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El Salvador, Miércoles 23 de Mayo de 2012
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Miércoles, 30 de Enero de 2008 / 10:10 h

La cárcel: cartografía enajenante (2)

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René Martínez Pineda*

Ah, la cárcel; ah, la vida!!! ríos sucios, caudalosos e insondables en los que si uno se sumerge para conocerlas, íntimamente, termina ahogado o hediondo.

La cárcel es una cartografía enajenada-enajenante que (con insultos recurrentes y agrios, como forma de denigración y minimización de la resistencia ideológica; como recordatorio de la posición de clase que se tiene) delimita lo que podemos pensar y hacer, y define hasta dónde podemos ir... Con la autoridad no se juega, pendejo... niños, repitan conmigo: dos y dos son cuatro; el abecedario empieza con la letra “a”; mierda es una mala palabra.

La cárcel, entonces, es producto e insumo del sistema, es amenaza y realidad de la cotidianidad (residencial con vigilancia privada las 24 horas, últimas viviendas disponibles) y forma parte de una situación social basada en la desigualdad económica y política, y es, también, la estrategia hegemónica para impedir que las personas –esas que deberían trabajar al menos cuatro años (sin descanso ni descuentos) para ganar el salario mensual que se quisieron recetar algunos diputados- hagan comparaciones económicas... unos resentidos sociales!!! Eso es lo que son ustedes, hijos de puta, unos resentidos; pero aquí los vamos a componer.

Por eso es que la cárcel es una realidad opresiva, violenta, selectiva, insalvable, ubicua, y se constituye (y es constituida) como violencia en sí misma, como símbolo de diferenciación social en sí, y como tal constituye un espacio violento que da lugar a relaciones violentas y a una existencia igualmente violenta que se convierte en el mejor método de control social... aquí hasta los más machos han cantando, cabroncito.

Dónde esconden las armas. Dónde están las casas de seguridad. Cuál es tu pseudónimo... y jamás lo supieron, compa, porque los pactos de conciencia son pactos de honor... denle un tiro en la cabeza y aviéntenlo en un basurero.

En este sentido, la cárcel -como cartografía alienada y alienante que va más allá de sus muros y protocolos... te vamos a tener vigilado siempre, a vos y a tus muertos- es un lugar donde la cotidianidad se manifiesta y se da con base en la violencia hasta marcar nuestras vidas... esta cicatriz es de las torturas, mamá, me la dejaron para que no me olvidara de ella... pues, la violencia se expresa con toda su crudeza cartográfica en lo cotidiano, tanto en el ir al mercado a comprar basura para convertirla en un manjar indecible, como en las relaciones familiares mediadas por la televisión y en el desprestigiar a los demás –desde la seguridad del anonimato, desde la debilidad de la difamación susurrada o desde el coraje de los tragos bohemios... tráigame otro “flor de caña” para agarrar valor- para obtener ventajas y para ganar adeptos, y eso hace que los días sean tan apáticos como rutinarios... aquí vas a pasar el resto de tus días, maricón, nunca más vas a volver a caminar por las calles... y así soporté el encierro, compa, mordiendo la soledad por las noches; viendo pasar los días como pericos nostálgicos, deshojando sus diminutas alas como si fueran pétalos; aprendiendo a ser un hombre de una vez por todas; y eso hace que los días sean siempre el mismo día y la misma palabra mágica... cadena, caja, cárcel, caverna, celda, centinela, clase, claustro, cementerio, convento, cárcel... martes.

Así, tanto en la cárcel como en el mesón, tanto en la ignorancia como en la erudición, la cotidianidad se vuelve el obstáculo insalvable... y a vos qué te importa que los demás no se harten, mirá adónde te ha traído tu conciencia social; es el enemigo a vencer por parte del sujeto activo, leal, pensante, autónomo, porque el sujeto se ve obligado a vivir bajo una cotidianidad que, por ser ajena y extraña, lo destruye inmisericorde y cotidianamente, y que –de vencer- lo denigrará hasta convertirlo en un sujeto acrítico, mezquino, robotizado, manipulable, capaz de hacer cualquier cosa con tal de obtener algún beneficio, por pírrico que sea, no importa el nivel de estudio que posea ni la capacidad intelectual que crea tener.

Lo anterior significa que la cárcel es un espacio físico y un patio ideológico; es un tipo específico de arquitectura y un tipo general de modelo de pensamiento que está construido de muros, rejas, vigilantes, horarios, reglas, procedimientos y tabúes separados de la sociedad (en apariencia) precisamente para que la sociedad pueda separar a una inmensa mayoría de los beneficios socioeconómicos que está en la capacidad de brindar.

Pero, como toda construcción arquitectónica, como toda obra de ingeniería civil (o mental) la cárcel tiene una función específica, una finalidad claramente dada, aunque no explícita: está hecha para cosificar y enajenar al más alto nivel a la gente (convertirla en número), y para poder cumplir con tal función su propia estructura tiene que ser enajenante.

La cárcel, entonces, no está construida para ser apreciada estéticamente ni para impedir delitos -aunque se pueda hacerlo y pueda hacerlo- sino que, al igual que los cinturones de miseria y la política, está construida para destruir física, moral y mentalmente a los hombres, pues, de esa forma les impide trascenderla, les impide emigrar de la vecindad del ahogo.

Por tal razón, la cartografía enajenada que es la cárcel, no sólo limita la libertad física (el ir y venir; el hacer y deshacer; el hablar o callar) sino que también limita la libertad de pensamiento y expresión; la libertad de soñar con los pies en la tierra e imaginar; la libertad de crear y de construir sin reglas dadas; la libertad de criticar e, incluso, la libertad de desarrollar los sentidos y humanizar la teoría científica, porque la cárcel está hecha para todos: los que están dentro y los que están fuera, y, sin temor a equivocarme, diría que está más en función de los de afuera... Cuándo me sacarán de aquí. Y eso qué importa ahora.

* renemartezpi@hotmail.com

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