colaborador de Raíces, nos envió sus memorias sobre el congresista estadounidense fallecido en 2001.
Se dice que la guerra en mi país duró 12 años y que fue una de las más crueles en el hemisferio. Y es cierto. De diferentes maneras el congresista demócrata estadounidense Joe Moakley ayudó a que fuera más corta y a combatir la crueldad. No hay logros más importantes.
En tiempos de paz y cuando la salud de Joe era bastante delicada, visitó El Salvador por última vez. Llegó para despedirse de algunos amigos y visitar las comunidades Santa Marta y La Mora, en el empobrecido Cabañas y a la vista del misterioso cerro Guazapa, que fue considerado el principal bastión de la guerrilla en la década del conflicto.
En 1991 Joe facilitó que el entonces embajador de Estados Unidos en el país, Bill Walker, visitara el caserío Santa Marta en Cabañas, que entonces era territorio controlado por los rebeldes izquierdistas. Allí se dieron las primeras reuniones entre el representante del gobierno estadounidense, un sector de la comandancia guerrillera y miembros de base. El resultado fue vital para avanzar en el proceso de paz.
A una empresaria, amiga mía, le conté de la reunión y me preguntó si había alguna necesidad urgente de la comunidad y le dije que no tenían silos para guardar frijoles y maíz. Me preguntó con cuánto se podían obtener, calculé más de 35,000 colones. Sin decir nada se fue a un cuarto y regresó con una pequeña bolsa. “No vayan sin esto”, dijo al darme la bolsa en la que conté 35,000 colones. Su nombre es Carmen Elena de Sol, una persona de derecha.
Al contarle a Bill lo que había pasado quedó tan impresionado que de los fondos discrecionales asignados sumó otra cantidad similar para los necesarios silos. Años después, luego de la visita a Santa Marta, Joe me dijo que se sentía bastante cansado pero feliz
Luego vino la visita a La Mora, en Guazapa Norte. Una zona en la que se combatió persistentemente por más de 10 años. (Si en El Salvador se hubiese dado un Stalingrado, ese sería Guazapa). Allí, debajo de unos árboles de mango se dio la primera reunión entre guerrilleros izquierdistas y representantes del gobierno estadounidense. Entre otras cosas se discutió de qué manera se podía lograr un mejor futuro para el país.
Un poco más tarde la comunidad de La Mora, en su mayoría ex combatientes guerrilleros y sus familias –más de 400 personas-, lo recibieron debajo de los mismos árboles en donde los rebeldes compartieron con Walker las esperanzas de paz.
La visita fue un fiestón. Ese día, la guerrillera más vieja en el país, con más de 100 años, quería conocer a Joe y darle un abrazo. Las jóvenes de la comunidad organizaron una velada maravillosa en la que el tema fue la guerra y la paz, el gobierno, los crímenes de guerra y cómo veían a los Estados Unidos.
En honor a Joe los hombres bailaron danzas antiguas, luego a él y a Jim McGovern (su asistente) les regalaron una mecedora y un reloj. En mi vida nunca fui testigo de algo igual. La guerrilla más guerrilla, la comunidad que en la actualidad cuentan con un promedio de renta anual no mayor a 700 dólares, pero con un valor humano enorme estaban honrando a políticos “gringos”. Al final del día Joe me dijo que aquello era uno de los mejores momentos de su vida. Yo sentí lo mismo.
Joe vive en La Mora
Con el pasar del tiempo al hablar de ese día con un hombre que fue entrenado en Vietnam del Norte y que durante la guerra se convirtió en leyenda y que ha vivido en esa zona de La Mora, me dijo que para ellos “Moakley no es un libro archivado, que él está vivo en su memoria y en la de todos los que vivieron esos momentos” en esa zona ex conflictiva.
Al volver su vista atrás me dijo que las cosas salieron de una manera fácil y espontánea. Algunos aportaron la comida, otros la música, los regalos o simplemente participaron contentos con sus familias y todo para agradecerle al viejo legislador estadounidense y a su cercano colaborador McGovern.
Otro recuerdo que tengo es de cuando Joe, por medio de Richard McCall y este servidor, le pidió a la entonces comandancia general del ex grupo guerrillero ERP, que entregara a los rebeldes culpables del asesinato de dos militares estadounidenses que habían sobrevivido al derribamiento de un helicóptero artillado de ese país en una zona controlada por los insurgentes.
Para sorpresa de todos en menos de una semana el ERP comunicó que los autores materiales habían accedido a entregarse voluntariamente a Moakley o a uno de sus representantes. Durante la guerra eso era algo que nunca había pasado, ni pasó.
El trato era que los dos autores del crimen serían entregados a agentes del Departamento de Justicia de Estados Unidos, dispuestos a confesar los hechos ante un juez de ese país. También entregarían las armas que utilizaron, más algunas pertenencias de los soldados estadounidenses muertos en ese incidente.
Joe ayudó para que uno de los abogados más famosos de Washington, Greg Craig, aceptara ser el defensor de los dos guerrilleros. Craig fue uno de los tres defensores del ex presidente Bill Clinton, cuando estando en funciones fue enjuiciado por el Senado de Estados Unidos.
Cuando todo estaba listo para la entrega, un funcionario del Departamento de Estado me informó que tenía que llevar a los acusados del crimen a un hotel en Honduras. Dejarlos sin documentos para que fueran capturados por la policía de ese país y luego llamaran al FBI para que fueran interrogados por la muerte de los soldados norteamericanos. Ninguno de nosotros, ni la guerrilla, aceptó aquella locura.
Luego se negoció con el presidente de la Corte Suprema de Justicia de El Salvador para que los acusados se entregaran a las autoridades y así sucedió. Al firmarse los acuerdos de paz y entrar en vigencia una controversial Ley de Amnistía, ambos fueron puestos en libertad.
Esas y otros recuerdos que tengo de mi amigo Joe, son pequeños tesoros personales, son experiencias inmensamente útiles.
Joe y el crimen de los Jesuitas
Pero hay más recuerdos. Otro tiene que ver con el cruel asesinato de los seis sacerdotes jesuitas, su cocinera y la hija adolescente de ésta, en noviembre de 1989 y se refiere al esfuerzo de la cúpula del estado salvadoreño para evitar que la verdad se conociera.
La persona que fue vital para resolver en gran parte este caso es principalmente Moakley y el enorme esfuerzo de gentes como Bill Woodword, William Walker, ex embajador de su país en El Salvador y sin cuya ayuda no hubiese sido posible, Ned Crosby, Bruce Cameron y los salvadoreños que confiaron en todo el equipo, del cual formé parte. Esos salvadoreños fueron tres militares y un civil, todos en posición de saber lo que paso.
Aun mucho después de que se cerrara nuestra investigación y de haber dado a conocer el reporte, se siguió recibiendo información acerca del caso. En nuestra cultura cuando se han dado casos como el mencionado e intentar demostrar que se tiene conciencia cívica, lo que Maquiavelo llamaba Virtud, es peligroso. Se necesita saber y sentir que lo que uno hace va a ser útil, que la denuncia va a servir para que se haga justicia, castigar a los que sean responsables de un delito y así advertir a otros con la esperanza de evitar que otros crímenes se repitan. Es sumamente difícil de lograr.
En el pasado reciente, cuando en nuestro país los que mandaban ordenaron o permitieron que se violaran monjas para luego asesinarlas y por ello –a manera de censura o castigo-, políticos y tecnócratas estadounidenses llamaron “autoritarios” a líderes de la derecha del país. De alguna manera para diferenciar el mal en categorías correctas, y me imagino también a manera de censura, a la izquierda salvadoreña la tildaron de “totalitaria”. A los criminales, Moakley siempre les llamó criminales.
En medio de todas las locuras imaginables Moakley inspiró confianza y respeto por la manera justa y útil de cómo había manejado nuestro esfuerzo, que en gran manera influyó grandemente en el juez Ricardo Zamora y en el presidente de la Corte Suprema de Justicia, Mauricio Gutiérrez Castro, quienes por sus mismos principios y usando de apoyo el “Reporte Moakley”, fueron más allá de lo que muchos pensaron las probabilidades que el momento permitía.
Para los salvadoreños es de especial importancia el entender los motivos principales que jugaron en los brutales asesinatos de aquellos también respetados sacerdotes, de la señora y su hija adolescente.
Pero otro tema importantes es quiénes más fueron responsables, incluyendo a los que destruyeron pruebas que incriminaban a personal del ejército o de la cúpula política salvadoreña. Algo de eso lo mencionó una Comisión de las Naciones que investigó las peores atrocidades cometidas por las partes durante el pasado conflicto.
Pero algo que siempre nos llamó la atención es el por qué la Fuerza Armada nunca disimuló la parte operativa, como otras veces, operando a través de los tenebrosos escuadrones de la muerte. En este caso en particular las decisiones y la operatividad se canalizaron usando la cadena de mando oficial, así como la participación de tropa uniformada para cometer los asesinatos de una forma casi pública. Algo que Joe observó desde el principio fue que los responsables, el Alto Mando, a pesar de que tenían una buena idea de la “Comisión Moakley”, dieron la impresión de tener una gran seguridad de que nadie los podía incomodar, mucho menos acusarlos de aquel alevoso crimen.
Después, cuando algunos militares fueron acusado, Joe notó que ninguno del Mando mostró arrepentimiento por lo que hicieron los otros oficiales que comandaron los soldados que físicamente actuaron, aunque éstos sí mostraron haberse arrepentido del múltiple asesinato que conmovió al mundo.
Son muchas las personas que confiaron en nosotros. En mi país confiar y dar información sobre crímenes como el de los jesuitas, es difícil lograr. Por menos lo matan a uno.
Difícil es también que alguien se exponga a que lo dicho se manipule o que al final ese riesgo no sirva para nada. Ejemplos de ese tipo hay muchos y es una razón fuerte para que muchos crímenes hayan quedado en el misterio y que los motivos sean tratados como rumores.
De esos hechos de sangre brutales, como el de los jesuitas, también se recuerda con mucho dolor el asesinato del arzobispo Oscar Arnulfo Romero, al que la iglesia estudia nombrarlo entre sus Santos. Romero, en el corazón de su pueblo y de Latinoamérica, ya es San Romero.
Las autoridades salvadoreñas mantenían una tesis muy singular para explicar del por qué nunca pudieron hacer casi nada para investigar estos casos, y es que siempre, hay por lo menos cinco versiones de la verdad sobre esas atrocidades. Aunque aconsejaban públicamente que en caso haber un testigo o persona ofendida, que mejor acudiera a un juez para que se pudiera establecer mérito de causa. Imagino que era una forma de crear ilusión de que algo se podía hacer.
En estos últimos tiempos, ni las autoridades competentes alguna otra, nunca han resuelto por si solos ningún caso, como el asesinato de los jesuitas u otros similares, que son muchos, y en los cuales hubo una crueldad excepcional.
No hay que olvidar que aun hoy, en tiempos de paz, la opinión del gobierno de Estados Unidos conocida en documentos oficiales, es que el sistema de justicia salvadoreño es corrupto, y lo manifiesta luego de más de dos décadas de que el sistema jurídico nacional ha recibido multimillonarias ayudas de varios países intentando mejorarlo a favor de los que demandan justicia, como Joe siempre soñó fuera una realidad.
Leonel Gómez, analista salvadoreño. Edición Alberto Barrera.



