Archivo     |   Búsqueda

DiarioCoLatino.com
El Salvador, Jueves 24 de Mayo de 2012
Última actualización : 23/09:02 h.

Miércoles, 27 de Febrero de 2008 / 10:38 h

Democracia y teoría política (2)

  Versión para Imprimir

René Martínez Pineda

Si por tiranía se entiende: “uso excesivo de autoridad (leyes que tratan de forma desigual según posición económica; licitaciones ilícitas; argucias legislativas y financieras que quedan impunes; depredación deliberada de la educación al amputarle las ciencias sociales); fuerza (uso instintivo de antimotines y del terrorismo de Estado); superioridad (amenazar con el desempleo; tomar medidas nacionales sin consultar a la nación); o injusticia social (privatizar servicios básicos)”; y por totalitarismo: “régimen político no democrático (la democracia tiene que existir primero en lo económico para que tenga sentido en lo político) en el que los poderes ejecutivo, legislativo y judicial están concentrados (son manejados arbitrariamente) en un exiguo número de dirigentes que subordinan -secuestrando su independencia- los derechos de la gente a la razón de Estado”, entonces, la historia salvadoreña ha demostrado que la población puede vivir inmersa en la tiranía y el totalitarismo, sin saberlo, porque ha sustituido la cultura política con el sentido de la tradición y, sobre esa premisa, la teoría política en el capitalismo es construida sobre los intereses del capitalista, en tanto hombre específico, a costa de los intereses del trabajador, que coexisten en una realidad continental en la que más injustamente se distribuye la riqueza a nivel planetario, lo que debería hacer materialmente imposible el solo pensar en posiciones políticas de centro o moderadas.

En este sentido, debemos hablar de la tradición de los eternos oprimidos, de los despreciados, de los olvidados, que a fuerza de golpes han aprendido que la regla es vivir en un estado de emergencia-urgencia.

En ese caso, estamos frente a la tradición en que llegó a convertirse el militarismo hasta ser cultura (en tanto guarda el resultado presente-pasado de la conducta como un objeto vivo), o sea, un comportamiento al que se le confiere algún sentido práctico, significativo y valioso, aunque sea suicida.. ¡Aaah, en los tiempos de mi general Martínez!

Las personas pueden, incluso, llegar a tutear a la tiranía llamándola “mi democracia”, y hacerle el bendito –vestidas con sus mejores ropas, yendo y viniendo en carros de alquiler- en las urnas, de cuando en cuando, sin sospechar-sopesar que ese comportamiento, aparentemente cívico, es una acción no democrática y escatológica, pues la gente, pensando que actúa correctamente, usa medios contradictorios sin considerar que sean irracionales, tal como el sustituir la crítica de clase al Estado con utopías democráticas, dentro de las que caen, por cierto, “la búsqueda de un capitalismo más humano o light”, “la construcción de un Estado imparcial” y “la promoción de una sociedad sin lucha de clases”, lo cual llega a convertirse en un defecto intrínseco del pueblo y sus instrumentos de lucha, más que en un triunfo de la clase dominante, ya que, por un lado, el interés se centra en las reglas del juego, no en el juego, y, por otro, el discurso florido eclipsa a la verdad, olvidando que, salvo el poder sostenido en la cultura política, todo lo demás es ilusión o falacia.

Los gobiernos pueden, por su lado, izar la bandera de la libertad y, acto seguido, coartar la libertad política y de expresión (o hacer que la gente renuncie a ella), como cuando se difunde la amenaza de la “huída del capital si las elecciones no le favorecen a la burguesía”, lanzando al retrete la supuesta alternabilidad en el poder; los gobiernos pueden, además, justificar y hacer que la gente aplauda las detenciones abusivas y el masoquismo social, usando leyes que llevan como dedicatoria acabar con la protesta social (caso de Suchitoto) y minimizar la dignidad; la sociedad como conjunto puede, entonces, soportar todo eso y mucho más (que la burguesía, pongamos por caso, hable de solidaridad social después de haber privatizado las pensiones), porque los comportamientos tiránicos llegan a ser vistos como “normales”, así como llega a ser visto como “normal” que los ricos luchen contra los pobres, pero no los pobres contra los ricos (eso es pecado), siendo el síntoma de ello cuando los partidos opositores hacen suyas -concientemente o no- tales conductas antidemocráticas, o cuando su dispersión no representa “una alternativa de clase”, debido a que resulta ideológicamente inadmisible hacer una política revolucionaria independiente de los pobres y la verdad.

No recuerdo bien si fue Sartre, el Quijote o el Chapulín Colorado el que señaló que “un sistema se convierte en tiranía cuando en su seno aparecen –sin la debida autorización- grupos sociales que lo cuestionan, es decir, grupos que luchan -con la premisa de la liberación nacional y la construcción de la democracia bajo el brazo- por otro horizonte histórico, y su solo surgimiento es motivo suficiente para que se les considere como enemigos de la sociedad (se habla del conjunto cual ente homogéneo); como resentidos sociales, o sea como “anormales” dentro de la “normalidad” de la tiranía, que es concebida por muchos como “una realidad no trágica”, en tanto que no es una tragedia para ellos que se privaticen, por ejemplo, los servicios públicos, pero si lo es que los diputados se suban el salario o que la selección nacional de fútbol no clasifique al próximo mundial.

Es en tales coyunturas que surgen los tiranos y dictadores.

Significa, entonces, que dentro del totalitarismo tiránico se trata a las clases sociales empobrecidas como “males necesarios” que si, impertinentes, se atreven a invadir el espacio privado de la burguesía para hablar con ella de “tú a tú” sobre la base de compromisos entre sí (aun sobre la base del compromiso con su dios) sufrirán persecución y muerte, ya que eso es sinónimo de perversión cultural y de pudrición de “su” democracia y “sus” valores.

De hecho, cualquier tipo de compromiso redactado fuera del interés de la burguesía es considerado por ésta como un obstáculo a su hegemonía (o a su dominación) que sólo puede ser resuelto mediante la represión y presión sobre las masas, o a través de la cooptación de los partidos de oposición, ya sea de forma directa (negociaciones nubladas) o indirecta (convenciéndolos de dispersar –con la excusa de la despolarización del hacer y pensar político- los votos).


* renemartezpi@hotmail.com

  Versión para Imprimir


Opiniones

27/12:59 | No mienta, Lafitte  Elder Gómez

27/10:38 | Minería metálica: El espeluznante proyecto de ley de Pacific Rim*  

27/10:38 | Política nacional de protección al consumidor  Dr. Jorge Efraín Campos



publicidad