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El Salvador, Domingo 12 de Febrero de 2012
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Viernes, 18 de Enero de 2008 / 17:15 h

La educación ambiental

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Por Néstor Martínez
Editor Suplemento Eco-Lógico

“No estamos solos”, es una frase que nos hace pensar en los extraterrestres, incluso nos eriza la piel la posibilidad que más allá del planeta Tierra pueda haber vida. Entonces nos imaginamos seres “a imagen y semejanza” de los humanos: dos ojos donde deben estar, nariz, boca, dos brazos, dos piernas… esto es porque no tenemos dentro de nuestro cerebro otro tipo de imagen. Nos es imposible concebir la vida diferente de nosotros. Somos los reyes de la creación.

Que “no estamos solos”, es una gran verdad pero aún no descubierta, o mejor dicho: queremos tratar con seres vivos similares a nosotros, y estamos pasando de largo que nuestro planeta Tierra tiene miles y miles, si no millones, de formas de vida, que no sólo mantienen nuestro planeta habitable, sino que sus procesos o los resultados de esos procesos son explotados para que los humanos puedan vivir.

¿Por qué pensamos en la vida fuera de nuestro planeta y no en la vida que nos rodea y nos beneficia?

La humanidad ha llegado a la luna, explorado los confines del universo, tiene computadoras, desarrolla alta tecnología, la ciencia nos asombra por sus descubrimientos, las comunicaciones son más abiertas y sin restricciones, el conocimiento se difunde… pareciera que la humanidad vive un pináculo de su existencia. Pero la realidad es otra.

Debajo de la idílica visión de un planeta azul y próspero está la costra de un planeta que destruimos poco a poco: millones de humanos sin agua, sin alimento, viviendo con menos de un dólar por día, pandemias, basura que llena cuanto espacio encuentra, guerras, contaminación, pérdida de selvas y bosques, especies en extinción, deshumanización, en fin, degradación en todo sentido…

Reza un dicho popular que mientras más alto se llega es más grande el golpe de la caída.

Es innegable que los humanos, al menos tienen el mínimo conocimiento de lo que está sucediendo a su alrededor, pero no actúa, pareciera que, además de la vulnerabilidad física, tiene vulnerabilidad mental. Está paralizado. ¿Qué lo paraliza? ¿Qué le impide ver la crisis? ¿Por qué actúa en contra de lo que debería ser una “práctica ambiental” para mejorar su vida?

Entonces es válido preguntarnos ¿en qué ha fracasado la educación ambiental? o volver al principio: ¿qué es educación ambiental? ¿a quienes debe dirigirse?

En países altamente deteriorados en su medio ambiente, sin posibilidad de que a corto plazo reviertan sus problemas, es más que evidente el fracaso de la educación ambiental. Estos países están caracterizados por alta corrupción, falta de democracia, alta tasa de pobreza, niveles bajos en educación, salud, serios problemas sociales, alta polaridad política, fuerte migración tanto hacia los grandes centros urbanos como al extranjero, economía dependiente, políticos y empresarios inescrupulosos, alto índice de criminalidad, poco o ningún respeto por la ley.

En ese ambiente, típico de países subdesarrollados, los problemas ambientales pasan a segundo plano, y en parte podrían explicar el fracaso de la educación ambiental y por tanto de las políticas ambientales, si es que existen.

Pero la educación ambiental tiene otro fracaso: el enfoque.

En los centros escolares es común ver carteles con frases como estas: “Amemos la Naturaleza”, “Cuidemos la Naturaleza” o “Protejamos la Naturaleza”. Incluso los funcionarios la repiten, los maestros y los educadores ambientales.

Dichas frases son el reflejo de que el enfoque de la educación ambiental está equivocado.

Cuando los seres humanos “aman”, “cuidan” o “protegen”, esperan una retribución similar, pero dentro de la Naturaleza esos conceptos humanos no existen, sencillamente porque cualquier manifestación de la cultura humana es antinatural.

Cuando el hombre primitivo tomó una piedra para convertirla en herramienta, empezó a alejarse de los procesos Naturales.

La cultura, en término generales, es algo que no existe en la Naturaleza.

En los momentos actuales el objetivo del ser humano es el bienestar, no importa cómo lo obtenga ni los costos en que incurra para lograrlo, aunque para ello tenga que arrasar el planeta.

Contrario al objetivo del ser humano, todos los procesos naturales tiene otro objetivo: la vida.

Así, cualquier acción que se denomine educación ambiental, debe tener como prioridad el enfoque de la vida en la Naturaleza y este compatibilizarlo con el bienestar humano. De esta manera se están uniendo dos intereses que por el momento parecen incompatibles.

Esto significa que el ser humano debe despojarse de su petulancia como ser de evolución acabada, y entender lo que son los procesos en la Naturaleza. Volver a unirse al objetivo de la vida.

La educación ambiental es, en la actualidad, tratada como parte de un pensum, con metodología similar a la enseñanza de la matemática o de cualquier otra materia. Es decir, se tiene un tema, como el agua, y a partir de allí se desarrolla el programa. Es una materia más, que en términos políticos, forma parte de la agenda gubernamental. La vida se deja de lado.

No es raro, entonces, que la población, rica o pobre, piense en el bienestar individual en términos materiales y espirituales.

El aire y el agua no son bienestar. Y si estos elementos indispensables para la vida humana no son bienestar, tampoco lo son las plantas, los animales, mucho menos los microbios, los minerales y las rocas, y más lejos la luz solar y los vientos.

La vida y todo aquello que la sostiene no es importante, aunque mantenga la nuestra.

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