Orlando de Sola Wright
Con frecuencia se oye decir: “hay que sacar a ARENA del gobierno”, como si eso fuera la solución a nuestros problemas nacionales. Pero el problema de El Salvador no es ARENA, sino nuestra cultura autoritaria, conservadora y mercantilista, que prevalece sobre cualquier tipo de organización partidaria.
Resulta entonces que, como nuestro problema no es de origen político-electorero, sino cultural, el mismo debe ser resuelto por esa vía, tomando en cuenta que la política influye sobre la cultura, siempre y cuando se dé el buen ejemplo. Pero si la política sigue siendo el arte de lo posible, no el arte de conducir, el cambio cultural será difícil.
Se menciona la alternancia como uno de los motivos para sacar a ARENA, como si esa fuera la medida de la democracia. Pero no se dice entre que, o entre quienes debe ser esa alternancia, tomando en cuenta que democracia no es cambiar de presidente, o de color partidista, sino poder del pueblo.
No se sabe si nuestra cultura autoritaria, con-servadora y mercantilista viene del Viejo Mundo, o del Nuevo, o de ambos, pero antes de lo que se conoce como conquista y colonización, habían en nuestro suelo, desde Tenochtitlán hasta el Cuzco, gobiernos supers-ticiosos y sangrientos, tales como los reflejados en las películas Apo-calipto, de Mel Gibson, y La Otra Conquista, de Plácido Domingo, que se basaron en investiga-ciones arqueológicas y crónicas de la época.
No fue hasta 1821 que pasamos del sistema colonial, que duró tres siglos, a la era republicana. Fue entonces que comenzamos, como estado nacional, a considerar la democracia como forma de gobierno. Pero el sistema democrático y repre-sentativo no funciona porque nuestra cultura autoritaria y mercantilista lo degenera en demagogia. Nuestra cultura mercantilista ha permitido la degeneración de lo político, lo económico y lo social. Por eso no funciona el estado, ni el mercado.
No es nada nuevo. El mercantilismo era el sistema de organización que predominaba en Europa durante la época de las monarquías absolutas, cuando comenzaban los estados nacionales, como Francia, España e Inglaterra.
Dicho sistema se basaba en favores y privilegios otorgados por los monarcas a determinadas personas, o grupos. Por eso se le ha conocido también como socialismo monárquico. Por su dominio sobre los factores de producción, que somos nosotros, las personas, los recursos y los bienes.
Los opositores al mercantilismo, que no eran pocos, defendían los derechos fundamentales a la vida, la libertad y la propiedad, que fueron incluidos en la declaración de independencia de Estados Unidos, porque los fundadores de esa nación tenían influencia de la ilustración europea.
Pero en Centroamérica, a pesar que algunos próceres también habían sido influidos por la ilustración, esos derechos inapelables, mencionados en anteriores constituciones como “anteriores y superiores” a la ley, no lograron superar nuestra he-rencia cultural mer-cantilista.
El mercantilismo se trasladó de la colonia a la república, que comenzó en 1821. Y no desaparece, a pesar del aparente reordenamiento, porque nuestro sistema cultural exige su permanencia, por nuestra incapacidad para ser respon-sables, para responder por nuestros actos y, en términos generales, por nuestra incapa-cidad de autogober-narnos, tanto indivi-dual como colectivamente.
La cultura mercan-tilista, no ARENA, es nuestro verdadero problema. Y solo noso-tros, los salvadoreños que apreciamos la vida, la libertad y la propiedad, sin despre-ciar la justicia ni la verdad, podemos resol-verlo.
El mercantilismo es para el mercado lo que el libertinaje para la libertad. Pero además de eso es contrario a la justicia, que exige dar a cada quien lo suyo, sin confundir lo propio con lo ajeno.
Pretendemos haber pasado la modernidad y decimos estar en plena era informática, pero no somos capaces de abandonar nuestra cultura mercantilista, que sirve de apoyo a lo que la Comisión Nacional de Desarrollo ha definido como los tres grandes problemas de El Salvador: la pobreza estructural, la marginación socio-cultural y nuestra forma viciada de hacer política.
Hasta que cambiemos esa irresponsable manera de ser y sepamos responder por nuestros actos y nuestras omisiones, seguiremos atrapados en el subdesarrollo socio-político, económico y cultural.



