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El Salvador, Jueves 24 de Mayo de 2012
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Miércoles, 09 de Julio de 2008 / 09:04 h

La visa: invención de la “ilegalidad” (1)

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René Martínez Pineda*
(Coordinador General del M-PROUES)

El Informe de Desarrollo Humano en El Salvador (PNUD, 2007-08), el nomadeo de la derecha académica en los recintos históricos de la institución que inició la Huelga General de Brazos Caídos para ponerle fin a la dictadura de Hernández Martínez, y la aprobación en el Parlamento Europeo de la Directiva de Retorno (acto xenofóbico tan mundial como amnésico) me llevó a preguntarme: ¿cómo se puede ser un “ilegal” en el planeta que lo parió a uno? ¿cómo es posible que siendo el trabajo la forma de superar la animalidad, millones de personas huyan de sus países en busca de “un trabajo decente”, o que sean expulsados por buscar ganarse la vida en los países que le quitan la vida al país de origen? ¿debemos hablar de “trabajos decentes” o, más bien, de “salarios decentes” y así trasladar la indecencia a la persona correcta? ¿es el nomadeo una cuestión tan territorial como ideológica?

A pesar de la galopante violación a los derechos humanos de los emigrantes, una de las constantes de los pueblos ha sido la migración y, por ello, es un “universal cultural” cuyo status como derecho se logró –por razones productivas del capitalismo- durante el Liberalismo Clásico del siglo XIX bajo el concepto de “libertad de movimiento”. Dentro de ese trato anticivilizatorio que se le da a los emigrantes, está el hecho de haberlos convertidos en residentes “ilegales” de su hogar-planeta, no obstante que ellos son, en materia económica, los ciudadanos del capital sin fronteras, los súbditos de la plusvalía sin nacionalidad, los documentados de la ganancia planetaria, los deportados de la distribución-consumo, los refugiados que aborta la renta del suelo sin patria y, por tanto, residentes legales del mundo, de cualquier parte del mundo, porque están más allá del tiempo-espacio convencional, y porque “legalmente” los países ricos (polos de atracción) llegan a expropiar-explotar a los países pobres (polos de expulsión); países pobres que no pueden redactar, aunque lo sueñen, directivas de retorno de las transnacionales que, con unánime impunidad, vienen a robarse las ganancias, los recursos naturales, el sudor, el aire limpio y las risas.

Hechos previos existen en todo el mundo y en todos los siglos, tanto en materia religioso-política como climática (Paleolítico) pero, como flujo estrictamente económico y estrictamente forzado o inducido, los primeros datos se ubican entre 1840 y las primeras décadas del siglo XX, período en el cual al menos 60 millones de personas emigraron desde Europa hacia otras partes del mundo, sin que en esas otras partes se levantaran muros o se decretaran Directivas de Retorno: “18 millones partieron de Gran Bretaña e Irlanda; 10 millones de Italia; 9,2 millones de la Rusia europea; 5,2 millones de Austria-Hungría; 4,9 millones de Alemania; 4,7 millones de España; 1,8 millones de Portugal; 1,2 de Suecia; 850.000 de Noruega; 640.000 de Polonia; 520.000 de Francia y 390.000 de Dinamarca.

El derecho a abandonar libremente el país de origen requería, obviamente, del derecho a establecerse libremente en el país de atracción, lo que es un símil –hago un paréntesis- del derecho que tienen y hacen valer los grandes capitales de irse a radicar a cualquier país del mundo que, por razones de sumisión, ofrece ventajas competitivas. Así, en combinación con el derecho a la emigración está el de inmigración, que es el que hace efectivo al primero. En los setenta y cinco años que van de 1840 a 1915 “unos 34 millones de europeos se establecieron en Estados Unidos; 6,4 millones llegaron a Argentina; 5,2 se mudaron a Canadá; 4,4 a Brasil; 2,9 hicieron de Australia su nuevo hogar; 1,6 millones fueron a las Indias Occidentales; 860.000 eligieron vivir en Cuba; 852.000 viajaron a Sudáfrica; 713.000 se decidieron por Uruguay y 594.000 por Nueva Zelanda”. Entonces, el que ahora Europa sea un polo de atracción de miles de personas es, históricamente, el resultado de la explotación de los países pobres y, por tanto, la devolución de un favor que debería hacerse sin mayores trabas ni condicionamientos, a menos que los europeos crean –como los gringos creen- que son una raza superior y que, por ello, no están obligados a devolverle favores a nadie o, mejor aún, que “nos hicieron un favor cuando se dejaron que les hiciéramos un favor”.

La historia enseña, y enseña bien, que lo esencial en el éxodo europeo fue el liberalismo subyacente de la época, y que lo estratégico fue que tal éxodo se encargó de realizar, por medios pacíficos, la distribución mundial de la fuerza de trabajo. Nunca antes en la historia (ni después, no obstante las facilidades de transporte y comunicación) la gente había gozado de semejante libertad legal para emigrar, porque el pasaporte y su visado estaban en manos del buen señor capital que extendía su poderío a todo el planeta, lo que en términos migratorios se tradujo, corrigiendo la cartografía conocida, en la aparición de “polos de atracción” y “polos de expulsión”. Las viejas leyes que sólo un par de décadas antes habían garantizado, con salarios “indecentes”, el desarrollo productivo local reteniendo a los trabajadores calificados (e, incluso, decretando leyes contra la vagancia en los países pobres) fueron anuladas (más que actualizadas) y el salario se hizo aún más “indecente”, tal como sucedió en la Inglaterra de 1824. Así, las porciones agrícolas comunales y semicomunales heredadas del Feudalismo (con sus obligaciones y derechos colectivos) y que ligaban al individuo con su lugar de nacimiento, rápidamente fueron vistas y tratadas como una aberración civilizatoria en casi todos los países europeos y, unas décadas después, en América Latina. Los gobiernos permitieron a sus súbditos (bajo amenaza de calamidad pública y de guerras apocalípticas que, de todos modos, después serían) emigrar y llevarse con ellos todas sus habilidades y ahorros de chelines, coronas, marcos, liras, rublos, oro, sueños, y cambiar de nacionalidad –vía naturalización- en sus nuevos hogares, y desde entonces, como dice Silvio Rodríguez: “las fronteras se besan y se ponen ardientes…”.

* renemartezpi@yahoo.com

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