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El Salvador, Miércoles 23 de Mayo de 2012
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Martes, 23 de Octubre de 2007 / 10:21 h

A Mauricio Funes, por la partida anticipada de su hijo Alejandro

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Jaime Martínez Ventura

Cuando muere un joven o una joven, no sólo fallece un individuo. Muere también la esperanza, los sueños, las ilusiones.

La juventud, sin distingos de color, raza, credo o condición social, es enormemente bella; tan bella que, según la antigua mitología, más de un dios o diosa terminaron locamente enamorados de algún joven como Afrodita con Adonis. 

Toda persona joven es un Adonis o una Venus y, por eso, la muerte de cualquier joven, es también la muerte de la belleza. Puede comprenderse que la vida se termine anticipadamente porque los humanos no podemos reservar la muerte sólo a la vejez. 

Que un joven muera, por muerte natural, es hasta cierto punto comprensible. Pero qué terrible es saber que no sólo unos cuantos, sino miles, decenas de miles de niños, niñas, adolescentes mueren a diario no por razones naturales, sino por la violencia que reina en el planeta.

El rostro más conocido y culpable de esa violencia ha sido, es y sigue siendo la guerra.

Las peores atrocidades las han cometido, y las cometen, aquellos que manipulan la guerra y siguen creyendo que con ella se justifica todo, incluso la matanza de niños indefensos.

Pero la destrucción de la vida no procede sólo de la guerra.

La violencia es un monstruo de múltiples caras; la peor, por silenciosa, es la violencia social y estructural que condena a millones de personas a condiciones de miseria, de hambre, de enfermedad o a situaciones en que ni los animales logran sobrevivir: frío o calor, huracanes o terremotos, incendios o tempestades, eventos que son naturales pero no sus consecuencias:  los cuadros de muerte generalizada y temprana que llega a miles de personas y que demuestran que las principales víctimas son siempre los más jóvenes.

Es igualmente espeluznante que las víctimas más frecuentes de la violencia criminal, de la violencia callejera, de la violencia por falta de políticas preventivas, por la inacción o torpeza de quienes están llamados a brindar seguridad, también son los jóvenes.

No es una exageración afirmar que existe una masacre continua de la juventud. Menos exagerado resulta en países como el nuestro, con espantosos índices de homicidios: más de 10 asesinatos diarios.

La muerte homicida está presente en todo el mundo y sus blancos predilectos son igualmente los jóvenes y las jóvenes.

¡Qué injusticia más grande!: cada vez los jóvenes tienen menos oportunidades de educación, salud, vivienda, libertad de expresión, recreación o trabajo.

No son ellos ni ellas quienes toman las grandes decisiones políticas y económicas que determinan la suerte de millones de personas, pero sí son las principales víctimas de las inequidades, de la exclusión y de la masacre continua.

Los adultos, con nuestra acciones y omisiones, condenamos cada día a nuestros niños, niñas y jóvenes a una muerte anticipada por hambre, desnutrición, enfermedad o por la violencia delincuencial; pero son más responsables aquellos que, travestidos de defensores de la libertad,  no quieren reconocer sus errores, anteponen sus intereses con vanas justificaciones de ortodoxias económicas, idolatrías mercantiles, manos duras y súper duras o puro marketing electoral.

La muerte de un sólo niño, niña o joven debería hacernos reflexionar profundamente sobre nuestras responsabilidades como adultos.

No podemos ser indiferentes ante el dolor que está detrás de la muerte de un sólo ser humano y menos si se trata de una persona joven.

Quienes somos padres y madres, sabemos que lo peor que podría ocurrirnos es que uno de nuestros hijos o hijas muera antes que nosotros.

Es antinatural que los padres entierren a sus hijos.

Por eso, este día, con estas palabras expreso mi profundo sentimiento solidario hacia una reconocida personalidad de nuestro país que enfrenta uno de los más grandes desafíos ciudadanos pero que, en el fondo, es como todos nosotros, un padre luchador que sin duda daría la vida por sus hijos y, sin embargo, la violencia que impera en el mundo ha hecho que deba enfrentar, como el viejo rey de la mítica Troya, la dolorosa muerte de su amado hijo: un Héctor que murió con heroísmo. Estas palabras son para Mauricio Funes por la partida anticipada de su hijo Alejandro.

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