Ramón Rivas
El 3 de abril inauguró el Museo Universitario de Antropología de la UTEC, en su sala temporal, la exposición del connotado artista nacional don César Sermeño. La exposición queda abierta al público hasta el 14 de junio del presente año. Comparto con los lectores parte de la entrevista que hice al artista y además mis reflexiones. Su patria de adopción es el trabajo artístico. Su obra abarca la pintura, la cerámica y la escultura. Su impulso de renovación intelectual ha sido meritorio, tal y como lo demuestran los múltiples reconocimientos de los que ha sido objeto. Sin embargo, a pesar de los reconocimientos, don César Sermeño nunca perdió de vista que la mejor manera de impulsar y renovar el panorama cultural es el poder compaginar creación. Sermeño asumió el arte y la reivindicación de la cultura como compromiso vital. Así, pues, no sólo por la diversidad, sino por la calidad de su producción es por lo que debemos contarlo entre los más valiosos creadores de este país. Constato que la figura en la obra de don César Sermeño —en los tres géneros que domina— aparece no sólo como signo pictórico, sino también poético y, a la vez, realista como producto del medio, creando un vínculo mágico que evoca sentidos y que conlleva a una percepción ilimitada. Hay algo en su obra de sofisticación compositiva y de una capacidad para hacer vibrar la atmósfera, otorgando a sus objetos un aire de paz. Su padre, quien también era pintor y además maestro, fue quien le enseñó y estimuló cuando niño a hacer sus primeros pininos en el dibujo; y le facilitó papel, cartulina, lápices de color y las cajitas de acuarela. “Así me desenvolví en los primeros años con la ayuda de mi padre”, recuerda el artista. “Ya en la adolescencia, y viendo mi padre mi inclinación, me dijo que yo me tenía que ir a estudiar a un centro especializado; y es así como llego a la Escuela Nacional de Artes Gráficas (ENAG) que había sido fundada y estaba siendo dirigida por don Carlos Alberto Imery”. En esa escuela, es donde Sermeño conoce a Carlos Cañas, Luis Ángel Salinas, Camilo Minero, César Pacas y Humberto Díaz, quienes llegaron a ser connotados artistas. En ese entonces eran estudiantes de artes. Don César Sermeño se inicia primero con el dibujo y la pintura. Su dedicación por la pintura se ve influenciada, y a la vez estimulada, por las enseñanzas de don José Mejía Vides. “Mis primeras pinturas fueron con la técnica de la acuarela y pinté aspectos de la naturaleza influenciado por la corriente impresionista”, afirma el artista. En los primeros años de la década de 1940, y ya siendo estudiante de la ENAG, en San Salvador es que el señor Imery le propone ir a estudiar a Honduras, pues existía la posibilidad de prepararse ya que el Gobierno del vecino país había puesto a la disposición dos becas para estudiantes de las artes salvadoreñas; dos jóvenes que tuvieran deseos de irse a estudiar a la Escuela de Bellas Artes en Tegucigalpa. “En esta escuela me dediqué por cuatro años a estudiar artes: por la mañana estudiaba dibujo y por la tarde pintura, escultura y cerámica. Los sábados y los domingos los dedicaba, con Gilberto Quinteros, a pintar al aire libre. Pintábamos con acuarela”, recuerda. Su interés por la escultura inicia precisamente en esa escuela, influenciado por el maestro de cerámica Jean Marek, oriundo de la antigua Checoslovaquia. “En la Escuela de Bellas Artes disponíamos de modelos vivos”, recuerda el artista. Su obra se caracteriza por los detalles y es rica en colores que, de acuerdo al mismo don Sermeño, “son los instrumentos para darle vida a mi creatividad. Uso el amarillo cuando trato un tema relacionado con el trópico, y el azul, cuando es un tema de carácter espiritual. Los ojos que caracterizan a muchas de mis obras representan vida, el ser humano, la humanidad, así han surgido obras como: La niña del ojo, El ojo de Dios, El pez ojo, El ojo del mar. Es más, reafirma el artista: “En la naturaleza se encuentra la vida con sus cuatro elementos, que sin ellos no sería posible la existencia del ser humano: aire, tierra, fuego y agua. Pero en mi obra sobresalen esos seres que habitan la naturaleza y la naturaleza misma: búhos, venados, palomas”. Los primeros nueve años de su vida configuraron gran parte de su identidad, que ahora se refleja en su obra, y así lo confirma: “Esos recuerdos marcan mi obra, esos años, los recuerdos del campo, los árboles, los animales, las aves han quedado grabados en mi mente… La paloma es símbolo de paz. Mi temperamento lo considero pasivo, no bélico; trato de expresar mis sentimientos en símbolos de paz y esperanza. El búho representa ese ambiente intelectual, símbolo de la sabiduría. Es el ave que desde la época prehispánica hasta nuestros días se ha perpetuado por ser el símbolo del conocimiento, del saber”.
Muchas de sus creaciones en cerámica se han inspirado en lo primitivo, en el arte gráfico rupestre representado en Altamira, en Europa, y la herencia cultural indoamericana. México reafirma y consolida su inquietud por el arte. En 1958 parte en compañía de su esposa, doña Nelly Becy a México, —diez días después de haberse casado—. Sus cuatro años en Honduras le habían hecho reflexionar, y consideraba que estaba listo para el matrimonio. En esa época, parten a México también don Ángel Salinas y don Camilo Minero. Los tres creían en la integración de las artes plásticas. Y así fue que al inscribirse en el Instituto Politécnico Nacional de la ciudad de México reciben los conocimientos básicos para dedicarse al muralismo. En México don César aprovecha para admirar la riqueza y, en concreto, la obra de grandes artistas mexicanos como: David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera y José Clemente Orozco, entre otros. En fin, don Cesar Sermeño ha hecho de su obra un proyecto que lo conecta definitivamente con el pasado, la modernidad y con el futuro. Su obra es clásica y, a su vez, está compuesta de elementos contradictorios incluso estilísticamente, y a pesar de ello tiene una gran unidad. Por ejemplo, en sus pinturas y en la cerámica, la acción está detenida en un momento expectante. Los objetos se pierden entre diversos signos, en una dualidad de formas que comparten sentidos. La atmósfera del cuadro deja ver instantáneas revelaciones que descubren formas concretas: el paisaje, la iglesia, cuerpos de gente pero con un estilo determinado. Otro factor importante es el ritmo de las atmósferas; un ritmo en zigzag, de dominante vertical, que une en un solo haz todo el movimiento del cuadro. La combinación de ritmo y color juega un papel primordial. El ritmo es un sutil juego de contraposiciones que va ligando a las imágenes; el color se convierte en elaboración simbólica —como más arriba lo recalca— de la realidad. El resultado es un bloque compacto y fragmentado a la vez. Un ejemplo de la intensidad artística de don César Sermeño son “Cobachas en barrio La Leona”, “Callejón Casquito”, “Campanario de la iglesia de San Juan Opico”, “Niñas en el jardín”, Las lavanderas”, “Herencia maya I y II”, donde sobresale el pincel tras cada contorno, línea y trazo provisto de sentido. La pintura es un actuar constante en la obra de Sermeño, aunque se le conoce como “el ceramista”. El arte en sí es un movimiento sensible de la imaginación, un juego que consiste en edificar universos inéditos. El arte es siempre una armonía paralela a la naturaleza, y esto se palpa en la obra de don César Sermeño. Su universo simbólico —y así lo testifica la entrevista— parece ser estrecho, y quizás, más concentrado pero eso no lo hace menos, al contrario. En este sentido; don César parece necesitar menos cosas que nadie para expresarse, pero su sobrio y austero repertorio está cargado de una deslumbrante densidad emocional y estética en los tres géneros que representa y en los que ha sobresalido.



