Gloria Silvia Orellana
Redacción Diario Co Latino
A un año de quedar cesante, Javier (nombre ficticio), ex trabajador de Baterías de El Salvador, se haya en una situación desesperante por la falta de empleo y el empeoramiento de su salud por la contaminación con plomo.
“Para nosotros es bien difícil la vida, y mucho más para nuestras familias. No hay justicia”, reflexiona.
Baterías de El Salvador enfrenta una demanda judicial que inició hace un año, a iniciativa del Comité de Protección Ambiental de Sitio del Niño y el Movimiento sin Plomo, conformado por los padres de familias de niños y niñas, contaminados con plomo, todos residentes en el Cantón Sitio del Niño, Municipio de San Juan Opico, La Libertad.
Los diez años de laborar en la manufactura de la rejilla, que es una pieza fundamental de las baterías de automotores, lo expuso de manera directa con el plomo, pues, al inicio no contaba con el equipo adecuado para manejar este metal.
“Donde trabajaba –desde 1997- fundíamos el plomo para las rejillas, luego las apilábamos, y los uniformes eran de tela normal, la mascarilla sencilla y los guantes eran de cuero, fue hasta el año 2001, que nos dijeron que teníamos que prevenir el contacto con el plomo”, comentó.
Javier recibió su uniforme, zapatos y casco nuevo un año después de haber ingresado a la fábrica, en un turno de 12 horas de trabajo, pero la exposición al polvillo de plomo comenzó ha incidir en su salud. Los dolores de cabeza, huesos y hemorragias nasales, comenzaron a afectarlo, relata.
“A veces se arruinaba la lavadora y entonces teníamos que usar el uniforme sucio, y era cuando nos daba una gran alergia en el cuerpo, los trabajadores antiguos nos decían que era por el plomo, que no nos preocupáramos, así que seguíamos trabajando, no había tiempo para enfermarse, esos hornos pasaban encendidos 24 horas, no podían parar la fundición en las calderas”, relató.
La muerte por leucemia de un compañero que trabajaba en el lavado del plomo y fundición fue un impacto para Javier. Su compañero se desplomó en la sección de enrrejillado, y no volvió a la planta.
“Recuerdo que lo pasaron a nuestra sección porque ya estaba muy enfermo, se desmayó esa mañana, lo ingresaron al Seguro Social, y luego de un tiempo, nos dijeron que había muerto, eso fue impactante para mí, porque me había contado su trabajo y en esa sección”, comentó.
El lavado del plomo se hacía con antimonio, selenio y cobre, lo que emanaban olores muy fuertes; además, las calderas expelían humo de azufre, que provocaba un ambiente asfixiante.
“Las calderas con el material caliente sacaban humo que se iba a las chimeneas en todo el día y alcanzaban una altura de 15 ó 20 metros, y era echado en las canaletas alrededor de la planta. Eso le iba directo a la gente; es más, sabemos que hay pozos clandestinos con esa agua ácida que es contaminante”, dijo.
El chequeo de salud de los trabajadores estaba a cargo de la Clínica del ISSS, que medía la contaminación en sangre del plomo.
“Yo alcancé los 140 mg. por delicitro en la sangre, y sólo nos daban unas pastillas, y contra la alergia una pomada que se llamaba dermicom, pero muchas veces no ayudaban en nada”, añadió.
Sobre la denuncia de los padres de familia por sus hijos contaminados con plomo, Javier señaló: “no teníamos conocimiento de lo que ocurría, hasta que lo vimos en las noticias abiertamente. Yo conocí hasta ese momento a algunos de los dueños, luego, sólo nos despidieron”.
Ahora, sin empleo, y su salud delicada, Javier reflexiona y dice: “ Si ellos (los empresarios) nos contaminaron, lo más justo sería que nos ayudaran a atender nuestra salud, sería lo justo”.



