Ramón Pacheco Menéndez – desde Canadá
Desde muy pequeños, se nos inculcó que el trabajo es una virtud y que su contraparte, el ocio u holgazanería es un vicio detestable.
La pared de un colegio en el céntrico San Salvador de mis años de estudio, me lo recordaba a diario en mi camino a la escuela, en ella se hallaba impreso el verso “trabaja joven, sin cesar trabaja/la frente honrada que en sudor se moja/jamás ante otra frente se sonroja/ni se rinde servil a quien le ultraja”.
El nombre de su autor no viene al caso. Pero el famoso verso me lo aprendí de memoria, y no solo eso, sino que lo sentía mío. Hoy, con el paso del tiempo, me permito discrepar. Nada tan falaz, nada tan lleno de propaganda, nada tan doctrinal, como eso. Si bien es cierto el trabajo no es un vicio, pero tan poco el ocio lo es. El ocio de hecho, me permito decir-lo, es tan bueno como el trabajo.
Nada tan reparador como un fin de semana en la playa. Nada tan productivo como una noche de luna. Curioso y de notar es que la máximas obras creativas, han sido pensadas, diseñadas y escritas en el ocio. Algunos ejemplos avivarán la memoria:
-Cervantes escribe su famoso don Quijote en las horas infinitas de ocio de una cárcel.
-Newton descubre la gravedad en el retiro y ocio obligado de una peste.
-Einstein, perfila su teoría de la relatividad, gracias a sus horas de ocio en una oficina olvidada de patentes.
El ocio, dicho cómoda-mente, es más trascenden-tal que el trabajo rutinario. Pero menos conveniente a un sistema material capitalista, que obliga al trabajador a cada día trabajar más, aun cuando bajo un serio análisis, debería estar trabajando menos. De hecho, en algunos países europeos y en algunas largas corporaciones, ya se ha establecido la jornada laboral de cuatro días. Se obliga a los empleados a tomar vacaciones, se les invita a desarrollar su talento y se les bonifica por aportar ideas creativas.
Imagínese un empleado de construcción o una empleada en una maquila, trabajando diez o doce horas diarias, al terminar sus labores, ¿tendrán aun energías o deseos o su mente gozará de fosforescencia para algún trabajo creativo o para mejorar su situación económica a través del estudio? La insistencia y la fanática insistencia del trabajo como virtud, solo puede ser el resultado de una filosofía material sin sentido, inmoral, cuyo dios es la riqueza y el hombre su esclavo.
Antes, con el advenimiento de la revolución industrial, se pensó que las máquinas permitirían al hombre más tiempo libre, más ocio. Pero nadie quiere el ocio, cuando hay un sistema que grita que es un vicio y se mira con malos ojos al holgazán, pero al holgazán pobre, porque el holgazán con recursos financieros, siempre es un turista al que hay que atender.
Por lo mismo, instintivamente, la sociedad creó nuevas tareas, nuevos trabajos para ese tiempo ocioso.
Luego vino el tiempo de la tecnología de avanzada, las computadoras, etc. Y de nuevo se pensó que habría mucho tiempo liberado. Otra vez, apa-recieron otros car-gos, otras fun-ciones, otras res-ponsabilidades.
No hay tiempo libre y sí, al contrario, se espera que el traba-jador produzca más con la tecnología como cómplice, no solo como herra-mienta de trabajo, sino también como elemento de control: video cámaras, estu-dios de tiempos y movimientos, aná-lisis de rutas críticas que permiten conocer si el pobre em-pleado no gasta demasiado tiempo en sus necesidades pri-marias o si produce bajo el estandar. La tecnología no al servicio del hombre, sino del capital.
Cuando alguien se logra liberar de esta armazón metálica, de esta cárcel, de este mundo robotizado y logra de algún modo pensar y cultivarse, entonces inicia la labor creativa, entonces hay tiempo para meditar en una flor, en una noche de luna. Entonces hay descanso para paladear un poema o detenernos a mirar a los otros.
Se me ocurre que por eso algunos recurren, consciente o inconscientemente, a la demencia. Es innegable el caudal de tiempo del que dispone alguien a quien la sociedad deshecha como inoperante o sin “razón”. Ha ocurrido en todo caso un rompimiento interno, por primera vez el sujeto tiene el tiempo necesario para pensar en si mismo, para crear. Por primera vez es libre. Por eso repito, el ocio nos hará libres.



