Indigentes hacen cola para recibir alimentos.
Claudia Solórzano
Redacción Diario Co Latino
El reloj marca las siete de la noche y como hormigas atraídas por el dulce, aparecen más de mil personas sin hogar en las principales calles de San Salvador, en busca de comida y donde dormir.
Mujeres y hombres, de diferentes edades, algunos con sus hijos entre los brazos y sus pertenencias: cartones, mochilas viejas, colchonetas rotas y bolsas con ropa, se han convertido en los huéspedes nocturnos de las aceras y los parques. Este es el otro rostro, de un país de “Renta Media Alta”.
Todos tienen algo en común, la indigencia ocasionada por la extrema pobreza.
De acuerdo a su hora de llegada, cada uno de los indigentes comienza a ubicarse sobre la acera, frente al Fondo Social para la Vivienda, ubicada en la calle Rubén Darío, de esta capital.
Dicho lugar es la casa de muchos salvadoreños, hondureños y nicaragüenses, quienes obligados por la deprimente situación económica no tienen otra opción más que las frías calles de esta ciudad, donde duermen sufriendo las inclemencias del tiempo.
Hasta la fecha, los entes gubernamentales carecen de estadísticas exactas sobre esta población, por la situación nómada en que viven. No obstante, los indigentes consultados, manifestaron que la cantidad de personas sin hogar ha aumentado.
“Hace cinco años éramos menos, ahora veo hasta gente más joven viviendo en las calles”, comentó Juan Alonso, quien tiene veinte años de vivir en la vía pública.
Recientemente, un informe de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) pronosticó el incremento de personas que pasarán a ser indigentes, a causa del poco poder adquisitivo que tienen para hacerle frente a los exorbitantes precios de la canasta básica y del petróleo.
«Alrededor de quince millones de personas caerán en la indigencia. Un contingente similar pasaría a la condición de pobres. Esto sin contar con el agravamiento de la situación social de las personas que previo a estos aumentos ya vivían en la pobreza e indigencia», dice el informe.
Javier Meléndez, de 52 años de edad, manifestó tener un año de vivir en las calles. Durante muchos años trabajó como encargado de bodega en el Ministerio de Agricultura y Ganadería, pero a finales del 2006, lo despidieron por cometer faltas al reglamento.
“Mi familia me echó de la casa, al ver que no encontraba trabajo y es que por mi edad ya no consigo nada”, relató don Javier, quien aparenta tener más años de los que dice, debido al desgaste que genera el vivir errante, es decir, sin un domicilio fijo.
Las agujas del reloj marcaron las ocho y media de la noche y como si hubiesen escuchado una campana anunciando el recreo, todos se levantaron de sus cartones, y salieron corriendo a forman una fila.
De repente, dos camionetas se estacionaron, de los cuales bajaron cinco personas, a quienes los indigentes recibieron estrechando sus manos y con el habitual saludo de «¡buenas noches!», con un gesto de alegría.
Estos cinco “ángeles”, pertenecientes a la Comunidad Católica de San Egidio, entregaron panes y chocolate a las personas que duermen en las calles.
“Todos los miércoles vienen los hermanos de la Iglesia y nos traen comida porque saben que no tenemos ayuda de nadie”, comentó don Adán.
Él es obrero calificado, pero al igual que don Javier su edad es un obstáculo para tener trabajo.
Don Adán tiene 52 años, es originario de Ahuachapán y relata que desde su juventud aprendió el oficio de obrero de construcción y fontanería.
“Ahora, en las calles, he tenido que recoger latas, hierro y todos cosas reciclables para venderlas en un taller, donde me dan cuatro dólares, dependiendo la cantidad que lleve”, dijo Adán. Es de mencionar que la cifra monetaria, no es de todos los días. “Cuando gano unas mis chirilicas (dinero) compro comida y pago por usar el servicio sanitario y el baño para mí aseo personal”, aclaró, mientras degustaba de la cena.
En el país, la situación se vuelve más deprimente frente a una crisis alimentaria, afectando a miles y miles salvadoreños que tienen bajos salarios y no alcanzan a suplir sus necesidades básicas. Por ende, muchos son literalmente obligados a vivir en las calles.
Ante dicha situación, el Secretario Ejecutivo de la CEPAL, José Luis Machinea, afirmó que el incremento en los precios de los alimentos y los servicios pone en riesgo el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio para la región, siendo el principal la erradicación de la pobreza extrema y el hambre. Machinea sugiere dar mayor prioridad a las políticas dirigidas a moderar los efectos de la crisis internacional, de lo contrario, no se lograrán las metas para alcanzar el desarrollo hacia 2015.



