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El Salvador, Domingo 12 de Febrero de 2012
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Martes, 07 de Octubre de 2008 / 09:15 h

Opinando sin política (502)

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Eduardo Badía Serra

Los Estados Unidos de Norteamérica afrontan una espectacular crisis financiera. Esta se une a su ya vieja crisis social, y sumerge a ese noble pueblo en una situación de sufrimiento que adquiere visos de peligro de incalculables consecuencias, tanto para ellos como para el mundo.

En mi opinión, la crisis de ese pueblo es producto del afán de lucro del mundillo de los especuladores, de esas macabras entidades que dan en llamarse bolsas de valores, y de los afanes de lujuria material que pervierten a muchas de sus gentes. También son responsables los grandes sabios de las famosas universidades norteamericanas que tanto se admiran por aquí, los iluminados de Harvard, los Chicago Boys, que con sus geniales visiones económicas han llevado al mundo a tal descalabro nunca probablemente antes visto.

En el fondo, esa es la causa de que los norteamericanos hayan llegado a un nivel de degeneración social y precariedad económica que ahora les abate y golpea. Como siempre, quien al final sufre las consecuencias es el pueblo, el simple y llano pueblo, y no los verdaderos causantes del problema, los que se lucran con el negocio de la guerra, con los negocios financieros, con la explotación de los recursos de los países vecinos. Estos siempre sabrán estar bien, aunque tengan sobre su conciencia una carga moral imposible de saldar.

Para paliar la crisis, la Cámara y el Senado acaban de aprobar un llamado paquete de rescate financiero de setecientos mil millones de dólares, US $ 700,000,000,000. Esto, estimados amigos, equivale al presupuesto de El Salvador de 200 años, ni más ni menos.

Y advierten los grandes sabios que ahora opinan a diestra y siniestra sobre la situación, que eso no será más que un alivio temporal, y que luego se necesitará más dinero para poder evitar el desastre.

¡Sí señor! ¡Doscientos años de presupuesto de El Salvador, país de renta media alta, como dicen algunos bayuncos altos funcionarios  por aquí! Si a ello sumamos el costo de la guerra de Iraq, del orden de los seiscientos mil millones de dólares, ya tendríamos nosotros, guanacos cacarañícaras, dinero para financiar nuestro gasto público por casi cuatrocientos años. ¡Qué barbaridad!

Nuestros analistas, consejeros, asesores, expertos, formadores de opinión, conferencistas profesionales, y demás, sesudamente repiten cifras, buscan causas, transmiten ideas de otros, pero nunca van a la raíz del problema. Hay una pregunta fundamental que siempre evitan, o que no llegan a advertir, hay un fondo que no ven, oculto como está por un grueso sedimento de argumentos superficiales que impide ver su real composición.

Ellos siguen escuchando y respaldando las recetas de rabí que nos traen constantemente los organismos internacionales y los genios de aquellas universidades que he señalado, reduplicadas en nuestro suelo por los llamados tanques de pensamiento nacionales y algunas instituciones académicas que  no producen conocimiento sino más bien reproducen el de los otros, esos famosos ejecutivos que no piensan porque otros pensaron ya por ellos.

El real origen de la crisis está en el colapso de un modelo que no da para más, que se agotó a medio camino, y que ahora castiga con los efectos de su ineficacia a aquellos que lo siguieron. Es una verdadera crisis del modelo. Allí es donde hay que buscar, allí es donde hay que escarbar, remover ese sedimento de años que nos impide ver con claridad lo que le pasa al mundo.

Los norteamericanos se acostumbraron a vivir dentro de una economía del desperdicio y del desorden, han  subvalorado el verdadero valor de los recursos, los han dilapidado a más no poder.

Ahora, la naturaleza misma, esa que los ha alimentado por tantos años, les está pasando la factura, una factura de alto valor, y se encuentran en la dolorosa perspectiva de que no pueden pagarla. En mi opinión, no es el capitalismo el que está en crisis, porque el capitalismo sabe entrar cíclicamente en ese tipo de períodos  y sabe superarlos modificando algunos elementos del modelo.

Lo que está en crisis es esa versión actual del capitalismo salvaje dentro de la que hemos vivido las últimas décadas, y que hemos dado en llamar neoliberalismo. Es esa versión absoluta y dogmática del mercado la que ha fracasado estruendosamente. Es esa versión actual del capitalismo, el neoliberalismo, el que se derrumba, y ello es lo que no logran advertir, o no quieren advertir, nuestros economistas, analistas, especialistas, formadores de opinión, conferencistas peripatéticos, pontífices de la opinión, y demás, que constantemente aparecen repitiendo datos, manejando cifras, y trasladando opiniones de otros que, como ellos, inmersos en el problema, no se logran sacudir sus efectos.

Insisto: El modelo. Nuestros dirigentes deben evitar el enfoque casuístico de la situación, e ir a la raíz, al fondo. Lo que hay que cambiar es el modelo, es el sistema de vida, son los hábitos de consumo. Reparar en que hay que jerarquizar el gasto, en cualquiera de sus dimensiones, y comenzar por satisfacer lo fundamental, lo vital, o al menos lo existencial. Lo demás, es, realmente, lo de menos. Nosotros, asiduos copiones, ciudadanos de este continente calco, como nos llamó Gabriela Mistral, también queremos tener nuestro paquete de rescate financiero, y nos preparamos para adquirir una nueva deuda, que como siempre terminará siendo pagada por el pueblo, una deudita del orden de los novecientos millones de dólares. Y ¿para qué? ¡Pues para pagar otras deudas anteriores que ya no podemos pagar! En ese jueguito nos encontrará el próximo siglo, si es que llegamos, de persistir en mantenernos en nuestro modelito, que, como vemos, tampoco aguanta para más desperdicio y desorden y urge de solución. 

Por eso, yo digo:
Pueblo, ¡Rechaza las discusiones ligeras!
Pueblo, ¡Cuidado con los cantos de sirena!
Pueblo, ¡Levántate y anda!
¿De política? ¡Noooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo!
¿Para qué?
De estas, y de otras cosas, seguiremos hablando, si Diario Co Latino me lo permite.

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