René Martínez Pineda
(Coordinador General del M-PROUES*
No… nunca se supo cómo había empezado. Esas cosas jamás se saben. Lo cierto es que el rumor extendió sus tentáculos pegajosos por el pueblo, primero; por la ciudad, después; por todo el país, más tarde.
Era el tipo de rumor que nadie puede obviar -¡válgame dios y su divino poder!- si es que quiere quedar vivo para contarlo; el tipo de rumor que tiene que ver con salvar la vida propia; el tipo de rumor que siempre nos toma por sorpresa, dejándonos tan vulnerables como cuando nos abren la puerta del inodoro y nosotros, aún, estamos haciendo gestos raros y rubicundos.
Nunca se supo si había que fumigar, reprimir, rezar, vacunar o, simplemente, buscar los lugares altos y firmes sin más pertenencias que el miedo y el olvido.
Todos en el pueblo, en la ciudad, en el país, huían aterrados al nomás enterarse, y quien dice todos dice que no sabe cuántos son, pero que son muchos. Desde aquí de donde los estamos viendo, parecen hormigas lamidas por un cubetazo de agua o, mejor, digamos que parecen cucarachas fumigadas sin piedad. Arrastrándose con la cara torcida y los ojos saltados; huyendo de rodillas sin un rumbo dado, pues, en ese momento, lo importante era salvarse, lograr llegar –jadeante, pálido, mudo- lo más lejos posible del alcance del rumor, a pesar de que nadie sabía de qué se trataba; a pesar de que ninguno de los huidores penitentes conocía las consecuencias del desastre anunciado.
Eso no importaba, en verdad, porque cuando el instinto de supervivencia afila sus uñas, primero se actúa y después se averigua: también la naturaleza aprende de las dictaduras militares. Los animales, sin embargo, decidieron no huir, quizá porque el conformismo que genera la domesticación histórica era ya tan fuerte que, incluso, habían perdido la capacidad de presentir un desastre.
Los del gobierno trataron de remediar el asunto a su manera. Decretaron, con dispensas de trámite y tres sobornos, una ley contra los rumores y la ideología, agregándole un inciso a la ley que prohibía las lluvias los sábados por la tarde. Anunciaron tres días de luto nacional y mandaron a colgar faroles rojos en todos los postes para espantar el mal, como antaño. Sacaron al ejército y la policía a las calles para aplicarle mano dura al rumor. Impulsaron campañas de fumigación y comisiones multidisciplinarias. Pero, todo fue inútil, y lo fue porque nadie sabía si se trataba de una epidemia, un maremoto, una guerra, un hechizo, un fantasma recorriendo las calles. Lo único que sabían –y lo sabían bien- es que, después de eso, ya nada sería igual que antes porque la geografía del país y de las carnes serían modificadas para siempre.
Las industrias cerraron; las ventas ambulantes quedaron huérfanas; los almacenes fueron saqueados sin razón, ya que, para huir, era necesario hacerlo con las manos vacías y las rodillas desnudas; las iglesias se declararon en oración permanente y doblaron el diezmo. Todo lucía absurdamente trastocado. En la calle, la gente no dejaba de arrastrarse, de huir de rodillas; halándose los pelos; gritando sin cesar; pasando sobre los cuerpos magullados de los que -por su edad- quedaban tendidos en el suelo; quemando las naves de su ser junto a las siluetas de las mujeres que quedaban dormidas, para llevarse de ellas sólo su aroma a vainilla; escondiendo fotos viejas y pedazos de sus almas bajo las piedras para que los antropólogos futuros supieran lo que se perdió cuando se consumó el rumor; dejando abandonados a sus hijos en el ombligo del sol; olvidando que de ellas serían las manos que sembrarían de estrellas el suelo, después del desastre.
Así pasaron varios días: huyendo de un espectro que, por desconocido u olvidado, era letal, hasta quedar con las pupilas tristes y las rodillas cansadas de tanto andar silencios salpicados con un poco de muerte anunciada; armando procesiones del silencio para pedir perdón por los pecados que serían absueltos con el desastre; recaudando fondos para sobornar a la suerte y a la muerte. En los parques, los profetas, ministros apocalípticos y sirvientes gratuitos, gritando coléricos que ¡este es el fin del mundo, hijos de puta... encomiéndense a dios y al señor presidente! Arrastrándose para allá y para acá, pero en círculo, ya que siempre llegaban al lugar de partida, como suele ocurrir cuando se huye sin saber por qué, o para dónde, o hasta cuándo. Huyendo de una terrible calamidad que amenazaba con morderlos y, entonces, botaron las máscaras y se convirtieron en lo que en realidad eran.
Cuando supieron que todo esfuerzo por huir del rumor era en vano -porque nada se puede hacer contra los desastres y la ignorancia- optaron por suicidarse en la luna, para dejar que las palabras siguieran corriendo como llanto en busca de otro mar, para no ser testigos de lo mejor que aún estaba por venir. Un desastre similar aunque con resultados inversos sucedió –les cuento- en 1880, y sus efectos fueron tan feroces que se tuvo que hacer un nuevo registro de la propiedad. En esta ocasión, también, nada quedaría en pie y nadie saldría ileso.
Tendrían, los sobrevivientes, que inventar un nuevo dios y hacer un marco de valores que se apegara a la sombra del desastre, y eso iba a ser, simplemente, devastador. La sociedad que habían inventado iba a esfumarse en los recuerdos falsos. Las escuelas tendrían que enseñar cosas nuevas para que la historia no tuviera fin. Los poetas tendrían que desempeñar el alma, si tienen la boleta. La gente tendría que acostumbrar su frente, su cara, a los rayos de un sol cierto. Nada sería igual. Por eso huían del rumor que anunciaba un desastre que acabaría con la apatía.
Nunca supieron cómo empezó. Y es que, para matar la monotonía, alguien corrió el rumor cruel de que todos eran hombres libres y con ideología, y eso asustó a los mendigos y a los vagabundos, que se cuentan por miles.
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