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El Salvador, Miércoles 23 de Mayo de 2012
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Viernes, 16 de Noviembre de 2007 / 11:10 h

El Jardín de las Rosas: Memoria de los Mártires de la UCA

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Luis Romero Pineda

Antes era un simple jardín. Era el jardín de plantas. En realidad, no habían ni plantas, solo era la parte de grama de un jardín un poco más grande.

Reposaba a merced de la brisa que se paseaba en las instalaciones de la universidad y cedía ante los mimos de Obdulio, el jardinero. El espacio sin grandes plantas o adornos naturales parecía ser reservado para algo. Algo realmente trágico.

Sucedió en la época de la ofensiva final de la guerra civil salvadoreña.

El FMLN lanzó los ataques a la capital, llegando a ocupar la Colonia Escalón e incluso incursionaron por algunas residenciales militares, como lo fue la Colonia Arce en ese entonces, zona cercana a la UCA.

El gobierno ya tenía información de esta ofensiva pero aún así se le tomó por sorpresa. Alrededor de 2000 combatientes se introdujeron de incógnito en la capital e iniciaron los combates el 11 de Noviembre de 1989.

El Estado Mayor Conjunto se reunía repetidas veces, tratando de descifrar el avance de la guerrilla y planeaban la forma de poder contrarrestar esta nueva modalidad de ataque insurgente.

Imagino que se habrán dado cuenta que las atroces masacres cometidas en las zonas rurales del país, condenando a la muerte a miles de inocentes, no servirían en esta ocasión.

Pero las fuerzas represoras del país ya tenían mucha experiencia en el campo de la violación de derechos humanos. Podría mencionar un par: el Sumpul y el Mozote.

En ésta última, se había puesto en práctica la táctica contrainsurgente “quitarle el agua al pez” dada a conocer por los asesores norteamericanos. ¿Qué podrían hacer esta vez? ¿Quién tendría que sucumbir ante los cañones ensangrentados para pasar a la oscuridad eterna y luego ser recordado como mártir?

Lo pensaron por siete días, empezando el 9 de ese mes. “Más sabe el diablo por viejo que por diablo”, dicen por ahí.

El catedrático Sajid Herrera, historiador y filósofo, explica que “la sociedad salvadoreña de los años ochenta, al igual que ahora, desgraciadamente, era una sociedad polarizada en donde o se estaba con un bando o se estaba con otro.

La población tuvo que pagar una factura muy fuerte. Los jesuitas ya estaban estigmatizados que eran los intelectuales de la izquierda. Fue precisamente esa actitud calenturienta y guerrerista (de los sectores de derecha) la que los llevó a la muerte”.

“¡Sería tan irracional que me matasen! No he hecho nada malo” respondía el sacerdote jesuita Ignacio Ellacuría en España cuando le preguntaron si no le temía a las amenazas que se le hacían de forma abierta en El Salvador.

(1) Al parecer, la Inteligencia del Gobierno creía que el sacerdote, supuestamente venido de España en una misión marxista-leninista como cerebro subversivo en Centroamérica, era el líder del FMLN.

El 13 de noviembre regresó de España, donde se le había entregado un premio a la UCA, y ya en El Salvador llegó a darse cuenta que los otros sacerdotes jesuitas se habían mudado a los cuartos detrás del centro Monseñor Romero, situado dentro del campus. Pero, ¿por qué se creía esto de Ellacu?

La Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, es una universidad dirigida por la Compañía de Jesús.

“Los jesuitas fuimos fundados en el siglo XVI con la idea de ser disponibles en los lugares con mayor necesidad en la Iglesia; por eso fuimos una orden muy misionera. Había que fortalecer la fe y el catolicismo; se volvió una orden educativa.

Luego del Concilio Vaticano II, que se pidió repensar algunas cosas, la Compañía de Jesús se puso como prioridad el servicio a la fe y la promoción de la justicia. Esos serían los rasgos del jesuita” explica José María Tojeira, S.J., actual rector de la UCA, quien era en ese momento el Superior de la Orden a nivel centroamericano y de los mártires.

El Padre Tojeira es una persona muy agradable que, cuando encuentra la ocasión, narra anécdotas muy simpáticas, impregnadas de un “realismo mágico” de sus años vividos en las zonas rurales hondureñas.

A la hora de hablar con él de temas más serios, su cara se ilumina y sus palabras son sabias. Vino a El Salvador en plena guerra civil y trabajó con Ellacu, Amando, Juan Ramón, Lolo, Segundo y Nacho, todos sacerdotes jesuitas. Según Tojeira, la muerte de sus compañeros fue “una decisión precipitada de absurda inhumanidad”.



¿Cuál era la posición de la UCA y de estas personas frente a la realidad de ese entonces? La criticidad siempre ha sido un rasgo de identidad en la universidad y proviene de ellos, tal vez (especialmente) de Ellacuría, quien era una persona muy crítica que creía que el conflicto solo tenía un desenlace positivo, que era el diálogo.

Creía que la desideologización era la única forma saludable de desarrollo para el país. Fue rector de la universidad por 10 años.

Criticaba las campañas del terror que llevaban a cabo las salidas de la fuerza armada hacia los sectores rurales de la capital.

Se preocupaba mucho por la migración que se daba hacia Honduras debido a la guerra, les escribía diciéndoles que eran parte importante del pueblo salvadoreño, alentándolos a seguir viviendo.

Segundo Montes se preocupó principalmente por los derechos humanos.

Fue el fundador del IDHUCA (Instituto de Derechos Humanos de la UCA) que, hasta el día de hoy, sigue investigando casos de violaciones de derechos humanos y ayuda a las víctimas de estos. Brindó ayuda a los refugiados y también se preocupó por el tema de las migraciones.

A Amando López se lo recuerda por bromista, fue una persona que quebró esquemas en el seminario de San José de la Montaña cuando fue rector; a esto me refiero que puso principal énfasis en promover los nuevos puntos de vista tomados por la Compañía de Jesús para los nuevos alumnos.

A Ignacio Martín-Baró le molestaba que los salvadoreños fuesen estudiados sin ser tomados en cuenta sus pensamientos; por eso fundó el IUDOP (Instituto Universitario de Opinión Pública) que reflejaba el malestar de las personas. Sabía acercarse a la personas y se le tenía mucha confianza puesto que siempre andaba con su guitarra, vestido de sonrisas.

Juan Ramón Moreno podía ocupar la computadora en los años ochenta, cosa que para muchos era impresionante. Su especialidad en el campo espiritual y su desenvolvimiento en la informática le hizo responsable del Centro Monseñor Romero y de la Biblioteca de Teología, donde recogió los mejores textos para utilizarlos en clases.

Todos, menos uno, eran españoles. Había un salvadoreño, el santaneco Joaquín López y López.

Con los padres Gondra e Idoate, fue de los fundadores de la UCA. Creía firmemente en la necesidad de la educación de las clases populares.

Por eso creó Fe y Alegría, instituciones educativas de niveles básico, superior y técnico.

Podría ser que lo mencionado anteriormente hayan sido los crímenes “subversivo-terroristas” cometidos por los “infiltrados del Kremlin” que tanto buscaban los militares salvadoreños.

De muchas personas que trabajaron con ellos, tuve la oportunidad de hablar con alguien que estuvo con todos. Héctor Samour es decano de la Universidad y es el encargado de la Maestría y Doctorado de Filosofía Iberoamericana.

En su oficina se escucha música clásica y, como otros catedráticos de la universidad, está totalmente rodeado de libros. Fue director de la YSAX en la época más difícil y recuerda a los mártires. “Yo entré aquí, a la universidad, en 1971.

Ya conocía a Segundo Montes del Externado (San José), aquí conocí a los demás, menos al padre Joaquín que ya lo conocía de Fe y Alegría.” Todos tenían una especialidad aparte de su formación jesuita.

Lo otro que tenían en común era que formaron un proyecto de una universidad distinta, una universidad de cambio social, que buscaba que su trabajo educativo e investigativo se reflejase en la sociedad.

La pasión que todos poseían en sus corazones era la de la solidaridad y la justicia. Samour asegura, con inflexibilidad en la voz, que la muerte de sus amigos fue algo que le impactó mucho.

Del 13 al 15 de Noviembre los militares salvadoreños del Batallón Atlacatl habían realizado cateos en la residencia de los jesuitas y en toda la universidad.

Los combatientes guerrilleros habían hecho volar un portón de la UCA y habían salido por otro lado, lo que creó descontento en las filas militares, las cuales creían que ahí se ocultaba personal, armas, o los planes de la ofensiva.

No encontraron nada; aún así, el entonces presidente Cristiani mencionó en un discurso que se había hallado armamento escondido en la UCA.

El ambiente era traicionero hacia los religiosos, como si fuera un crimen predicar y pedir la verdad.

No así los jesuitas; incluso, en la residencia jesuita, cuando entraron más de 100 militares del grupo de reacción inmediata a un cateo, se les sirvió una merienda mientras revisaban los cuartos (2).

En la UCA, entraron quebrando puertas, pero esta vez Nacho se ofreció a guiarlos por donde ellos quisieran con las llaves en la mano, en la oscuridad de la noche. Ellacuría, indignado, le pidió la identificación al superior pero éste se negó.

Los sacerdotes les ofrecieron que al día siguiente llegaran para revisar la universidad a la luz del día.

Hasta este momento, la institución había sido rodeada por policías y soldados que impedían la entrada.

Era 15 de Noviembre, el día del último cateo. Elba Ramos, esposa de Obdulio, mantenía el orden en los cuartos de la UCA y había llevado consigo a su hija, Celina., una estudiante de 16 años, de Santa Tecla.

No quisieron irse, solo Obdulio se rehusó a quedarse en los cuartos contiguos donde últimamente residían los jesuitas.

Los padres dormían en unos cuartos unidos por un pasillo que, en línea recta, conducía al jardín.

Al jardín tampoco se podía entrar, solo las personas que ya estaban adentro pasaban por ahí.

Era un pedazo insignificante del terreno al que nadie prestaba atención. Esa fue la última vez que se le vio de esa manera.

“Ellacu era la persona clave que andaban buscando.

Estos imbéciles, los que lo mataron, pensaban que Ellacu estaba detrás de todo.

Le llevaban hambre los militares y por eso lo mataron”, según Daniel Rivas, coordinador de Comunicación y Periodismo de la UCA.

Fue muy amigo de Amando y los considera a todos amigos y confidentes.

Tiene 30 años de estar en la universidad. Cree que es imposible que esta orden se haya dado en ausencia del conocimiento previo del primer presidente arenero y de los Estados Unidos. “Me tomó varios años asimilar su muerte”, afirma Rivas.

Efectivamente, retomando el tema de las reuniones del alto mando militar, Alfredo Cristiani estuvo presente en una reunión que se prolongó hasta las dos de la madrugada, horas antes de la masacre de los religiosos.

Según el coronel Ponce, unos 24 altos oficiales se reunieron también esa vez.

En esos días, le rezaban a Dios para que los iluminara (3). Cuando se decidió que era lo que iban a hacer, pidieron que quienes estaban en contra se manifestaran… nadie lo hizo.

Los tenientes Espinoza y Mendoza y el Coronel Benavides comentaban los detalles finales de la misión. Ésta era asesinar a Ellacuría y no dejar ningún testigo.

De los que recibieron la orden asesina, uno, curiosamente, se llamaba Inocente. Otro, había sido alumno del P. Montes en el Externado.

Con una AK-47 decomisada a la guerrilla, se mataría a los jesuitas, inculpando a los combatientes de izquierda.

Se fingió una escaramuza, entrando por el portón peatonal, tirando granadas por diferentes partes y disparando hacia las paredes. Ellacu les abrió la puerta y Nacho, Amando, Segundo y Juan Ramón los acompañaron a punta de cañón al pedazo del jardín donde no habían plantas.

Celina y Elba también habían sido llevadas hacia ahí. Mientras estuvieron tendidos todos en el suelo, se escuchaban rezos.

La sed de muerte de las bestias esclavas vestidas con uniforme militar obedeció ante la orden cobarde de un hombre que pronunció “¡Procedamos!”. Al huir los asesinos, bajo la luz de una bengala, Lolo salió de su escondite y un soldado que se quedó rezagado lo acribilló.

El batallón Atlacatl había hecho otra de las suyas.

Según un informe presentado al presidente, Ponce dio la orden, en presencia del Gral. Bustillo y otros militares todavía presentes en el gobierno, de asesinar a los sacerdotes. (4) La respuesta fueron juicios fantasmas, donde solamente Mendoza y Benavides resultaron culpables. “A algunos incluso los condecoraron luego de los Acuerdos de Paz” se lamenta el padre Tojeira.

Estudiantes universitarios de la UCA se manifiestan en contra de la impunidad vigente frente al caso jesuitas. Opinan que la impunidad es otro crimen más. Ahora, según el rector Tojeira, la universidad se esfuerza y cumple su trabajo de proyección social e inspiración cristiana, iniciada por los jesuitas. Eso les queda por hacer, eso y recordar.

Jorge y Diana, estudiantes de la UCA son guías en el Centro Monseñor Romero.

Jorge corre desde la capilla a la entrada para atender a nuevas personas.

Les muestra objetos que pertenecían a los ahora mártires y luego se paran frente al jardín que les construyó Obdulio a su hija, esposa y amigos colocando dos rosas blancas en medio y seis rojas alrededor.

Ahí se unen los dos grupos y ambos explican con calma la muerte de los mártires, a escasos metros del pasillo donde están los cuartos donde durmieron la última noche. A pocos centímetros del jardín de rosas que cuidaba Obdulio.

Obdulio murió cinco años después de pura depresión… Jorge y Diana explican eso y ayudan a refrescar la memoria histórica que, según Ellacuría, hacía falta en los salvadoreños.

¿Cómo se les debe de recordar? Como lo que fueron. Personas que luchaban a favor de la verdad, la esperanza, de la alegría y del cristianismo.

Como amigos que enseñaron a muchos y aprendieron de otros. Como mentores de la ética y profesores de la humildad.

Como altruistas sin fronteras y solidarios de corazón.

Como la mano de Dios que pasó por El Salvador, y pasó a ser mutilada, cercenada por bayonetas precisas de fabricación extranjera, ignorada por oídos sordos, ojos ciegos y mentes perversas… pero que muchos recordamos con cariño aún sin conocerlos.

Como un sacrificio, puesto que al igual que Jesús y Monseñor Romero, predicaron a favor de los desposeídos, de la justicia y de la fe. Como extranjeros de cuerpo pero hermanos compatriotas de obra y corazón. Es su vida y obra la que hace llorar a muchos y que arde en las manos de otros.

Ahora son memoria y son amor. Son ejemplo y son inspiración. Para todos los que trabajaron con ellos, son amigos y compañeros.

Para todos los que aprendieron directamente de ellos, son maestros; sabias personas que buscaban ayudar a todos los salvadoreños. Para los actuales alumnos de la UCA, son un baúl de recuerdos y enseñanzas invaluables que espera ser abierto para enseñarles y guiarles.

Pero para todos, esas personas que ofrecieron su vida a la sed de verdad, altruismo y solidaridad, son la motivación y el corazón de la universidad jesuita y de los que miran hacia el horizonte buscando la paz.

El país de luto…EL MUNDO de luto debido a los asesinos despiadados, un AK-47 robada, insurgentes fuera de lugar, un día de noviembre, inocentes incomprendidos, culpables de alto rango, impunidad presente, perdón y amnistía, intelectuales religiosos, alumnos solitarios, profesores perdidos, lágrimas derramadas, ignorantes pervertidos, mujeres en el turno equivocado, capillas, bombas y más, todo en un jardín de rosas…

(1) Una Muerte Anunciada, Marta Dogget. UCA Editores.
(2)Ibídem.
(3)Ibid.
(4) De la Locura a la Esperanza, Informe de la comisión de la verdad 1992-1993. Editorial Arcoiris.

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