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El Salvador, Miércoles 23 de Mayo de 2012
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Martes, 15 de Enero de 2008 / 10:47 h

El uso de Dios

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José Humberto Velásquez

De un tiempo a esta parte se ha modificado el lenguaje de los políticos salvadoreños; no en cuanto a sus promesas o comentarios de la realidad nacional o contenido de sus declaraciones, sino en lo concerniente a su religiosidad.

Siempre que hablan en público dan “gracias a Dios” por lo que dicen o hacen, en lo que prometen ponen antes el “primero Dios”, cuando se despiden invocan su protección con el “que Dios los bendiga.”

A veces no se distingue quién es más fervoroso, si el señor Presidente o el señor Arzobispo.

Visto el fenómeno espontáneamente pareciera que es una buena señal, pues la religiosidad ha sido casi siempre sinónimo de espiritualidad, de interés por negocios superiores que van más allá de lo simplemente material e inmediato; sin embargo, cuando se analiza críticamente, a la luz de los hechos diarios, se cae en la cuenta de que se trata de una estrategia política partidista.

Uno de esos hechos se dio con un presidente de la República que terminaba sus mensajes con un “Que Dios los bendiga”; pero al dios que se encomendaba en lo personal no es el dios del pueblo salvadoreño, pues él es “saibaboso”, ya que milita en la feligresía de Sai Baba, el dios hindú -a cuya presencia peregrina cada año para renovar su credo.

Es claro que una estrategia se dá en un proceso que persigue una meta, en este caso política.

Se trata de atraer a los futuros votantes dándoles la confianza que surge entre cofrades -cofrades son los hermanos en la fe.

Es de sentido común que a la hora de elegir gobernantes de cualquier nivel elija a quien me ofrece proyectos que me convienen y que, además, comulga con mis ideas y principios.

Y como el salvadoreño es en su mayoría muy religioso quienes aspiran a sus votos tienen que ser, o fingir que son, muy creyentes de Dios y devotos. Este es el caso.

Por experiencia sabemos que, con rarísimas excepciones, los políticos salvadoreños tienden a la irreligiosidad, inclusive aquellos cuyos partidos políticos se califican oficialmente “cristianos”; es fácil comprobarlo observando su quehacer diario y los intereses que defienden.

De modo que el uso constante de oraciones y jaculatorias, la asistencia a actos litúrgicos públicos, no es más que el uso político de lo religioso.

En una palabra, el uso de Dios -actitud éticamente inadmisible.

En términos éticos, en el universo sólo hay dos clases de entes: Cosas y personas.

Cosa es todo lo que está ahí, corporal o espiritual, natural o artificial; su esencia consiste en ser usada, en “servir para”; es decir, su esencia está fuera de ella.

En cambio la persona es un fin en sí misma, no es un medio y, por ello, es la única dignidad posible y la máxima dignidad alcanzable; por eso los creyentes conciben a Dios como una persona superior, divina.

Una de la diferencias substanciales entre cosas y personas es que las cosas se usan, pero no así las personas: usar a una persona es cosificaría, que es la peor humillación que se le puede inferir, reducirla a cosa.

Esto es lo que hacen los políticos que ante el pueblo quieren hacerse pasar por devotos creyentes, que fingen una religiosidad que no viven.

Y esto si es preocupante por cuanto constituye un indicador de hasta dónde son capaces de llegar con tal de alcanzar sus propósitos personales y partidistas. Y aquí no estamos especulando.

El uso de Dios en la política no es nuevo. Recuérdese el origen histórico de la frase “París bien vafe una misa”; es entre nosotros que es nuevo, pues es una práctica comenzada no hace muchos años, que hasta ahora se vuelve notoria.

En resumen, la religiosidad exhibida por actuales políticos salvadoreños no es sincera ni auténtica; es sólo producto de los consejos de sus “asesores de imagen”.

Su propósito es, pues, sencillamente electorero. “¡Qué Dios salve a los salvadoreños!”.

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