René Martínez Pineda*
A veces, cuando la tarde cierra sus manos en mi cuello, me pregunto qué sentido tiene denunciar la perversidad de una sociedad en la que manda el dinero, no la conciencia; en la que hay más niños de la calle que piscuchas en el cielo; en la que hay más ausencias que regresos; en la que una piedra aspira a silla; en la que la virgen María agoniza en un cuadro roto.
De todos modos, una gran cantidad de personas van, aborregadas, a decir “amén” a la urna electoral para reproducirla tal cual es, haciendo de ésta el altar postmoderno donde se sacrifica el futuro de los niños, y entonces ese “amén” es un morir.
Por eso se llama “urna” y no buzón, porque es el lugar donde se guarda y olvida la ceniza de los muertos.
En ese torcido renglón de dudas, unos opinan que hay que ir a votar porque hoy sí se postulan personas que, de choto, pueden hacer algo por los pobres, como si la dinámica sufragista no fuese un arreglo (conciente o no, qué importa eso) entre personas que, con distintos colores y folclores, juegan el mismo juego.
Otros, presos en la nostalgia anárquica, creen que lo que hay que hacer es anular, rabiosos, la papeleta, como si el problema fuesen las reglas del juego y no el juego mismo; ese juego que sabrá distribuir, entre ellos, las papeletas anuladas.
Y otros, como yo –con sólo tres neuronas funcionando- estamos convencidos de que -si las cosas siguen igual- lo que hay que hacer es NO ir a votar, pues, sólo así se puede trasladar el protagonismo político al movimiento social; sólo así se puede poner en unánime evidencia la perversidad de la democracia capitalista. Ir a votar por políticos reciclados (o por caras nuevas con sesos viejos que hablan de generar empleos mientras aniquilan a la microempresa); o ir a anular el voto, implica la aceptación de la manipulación de la cultura política.
Esa manipulación es comprensible en el caso de los analfabetas, a los que se mantiene así para deslumbrarlos con espejos y promesas. Pero, en las personas con cierto nivel académico, la manipulación resulta grotesca, al menos hasta que me remonto a las causas de la paradoja: la escuela.
En una de estas tardes milagrosas -mientras contaba estrellas como lunares dulcitos- concluí que la escuela enseña, muy bien, a olvidar, y enseña poco sobre cómo besar recuerdos y conjurar cadenas; sobre cómo construir palabras nuevas y sencillas que hagan juego con una realidad que siempre es nueva, incluso en su pasado.
La escuela me enseñó poco, o nada, sobre lo básico de la vida, tal como la importancia de la conciencia para remontar el surco anónimo del arado hipotecado por el libre comercio, y para deshacer el nudo ciego del alambre de púas sin pensar en la herida.
Aunque la conclusión parece un delirio surrealista, una extravagancia metafísica, un desliz escatológico, les aseguro que es una cuestión que, de tan realista y viva, pisa el terreno del realismo de lo perverso.
De niño estudié Naturales y Sociales, pero, no aprendí nada de los temas que le darían forma a mi espíritu, a mi condición de ser, un ser humano digno, libre, solidario.
Lo que no me enseñó la escuela tuve que aprenderlo en la calle y el cerro; en los regaños de mi abuela y los gestos cómplices de mi madre; en los rezos instintivos de mi hermana mayor… en la cárcel.
Hoy, tantos años después, en medio de un alud de basura oral y fraudes -paridos por los políticos a su imagen y semejanza- las dudas que no solté desde mi pupitre de niño inquieto (aquel viejo mueble que escondía, en sus cicatrices cardíacas, mi amor por la niña linda de pelo negro y palabras blancas, y sobre el que me empinaba para vigiar al lucero más remoto de la tarde) se juntan con los conocimientos que memoricé, uno a uno, esos que no me han servido de nada para entender la fórmula venenosa que usan los políticos para que el mismo discurso -recitado en todas las elecciones- luzca nuevo y sea comprado por el mismo montón de incautos como si fuera la última novedad ultramarina. Esto tiene que ver con la conciencia social, y ésta no se estudia en ningún grado.
Aprendí sobre el esqueleto. Que mi cuerpo iba a dejar de crecer a los veintiún años, siempre que contara con el calcio necesario y con Sábados de Gloria.
Aprendí que cuando una persona envejece sus huesos se descalcifican y, por eso, se vuelven quebradizos y parabólicos.
Lo que no me explicó la escuela fue por qué la espalda de mi madre, aún siendo joven, volvía encorvada del trabajo; no me enseñó cómo mantener el esqueleto erguido ante la amenaza de ser esclavizado; no me explicó qué es lo que se necesita comer para que el espíritu siga creciendo durante toda la vida, hasta alcanzar el cielo con las alas etéreas de Espino.
No me supo explicar por qué muchos, aun sin estar descalcificados, tienen una espalda quebradiza que se dobla ante cualquiera.
Aprendí sobre el Sistema Muscular. Conocí, por las tarjetas de los álbumes, los músculos de fibra estriada, esos que forman músculos esqueléticos (los que comúnmente llamamos carne).
Supe que es el músculo cardíaco el que forma las paredes del corazón, esa máquina mágica que tiene un movimiento rítmico y constante precisamente porque la función principal de los músculos es producir movimiento.
Pero, en la escuela no aprendí -ella no lo quiso- a moverme al compás de la vida para no ser sorprendido por sus virajes y por los espejismos de los charlatanes historiográficos; no aprendí a producir movimiento en mi conciencia, a tal punto que, sin darme cuenta, me he quedado parado -viendo desde lejos- la lucha de los otros por impedir la privatización del agua, como si ese no fuera problema mío; no me explicó cómo el corazón de mi bisabuela era capaz de hechizar el canasto con que se ganaba la vida y era capaz de encender milagros.
*(Coordinador General del M-PROUES)
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