Carlos Girón S.
Entre los tantos asuntos que ocupan y preocupan a los salvadoreños con los que tienen y tenemos que lidiar para vivir y sobrevivir, está uno directamente relacionado con esto último, y son los alimentos, entre ellos los que constituyen la llamada canasta básica de la dieta común.
Se diría que hablar de frijoles, tortillas, pan y verduras es andar como Sancho Panza, pensando siempre en la pitanza cuando hay otros asuntos de más relevancia de los cuales ocuparse, como son el calentamiento global, que sí constituye una grave amenaza para la existencia de la vida sobre el planeta, lo cual no es suposición o imaginación: allí está la cadena de incendios de gran magnitud en California que cobraron la vida, para comenzar, de casi una docena de personas, amén de los grandes daños a los bosques y la fauna y la pérdida de cientos de casas dejando en la calle a otro tanto de familias.
Se ha reconocido que los incendios se han debido a la resequedad del clima y la tierra.
El deshielo que están sufriendo los polos Norte y Sur son otra consecuencia del calentamiento.
Bueno, ese es uno de los grandes temas a los que deberíamos abocarnos, aparte de otros como la constante amenaza también de que el mundo se vea envuelto en otra conflagración mundial –que de estallar sin duda sería la última para la raza humana— a causa de las políticas intervencionistas de unas naciones en otras en diferentes regiones del planeta.
En fin, problemas de grueso calibre abundan por doquier.
Pero ciertamente uno de ellos es el tocante a la alimentación de nuestra población en general, particularmente de aquellos estratos con menores recursos económicos, que cada día se afligen al ir poniéndose fuera de su alcance los alimentos básicos.
Las verduras, para el caso, esenciales para las vitaminas y los minerales en el cuerpo para fortalecer sus defensas, son hoy en día artículos de lujo no sólo en los “super”, sino también en los mercados.
Pareciera que las señoras que venden aquí fueran primero a comprobar precios en los “super” para no quedar atrás con los suyos.
¿Quién va a creer, por ejemplo, que un pepino cueste 25 y 27 centavos ¡de dólar!; un manojo de rábanos pequeños, 35 ó 38 centavos; una lechuguita 60 y más centavos; un rollo mínimo de cilantro o hierbabuena 40 centavos?
Esto aun cuando los supermercados los ofrecen “al costo” o “más abajo del costo”, es decir, “sufriendo pérdidas” estos pobrecitos negocios que se sacrifican por el pueblo…
Y hay que tomar en cuenta que estos alimentos sirven sólo para un tiempo de comida, un día, de una familia de cuatro miembros. Por eso un día vi horrorizarse a un ama de casa viendo en uno de los “super” que un tomate pequeñito, uno solo, de cocina, valía ¡15 centavos!
¿Y el pollo y la carne y los mariscos? ¡Uf! Eso va quedando para los ricos y famosos de Hollywood…, jamás para quienes reciben aumentos una sola vez, a fin de año, de 3 ó 5 dólares mensuales en sus salarios.
¿Es de extrañar que en su desesperación nuestra gente humilde y no humilde ponga el precio de su vida para lanzarse a la aventura de tratar de cruzar el infernal desierto de Arizona buscando trabajo para ganar algo y enviarle a la familia (aparte de apuntalar la economía nacional) que queda angustiada por la suerte que correrá, que más bien puede ser fatal, como lo demuestra la experiencia?
Nadie que sea razonable y sensato se atrevería a negar que el alto costo de la vida actual, que no da señales de detenerse cada día, es consecuencia de la dolarización de la economía nacional, que impuso a raja tabla la administración Flores, sin que le importara la forma en que golpearía a los sectores populares.
Y como dicen muchos, los que trabajan o trabajamos ganamos colones y gastamos dólares.
Por eso sentimos que el costo de vida se ha puesto hoy en día color de hormiga… ¿Y dentro de 6 meses, uno o dos años mejorarán las cosas? ¿Quién se atreve a pronosticarlo o garantizarlo? Yo no. Ni soy mentiroso ni insensato.



