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Miércoles, 09 de Abril de 2008 / 09:08 h

La muñeca de trapo

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René Martínez Pineda*
(Coordinador General del M-PROUES)

Don Fidel estaba tirado boca abajo, con la cara recostada en una piedra, sintiendo el olor penetrante del festín de los zopes. Era la segunda vez en quince días que lo hallábamos así: dormido, quieto, perdido en el tiempo, con el cuerpo embarrado de lodo y moscas, gimiendo de agonía, con los brazos pegados al pecho como para impedir que el corazón se saltara las trancas. En la primera ocasión, una mueca de dolor e impotencia perforaba su frente de cobre corrugado, pero hoy, lucía sereno, puro, privado de sensaciones, como si acabara de terminar una tarea pendiente. La primera vez abrió, con temor, los ojos, y nos pareció que, en verdad, no quería hacerlo. Apretó con odio los párpados y se mantuvo callado durante una hora, con el cuerpo tieso para impedir que lo levantáramos del lodo, tal como había permanecido durante esos tres días después de la tragedia. Alguien, a su espalda, dijo: Usted es el único sobreviviente. Entonces abrió los ojos de nuevo. Es un milagro de Dios que esté vivo, don Fidel -dijo la misma voz.

No recordaba qué día era, y el estar vivo le parecía más un castigo que un milagro. Un castigo cruel que lo condenaba a deambular sin tiempo ni espacio en las riberas de un río que no parecía hostil, con la vista agachada como si estuviera buscando, en sus aguas revueltas y crecidas por el temporal, un objeto perdido. Su mente estaba en blanco, como si alguien hubiera lavado en una piedra sus recuerdos anteriores al lunes. Se levantó como pudo, y en su sorda mirada se podía adivinar que no reconocía a nadie o, quizá, que no quería ser reconocido por nadie, sintiéndose culpable por haber sido hallado así: con vida y solo. Es mejor que no le digan nada todavía; él va a recordar cuando Dios quiera, le aconsejaron a su familia, que procedió a guardar el incienso funerario y el llanto pendiente. Todavía no es hora, Fidel -dijeron a su oído- y cuando volvió la cabeza no encontró a nadie.

Poco a poco, a medida que transcurría la semana, los recuerdos fueron llegando de puntillas hasta su cabeza atribulada, de la mano de una niña de ocho años que, en silencio, acariciaba los surcos más gruesos de sus mejillas cuando él, empachado de sol, se dormía en la hamaca un segundo después de que la noche soplara la vela central. Sin saber por qué, los recuerdos venían cargados de dolor. El sábado por la noche le juró, juntando sus manos callosas, llevarla al pueblo al día siguiente, y la niña salió corriendo en busca de su muñeca de trapo y del vestidito blanco con el que, descalza, había hecho la primera comunión un mes antes. Sí, mi niña, no importa que amanezca lloviendo, le dijo. Don Fidel sacudió la cabeza con rencor para lanzar lejos la imagen alegre de la niña líquida que, había deducido, o recordado, era su nieta. Fue un milagro de Dios que sobreviviera, le recordaban a cada rato para hacerlo sentir especial entre todos los hombres, pero él, al oírlos, se sentía maldito -sí, maldito- sin saber por qué. Doce días después de haber sido hallado, todo empezó a aclararse en su mente.

Esa noche de la segunda vez, se acostó en la hamaca sin cenar, y fumándose un puro interminable repasó los minutos previos a la pérdida del sosiego. El domingo por la mañana, después de juntar en un pañuelo los pocos centavos que había ganado con la venta del maíz, se fue al pueblo con su nieta para que se subiera a los juegos mecánicos que, como rara novedad, habían llegado en ocasión de las fiestas patronales. Salieron del cantón a las seis de la mañana en el viejo camión de don Blas, pactando con él un viaje redondo. Ya en el pueblo, oculto en un plástico verde, se dedicó por completo a reflejar la alegría fuera de este mundo de su nieta, diciéndole adiós, adiós… en cada vuelta que daba la rueda de caballitos. La alegría irreal de ambos fue tanta que se olvidaron de la insistente lluvia, y se acordaron de comer hasta bien entrada la tarde. Se sentaron en una banca del parque, y en ella le juró, con una cruz en los labios, que el próximo domingo regresarían de nuevo: pero esta vez traeré más dinero, aunque no coma un mes, le dijo. A las seis de la tarde, tal como pactado estaba, abordaron el camión de regreso. La lluvia se convirtió, al otro lado del toldo, en un fuerte diluvio que había elevado la furia del río, convirtiéndolo en una avalancha de lodo que se llevaba todo a su paso. Don Fidel salió volando de la cama del camión y cuando levantó la vista, escarbando en la oscuridad, vio los brazos de su nieta que se hundían a lo lejos, sin poder hacer nada por salvarla, sintiendo que se le desgarraba el corazón con cada grito: ¡abuelo! ¡abuelo! ¡mi muñeca! Cuando lo encontraron tirado en el río, tres días después y dos leguas más abajo del puente, no recordaba nada.

Desde la hamaca, escuchó de nuevo los gritos de su nieta y, sin decir nada, se dirigió al río en busca del milagro que lo había salvado a él, oyendo que a sus espaldas alguien le decía: ya es hora, Fidel.

Llegó a la orilla del río y, sin pensarlo, se sumergió en sus aguas glaciales y los recuerdos terminaron de llegar a medida que se hundía.

-¿Qué haces aquí, abuelo? -le preguntó, temblando de frío. Él, la abrazó con todas sus fuerzas mientras le decía: perdóname la tardanza, mi niña, he venido a ayudarte a pasar el río y a regresarte tu muñeca. Don Fidel supo que había llegado al otro lado cuando, al volver la vista atrás, vio su cuerpo tumbado sobre la arena junto al de su nieta.

Entonces fue que lo encontramos tendido, por segunda vez, sobre el lodo, sonriendo satisfecho. Estaba con la cara en paz, abrazando una muñeca de trapo.

renemartezpi@hotmail.com

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