Eduardo Badía Serra
Yo decía, en mi columna anterior, que para un poco darle visos de realidad a los buenos propósitos y a las buenas intenciones manifestadas durante el fin de año, y renovar la esperanza y la fe en el pueblo, sería bueno que se dieran algunos cambios en las instituciones políticas, en los funcionarios públicos, en los medios de comunicación social, y en el pueblo mismo.
Manifestaciones concretas, por parte de ellos, de que sus buenas intenciones y sus buenos deseos de servir a la patria se están volviendo realidades, renovarían esos valores, y serían un buen comienzo para un año que se vislumbra difícil, tanto por la desesperante situación del país en todos sus aspectos, como por el entorno eleccionario que le acompañará durante el año.
Pero, ¿Qué vamos viendo en estos primeros días de enero? Pues, todo lo contrario, signos desalentadores, muestras aflictivas de lo que vendrá.
¿Qué nos han ofrecido los políticos y los medios? ¿Ha cambiado el pueblo su pasividad, rayan ya no tanto en un estoicismo extremo sino en un conformismo total? Pues fíjese usted, estimado lector de Co Latino:
La ¿honorable? corte suprema de justicia, (así con minúsculas), inaugura su año con un dictamen que llena de vergüenza hasta al más tranquilo de los ciudadanos: Legitima la elección del magistrado Moreno Niños en el órgano supremo electoral, (también así, con minúsculas), y cohonesta, ¡la corte suprema de justicia!, un acto que además de ilegal, es ilegítimo y por lo tanto inmoral.
La organización de estados americanos, (de nuevo, con minúsculas), declara que el padrón electoral es confiable ¡en un 95 %!, con lo cual da un espaldarazo a un organismo rechazado por la inmensa mayoría de salvadoreños y cuestionado de forma múltiple y repetida en su constitución y en su acción, y además, lo hace en un momento impropio, haciéndole así al partido en el poder y sus partidos adláteres, un penoso y sucio servicio.
El presidente de la República, (minúsculas, de nuevo), siempre en campaña como presidente de su partido, olvidando la enorme carga de promesas incumplidas que deberían demandarle todo su tiempo y todo su esfuerzo, y acompañando a la numerosa corte de precandidatos miembros de su gabinete y de su partido en sus aspiraciones.
Y, por otro lado, el panorama de siempre: Los precios de los combustibles subiendo desaforadamente, buses viejos circulando sin tarjeta y sin autorización e irrespetando a diestra y siniestra las leyes de tránsito sin que nadie sea capaz de ponerlos en orden, los medios de comunicación prestándose a un espectáculo político con programas, columnas periodísticas y noticias que lejos de orientar a la población la confunden, el eufémico centro histórico dando como siempre muestras de ser un Macondo moderno con sus lumpenrealidad de ventas ambulantes y de basura regada por todas las calles y aceras, ……, etc., etc.
¿Cómo entonces tener esperanza?¿Cómo entonces tener fe? ¿Cómo entonces ser, como dicen los que nada necesitan, positivo? ¿Cómo tener paciencia, como también piden los mismos? ¡Difícil! ¡Verdaderamente difícil! Si los políticos, los funcionarios, los medios de comunicación social, no son capaces de dar señales básicas, pequeñas, de un cambio positivo, ¿Cómo pedirle al pueblo fe y esperanza, paciencia y prudencia, espíritu positivo, y confianza, abatido, como está, por la desesperación y la angustia? ¡Difícil! ¡Verdaderamente difícil!
Yo he pedido una muestra de buena voluntad a dos estamentos nacionales que tienen una alta capacidad de orientación y decisión en el accionar del país, los políticos y los medios, los que gobiernan y administran la cosa pública, y los que gobiernan y orientan la opinión pública; un cambio pequeño, perfectamente posible, para nada un gran sacrificio.
Pero aparentemente ni eso están dispuestos a hacer.
Todo sigue igual.
Muy difícil entonces que esa esperanza y esa fe reclamadas durante el fin de año se conviertan, como he dicho, de un simple y utópico concreto pensado en un positivo y valioso concreto real.
El problema, considero, reside en que estos dos estamentos no han logrado comprender que mientras no se ordenen correctamente y como corresponde los planos estructurales de la realidad humana, un progreso ordenado, justo, armónico y rico en valores no será posible dentro de ninguna sociedad.
Estos planos siguen un orden de prioridades riguroso y formal: El plano cultural en primer orden, esto es, el plano de las creencias fácticas, en qué cosas reales e ideales se cree o no, el plano de los valores, de la ética y de la moral, de lo simbólico y de los significados; este es el plano de mayor jerarquía.
Luego, el plano de la participación, el de los actores, los status y los roles, el plano de la familia. Sólo entonces y después, el plano político.
Y finalmente, el plano económico. Sólo así ordenados los planos estructurales del hombre, los pueblos pueden ser auténticos y vivir en paz. Invertir ese orden jerárquico es entrar en formas alienantes de la sociedad y admitir de alguna manera la posibilidad de conformar modelos sociales de so juzgamiento y dependencia; es convertirse, como decía Ortega, en pueblos perversos.
El orden es, entonces: El plano de la cultura, el plano de la participación, el plano político y finalmente, el plano económico; esto es, sociedad, familia, estado y economía, en ese orden, no en otro. Los dos primeros, fines de la sociedad; los dos últimos, medios para lograrlos.
Si esto no se entiende, lo demás no es posible.
Pedirle a los políticos, a los gobernantes, a los funcionarios, a los medios de comunicación, que cambien positivamente y se coloquen al servicio del pueblo, sin que ellos entiendan y acepten que deben ordenar sus propios planos estructurales, es cosa casi imposible de lograr.
Y esto es lo que yo he hecho, ilusamente probablemente. ¿Qué le queda al pueblo? ¿Resignación? ¿Paciencia? ¡Por supuesto que no! ¡Acción, reclamo, lucha por sus derechos! ¡Porque para lograr la madre de todos los cambios, no hay que olvidar que hay que dar también la madre de todas las batallas!
Por eso, yo digo:
Pueblo, ¡Cuidado con los cantos de sirena!
Pueblo, ¡Levántate y anda!
Pueblo, ¡No votes! ¡Elije!
¿De política? ¡Noooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo!
¿Para qué?
De estas, y de otras cosas, seguiremos hablando, si Diario Co Latino me lo permite.



