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El Salvador, Martes 22 de Mayo de 2012
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Martes, 02 de Octubre de 2007 / 16:54 h

Salvadoreños por siempre…

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Roberto Hugo Preza
Redacción Diario Co Latino

Santa Rosa de Heredia, Costa Rica. El lugar es extremadamente relajante, su estructura de madera es acogedora y sencilla, pero no por eso deja de ser muy atractiva, está anclado en medio de verdes pinares, centenarias ceibas y caobas en donde el canto de los pájaros golpetea el corazón de cualquier amante del la naturaleza.

Está en un pináculo de las montañas de Santa Rosa, de Heredia, en las afueras de San José, en medio de un bosque en donde el ruido del mundo moderno, no entorpece la cotidianeidad de las coloridas aves, las ardillas y otras especies, que se posan tranquilamente sobre los troncos de los majestuosos árboles.

Es el Hotel “Finca Rosa Blanca”, su nombre lo dice todo. Una finca llena de belleza natural, como las rosas; y la blancura, es el reflejo de la paz. Algún poeta la llamaría, un verde rincón cerca del cielo azul.

En medio de este paraíso verde, en donde parece que el tiempo detuvo su marcha, encontré a Pedro Alas, un campesino chalateco que de niño tuvo que dejar su natal Potonico, huyendo de la represión militar durante la guerra.



ACNUR lo sacó en calidad de refugiado y lo trasladó a un campamento, en Costa Rica, junto a Marta, su madre.

Estudió cocina y se graduó como licenciado en turismo de la costarricense Universidad Hispanoamericana de San José, domina a perfección el idioma ingles y el italiano y se ha convertido en uno de los mejores cocineros de los más prestigiados hoteles ticos.

Hace once meses, en octubre del año pasado, volvió a su tierra después de más de dos décadas, paseó por los cantones y caseríos de su niñez y recordó con melancolía su salida.

El Restaurante en el que trabaja, es frecuentado por turistas europeos y norteamericanos, que pagan gustosos 12 dólares por un tamal de gallina con recaudo salvadoreño ó 7 dólares por una pupusa de chicharrón revuelta con frijoles, que llevan el sazón cuscatleco.

Mantiene una amplia gama de platillos con sabor salvadoreño, como pasteles, chiles rellenos, ejotes rellenos, nuégados y muchos otros bocadillos propios de este país.
Junto a Pedro, trabaja Carmen Orellana y otros dos salvadoreños, cuyo esmero y dedicación ponen en alto el nombre de El salvador.

Se sienten orgullosos de ser salvadoreños y recuerdan con nostalgia su patria, golpeada por la delincuencia, la pobreza y el desempleo.

Como Pedro, alrededor del mundo y en el lugar menos esperado, siempre hay un salvadoreño, que lleva marcado en el corazón y con orgullo, el nombre de El salvador, sin importar que un día la pobreza, la desigualdad, la falta de oportunidades y la injusticia los expulso a otras tierras.

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