José M. Tojeira
El Censo ha despertado todo tipo de especulaciones políticas, electorales, matemáticas, etc. Lo que debía ser una mirada objetiva hacia la realidad de El Salvador, que nos ayudara a todos a planificar mejor el futuro, se ha convertido en una colección de cábalas y desconfianzas. Se podrá decir que el salvadoreño es desconfiado. Y ciertamente tiene razones para desconfiar de sus instituciones. Pero de un Censo no se debía desconfiar. La Digestyc (Dirección General de Estadística y Censos) tiene un buen personal y es una institución bastante técnica. Sin embargo los resultados del Censo ofrecen tantas contradicciones con el padrón y con alguna realidades municipales que es lógico el revuelo que se ha armado.
Lo que debía ser un factor de claridad, se ha convertido, al menos parcialmente en un factor de oscuridad. Y eso es serio. Porque el país necesita más transparencia en todos los sentidos, y el conocimiento de nuestra propia realidad poblacional debería ser un punto de partida incontrovertible. No faltan los que quieren arreglar las contradicciones del Censo a través del fenómeno migratorio salvadoreño. Pero habría que preguntarse antes si existe un censo confiable de los salvadoreños en el exterior.
Al descender tanto la población nos convertimos en un país de contradicciones supremas. Ya sabíamos que las teníamos, pero subir desmesuradamente en la tasa de homicidios nos deja un sabor de boca amargo. Se puede decir, y es cierto, que hay un leve descenso en el número diario de los mismos; pero eso no resuelve la brutalidad de unas cifras que oscilarían en torno a los 60 homicidios por cada cien mil habitantes el año pasado. Los muertos en accidentes suben proporcionalmente cuatro puntos, y los suicidios aumentan en proporción la población. Todos los índices de malestar, que ya eran muchos, se multiplican. Pero al mismo tiempo los índices gruesos de bienestar crecen. Ahora resulta que somos un país de renta media alta. Un país de renta media alta que mantiene unos índices de desproporción en el ingreso que convierten la convivencia social en un ejercicio de discriminación. Si en la época colonial había castas que separaban los diferentes estratos sociales, ahora hay precipicios reales y escandalosos entre quienes tienen más y quienes tienen menos. Si tenemos en cuenta que el salario promedio salvadoreño ronda los 250 dólares mensuales, podemos imaginar los salarios de los muy pocos que mantienen proporciones de 50 a uno con los que tienen menos.
Si antes del censo había contrastes, la realidad poblacional nos dice que son mayores. Y para colmo, ni siquiera confiamos en el Censo, a pesar de que es un instrumento indispensable para planificar el desarrollo. Siendo menos sería mucho más fácil dar una pensión compensatoria a quienes tienen más de 65 años en el país y no tienen pensión. Siendo más ricos sería más fácil pensar en una reforma fiscal que subiera al 25 por ciento el total de la recaudación de los impuestos en relación al Producto Interno Bruto. Si siendo muchos la recaudación impositiva no alcanzaba para cubrir las necesidades de la población, siendo menos se demuestra lo ridículamente baja de la misma.
Pero no seguimos. Todo censo necesita ajustes, depuraciones y validaciones. Ciertamente los periódicos y los particulares han dejado ver múltiples incoherencias entre los datos. Algunas muy graves como la diferencia entre el censo y el registro electoral, que tiene a 836.000 personas más registradas en sus listas. En una época como la nuestra, tan cercana a elecciones generales, la sombra de un superregistro electoral puede crear nuevas y mayores desconfianzas. Máxime cuando los Magistrados del Tribunal Supremo electoral se han enfrentado a la OEA y han renunciado al convenio que tenían para certificar nuestros procesos electorales.
En este contexto no podemos menos que exigir mayor claridad. No creemos que el Censo esté sustancialmente mal hecho, pero sí pensamos que debe revisarse adecuadamente. Los márgenes de error de un Censo no pueden llegar alegremente a un diez por ciento, porque con esos márgenes los números cambian drásticamente al hablar de millones de personas. Tampoco se deben dar explicaciones caprichosas o repentinas, acudiendo a la primera idea que le viene a la mente al interrogado por la prensa. El tema es serio y se necesita la aplicación de controles de calidad, examinar porcentajes posibles de errores o de omisiones a partir de los datos que nos proporcionan algunos municipios. Es necesario cruzar el Censo, de un modo convincente, con otros datos relativos a la población. Con el padrón electoral hay que explicar las enormes diferencias, así como con algunos municipios. Incluso algunos datos recientes, cono el de una mayor producción de basura, pueden servir para valorar los aciertos o desaciertos del censo en algunos lugares.
Somos un país pequeño, superpoblado, pero con necesidad de claridad. El censo ofrecía una esperanza. No hay que renunciar a ella. Los desaciertos se pueden sin duda corregir. La auditoría de calidad es posible y las correcciones necesarias. Esperemos que el trabajo se haga con la suficiente celeridad como para no poner una sombra más de duda en el proceso electoral que se avecina.



