Faustino Chávez, derecha, ahora es el presidente de la ADESCO del Izotaliyo, su misión es gestionar por el bienestar de sus vecinos. Foto: Beatriz Menívar
Daniel Trujillo
Redacción Diario Co Latino
Parado detrás de una cerca contempla los cerros de Chalatenango que envuelven al caserío “El Izotaliyo”, cerros que sirvieron de refugio para él y muchas familias de las granadas que lanzaba el ejército durante el conflicto armado de los años 80 del siglo pasado, durante la guerra civil.
La incertidumbre en la que vivía Faustino Chávez, durante 1980 y 1981, era “grande”, ya que los soldados del ejército no respetaban hora o día para atacar con granadas las supuestas “bases guerrilleras” que se ubicaban en ese caserío del municipio de San Francisco Morazán, al noreste de Chalatenango.
En un principio, el ataque del ejército hacia los pobladores de “El Izotaliyo” era con esos referidos artefactos explosivos.
Luego, los “invadían” para cortar sus siembras de café y maíz, con el propósito de “matarlos lentamente” de hambre.
Y don Faustino lo reconoce abiertamente: “Con eso el ejército nos quería matar a todos de hambre… y lastimosamente muchos amigos y familiares míos murieron”.
En 1981, este agricultor y ahora padre de familia tenía 22 años y no sabía porqué los soldados los atacaban con tanto “odio”. Y tanto él como las 30 familias que conformaban “El Izotaliyo” se cansaron de tanta “bomba” y se fueron al exilio en la frontera con Honduras.
“Ya no teníamos milpa ni dinero, entonces, decidimos irnos porque nos podían matar”, dijo este agricultor.
Pero, don Faustino no soportó la injusticia con la que actuaba el ejército, entonces decidió tomar armas para luchar por una sociedad más justa, solidaria y equitativa.
El conflicto armado en el país inició en 1980, y culminó el 16 de enero de 1992 con la firma de los Acuerdos de Paz en el castillo de Chapultepec, México.
Durante esos doce años de “balas y bombas” se cometieron un sin fin de violaciones a los Derechos Humanos, así como también crímenes de lesa humanidad.
Las masacres hacia poblaciones humildes e inocentes que no tenían participación alguna con la guerrilla- por miembros del ejército son muchas, como por ejemplo: la del caserío El Mozote, El río Sumpul, La Quesera, El Cerro Pando, Los Toriles, Flor Amarilla, entre otras.
Cuando las 30 familias de “El Izotaliyo” se asentaron en “El Chupadero” (lugar a 100 metros de la frontera con Honduras) don Faustino tomó las armas y luchó en las filas de la guerrilla durante cuatro años (1981 hasta 1985).
Pero, no solo él tomó esa decisión, también varios amigos suyos del caserío lo acompañaron en la lucha armada.
Durante esos cuatro años don Faustino luchó en los cerros de Chalatenango con el propósito de proteger también a las familias que se refugiaban en “El Chupadero”.
Relata que habían días que pasaba tirado en el “monte” para que los soldados del ejército no lo detectaran y mataran posteriormente.
Antonio Recinos es un ejemplo de superación al convivir con su discapacidad. Foto: Beatriz Menjívar
“Aguantaba hambre, lluvia, frío y no me movía para cuando estaba escondido porque sólo así no me atrapaban”, relató.
Cansado de la guerra se fue a “El Chupadero” con su familia, porque presentía que la perdería.
Decidió refugiarse y cultivar otra vez la tierra, a la espera de una paz que llegó en 1992.
La pérdida de una madre
Sin duda alguna “El Izotaliyo” fue un caserío muy afectado por el conflicto armado y don Antonio Recinos Chávez, también es reflejo de ello.
Él apenas era un niño cuando el conflicto armado comenzó. Con apenas cuatro años, don Antonio tuvo que hacer “guinda” con su madre para sobrevivir de la violencia del ejército.
Camino a “El Chupadero” los interceptaron unos soldados, quienes asesinaron a su madre sin mediar palabra alguna. Estupefacto cayó al suelo al ver el cuerpo de su madre sin vida y ensangrentado.
“Me zamparon un balazo a mí y quedé en el suelo.
Los soldados pensaron que ya me habían matado, pero sólo estaba inconsciente.
Al rato mi papá me encontró y nos fuimos a un lugar en Chalatenango que se llama ‘El Cuevita’ en el municipio de Dulce Nombre de María, y nos escondimos”, recuerda.
Los doce años del conflicto armado para don Antonio fueron difíciles, porque tuvo que esconderse, correr y, sobre todo, recordar una y otra vez como fue asesinada su madre.
“Vivía con miedo, porque temía que el ejército nos fuera a bombardear otra vez o que nos fueran a matar”, manifestó.
Ahora, a sus 31 años de edad, don Antonio es padre de familia y cree que falta mucho para que en el país se tenga una “paz plena”.
La deuda
Después de la firma de los Acuerdos de Paz, 17 de las 30 familias que conforman el caserío “El Izotaliyo” regresaron a su lugar de origen.
Once años después el monte había crecido y las casas estaban destruidas, y más de alguna que había quedado en pie tenía agujeros, productos de las balas de los fusiles del ejército.
Tanto don Antonio como don Faustino creen que la mala distribución de la riqueza y el incumplimiento de las leyes es la “gran” deuda que se percibe a 16 años de la firma de los Acuerdos de Paz.
Ellos reconocen que la represión ya no es como la vivida hace más de veinte años, y que ya no hay explosiones ni balas que manchen de sangre la tierra de El Salvador.
Pero que la injusticia aún es perceptible en cada rincón del país. Prueba de ello es el alto costo de la vida, y la falta de oportunidades para obtener un trabajo digno. Tampoco dejan de mencionar que la delincuencia es un “mal” que impide que se viva en “paz social”.
Don Faustino, ahora presidente de la ADESCO de “El Izotaliyo”, dice que la paz social sólo se alcanzará hasta que las riquezas del país se distribuyan equitativamente.
Mientras que don Antonio dice que el gobierno le tiene que apostar más a la educación y salud para que se pueda vivir más dignamente y evitar el descontento de las mayorías, aspecto que provocó el conflicto armado en el país.



