Gloria Silvia Orellana
Redacción Diario Co Latino
El rostro de la pobreza reflejado en las ventas callejeras, la poca afluencia a los servicios religiosos y la permanente nota trágica de asesinatos y muertes por accidentes acompañaron la Semana Mayor de este 2008.
La conmemoración de la vida, pasión y muerte de Jesucristo, fue marco para los políticos, ya no hay "fiestas de guardar", cada cual, hizo lo suyo, en las aspiraciones políticas de las elecciones generales de 2009.
Los activistas del candidato Norman Quijano por el partido ARENA, se montaron en la sed que produjeron las tórridos días de verano, y repartieron bolsitas de agua con la crucita que identifica el partido oficial, a los que visitaban el centro de San Salvador. El mismo Quijano anduvo de paseo por las calles de la Capital, saludando y dando palmadas.
Por su parte, la alcaldesa de San Salvador cumplió con su "tradicional" zona de diversión para los niños y niñas, con las piscinas en el Parque Cuscatlán, para los padres que no pueden pagar una visita a la playa más cercana del país. Asimismo, la Alcaldía patrocinó algunas alfombras.
La diversión de la Semana Mayor, que utilizan muchos padres de familia para buscar solaz con sus hijos se vio empañada por el aumento a "mansalva" de los precios en las golosinas tradicionales de la población.
Los elotes locos haciendo honor a su nombre aumentaron su valor de 0.35 centavos a 0.65 de dólar, hasta un dólar, según el tamaño, los precios en las bolsitas de plátano frito igual subieron: 0.65, cuando cuesta 0.35, y el huacal de atol shuco era de 0.25 centavos, si lo acompañaba de un pan francés eran 0.25 más.
Las alfombras, elaboradas con gran esmero, fueron el uno de los grandes atractivos de la Semana Santa, y allí tampoco faltó la denuncia social, ya que algunas fueron alusivas a la crisis económica que padece el país.
Muchos vendedores afirmaron que la situación era "lograr", al menos, sacar parte de la deuda en que se metieron para las vacaciones y así proveer de comida a sus propias familias.
El júblio de la entrada de Jesús en Jerusalén celebrado el domingo de Las Palmas, fue un preludio de paz ambivalente, por un lado se logró el rompimiento de tradiciones conservadoras, pero la pobreza y la marginación se dejó sentir en la violencia que impera a diario a lo largo del país.
Las principales procesiones, como la del Santo Entierro y la de El Silencio, tuvieron masiva concurrencia.
La Policía Nacional Civil no puede sentirse "tranquila" si registró hasta este Domingo de Resurrección "sólo" 59 muertes violentas, comprando con las 74 muertes del año pasado en el mismo periodo, ya que éstos 59 homicidios, sumadas a los 43, provenientes de las estadísticas de la Dirección de Protección Civil, dejaron un saldo desolador de 102 muertes, que desgarran a un mismo número de personas que han perdido a su familiar.
No obstante, no todo fue motivo de lamentos, también se dieron pequeños avances halagadores en la tradicional procesión del Jueves Santo conocida como "Prosesión del Silencio", que a lo largo de la historia era exclusiva de hombres, ahora dio paso a las mujeres quienes se incoporaron, no sólo a la ceremonia sino a cargar las andas de las imágenes.
Cabe destacar también, la participación del cuerpo de la Policía Nacional Civil. Los agentes se presentaron para compartir con la población en general no sólo sus creencias, sino la fe, para un mejor porvernir, y cargaron con la imagen del Santo Entierro.
Asimismo se pudo constatar bastante vigilancia en las calles y dentro de los autobuses capitalinos.
No obstante, costumbres como los Penitentes que tras promesas cumplidas, favores concedidos o milagros, son pagados mediante una camita de rodillas en la Calle de la Amargura, están desapareciendo.
El consumismo rampante, la falta de cultura vial de los automovilistas que escaparon a atropellar las prácticas de los penitentes, están dejando en abandono esta muestra de fe.
El mar y sus ventas, que estuvo durante la semana en un mediano abandono por parte de los turistas, obtuvo sus réditos, los escenarios de playa se llenaron.
Algunos, optaron por los últimos dos días de vacación, Sábado de Gloria o Domingo de Resurrección, por la falta de recursos económicos, o por el cumplimiento de los ritos religiosos del Viernes Santo.
Esta marea de salvadoreños y salvadoreñas, inevitablemente trajó consigo la generación de basura, las campañas de limpieza no hicieron mella en la cultura de "tirar todo al suelo", ni la ciudad se salvó pese a que las calles lucían un poco vacías para transitar, los vendedores que se quedaron a buscar compradores de última hora, dejaron su huella con la basura en las calles, era un corredor largo, silencioso y sucio.
La Semana Mayor concluyó con una sencilla misa y sin la presencia de funcionarios públicos, que antaño hicieron presencia so critica del pueblo, pero el llamado de Monseñor Fernando Saénz Lacalle, a una verdadera conversión espiritual y la construcción de la paz, impregnó en la feligresía que recibió el agua bendita que esparció dentro de catedral, mientras les predicó que se había cumplido el Tríduo Pascual.
Afuera de Catedral no faltó la protesta social, sólo que esta vez fue a favor de la minería verde, contraria a las manifestaciones en contra de la minería.
Pero no toda la devoción estuvo en San Salvador. Las parroquias diseminadas en cuanta colonia rodea a la Capital, tuvieron sus propias actividades con la participación de muchos jóvenes, quienes emularon la Semana Mayor capitalina.
En fin, una Semana Santa con pocas variantes de las anteriores, y las variantes que se dieron, no fueron más que el reflejo de una crisis que poco a poco domina la rutina diaria de los salvadoreños.



