Pintar las artesanías es parte del proceso creativo de los reos. Foto: Eduardo Toledo
Beatriz Castillo
Redacción Diario Co Latino
El calor sofocante de la mañana anuncia la llegada de un nuevo día más para José Alexander Beltrán Hernández. Desde hace tres meses una máquina Regina antigua se ha vuelto su más fiel compañera, en un pequeño cuarto de 10 metros de largo y cinco de ancho, acondicionado para recibir clases de sastrería, que comparte con otros 25 hombres.
En ese pequeño cuarto busca una segunda oportunidad que le pueda ayudar a cambiar su vida cuando llegue el momento de la libertad, o la “libre” suelen decir ellos.
Desde hace algunos meses permanece recluido por el delito de violación, en la Penitenciería Oriental de San Vicente, que fue inaugurado en agosto de 1950, durante la administración Oscar Osorio, ubicado a 59 kilómetros al oriente de San Salvador.
Hernández, un hombre joven y robusto, decidió refugiarse en las agujas, hilos y telas para “no pensar en otras cosas… cuando uno esta aquí piensa… piensa en lo que me pasó”.
“Mi delito fue violación en una menor incapaz, así le puso la ley… pero en ningún momento porque ella era mi esposa, y su mamá como estaba en los Estados Unidos, y cuando vino no quiso que estuviera con ella y me denunció que la había violado” , dijo.
“Creo que me arruinaron la vida a mí y a ella, porque mire ahora en lo que ando… es defectuoso…. ese fue mi delito. Mire el reo piensa muchas cosas a raíz de que está cautivo, pero ya enseñándole un oficio o trabajo la mente la mantiene ocupada, ya no piensa en la libre, no piensa uno en problemas, piensa que esto le puede ayudar el día de mañana.
La vida aquí es muy dura… no es como andar en la libre, pero a través que uno se conduce bien, uno puede cambiar aquí”, señaló Beltrán.
Otro de los hombres que comparte el pequeño cuarto de sastrería, en donde antes funcionaba un taller de carpintería es Wilfredo González Mejía. “Tengo diez años de estar detenido, pero me falta un montón todavía” confiesa, minutos antes de impartir la clase de las 8 a las 11 de la mañana.
Por su capacidad y cualidades de aprendizaje, los impulsadores de CÁRITAS de El Salvador, que mantienen el programa de sastrería en el penal, lo designaron instructor del curso. “Para nosotros es muy importante, porque podemos pasar ocupados y tener un ingreso para ayudar después a nuestras familias”, aseguró Mejía.
Mejía considera que esta parte de formar a otros internos en la habilidad de corte y confección de pantalón y camisas “le ha cambiado la vida”.
“Hemos encontrado ayuda en esta organización de la iglesia, y en lo personal ha cambiado mi vida, porque tengo algo que hacer y no pensar en lo pasado, tengo un ingreso (instructoría) para ayudar a mi esposa cuando puedo”, agregó.
El instructor, quién está condenado a 30 años de cárcel por el delito de secuestro, agregó que ahora los 26 hombres que practican el oficio, no tienen aún un contrato fijo con algún bazar o sastrería para poder sacar trabajos y ganar.
“Ahora nada más aprenden, y hacen algunos trabajos internos, porque acceso de trabajo de allá fuera no tenemos ahorita, creemos que eso nos haría falta”, expresó.
El sueño hecho pan
Algunos reclusos invierten su tiempo en la elaboración de atarrayas, (arriba). Otros se dedican a la bendita elaboración del pan de cada día, (abajo). Foto: Eduardo Toledo.
La mañana del día jueves en el centro penitenciario de San Vicente, transcurre entre las revisiones de la visitas familiares, las largas filas para las llamadas telefónicas, las reuniones con los abogados de aquellos que están por pasar a la fase de confianza o semilibertad y el reparto de cada uno de los tiempos de comida.
Sin embargo, para Carlos Ovidio Salvador Cerén, la mañana del jueves es como cualquier otra. Su horario inicia a las 3 de la mañana con un ligero baño y leve desayuno, antes de preparar 8 arrobas de levaduras para el pan.
Su responsabilidad diaria es sacar más de un mil 600 raciones de pan que serán repartidos en el desayuno de los un mil 402 reos que tienen que ser alimentados.
Después de hornear el pan de la mañana, Cerén vuelve a las latas y al horno para sacar la segunda producción que servirá para la cena.
Sin embargo, su proceso de rehabilitación no culmina allí. En la tarde se prepara para las clases del quinto grado. “Cuanto más participemos, eso nos ayuda para reducir la pena”, cuenta, mientras limpia la mesa, donde minutos antes sus manos amasaron la levadura.
“Este trabajo yo lo podía antes de entrar, y ahora aquí adentro me está sirviendo más porque con esto sobrevivo y salgo adelante. Mi sueño es que cuando salga, pueda poner mi panadería”.
“Para mi, el trabajo es interesante donde quiera que uno esté, el trabajo borra todos los malos pensamientos y uno se capacita más”, puntualiza.
Maestro de la pintura
“Yo sólo les enseño a todas las personas mayores que tengan la iniciativa de desarrollarse en el arte de la pintura”, dice Alfredo Bolaños Panameño.
Bolaños ha tenido a su cargo el curso de pintura y busca desarrollar la habilidad del arte en varios internos, que ahora reflejan lo aprendido haciendo murales al interior de las celdas.
El maestro del arte se enorgullece de haber preparado a más de 60 internos en este oficio. “Esas personas, por la voluntad de Dios, ahora están trabajando, ahora se ganan la vida y están trabajando adentro ganándose la vida pintando cuadros, artesanías y juguetes”, narra Bolaños, quién debe continuar 20 años más en la cárcel por el delito de homicidio.
Un penal al máximo de sus capacidades
El penal de San Vicente tiene una capacidad para 400 internos, pero el último censo, arroja a una población de 803 penados y 599 internos procesados. De ese número el 80% participa en los diferentes programas de rehabilitación, según explicó el director del centro penal, el coronel Luis Felipe Mejía Peña.
La situación de sobrepoblación se mantiene en la mayoría de los centros penales del país, sin embargo, Mejía, busca paliar la problemática con el poco espacio que tiene.
“Hemos venido sufriendo no solo el hacinamiento, sino también con los embates del terremoto que nos dejó con la cuarta parte del penal inutilizada de los talleres antiguos de la zona sur poniente del edificio”, reveló Mejía.
El director del centro penal de San Vicente, aseguró que buscan suplir esa “carencia” de infraestructura a través del establecimiento de programas y talleres tanto culturales como educativos, recreativos, oficios y profesionales.
La producción más significativa de esos talleres es la madera: mesas, mecedoras, camas, juegos de comedor y sillas.
La apuesta del director del penal es fortalecer ese rubro, sin embargo, se enfrentan a la dificultad de poder hacer una comercialización directa. “Muchos proveedores vienen y compran a un precio bajo, creemos que si existiera una comercialización directa fueran más los ingresos para los reos y sus familiares” explicó.
“Si usted los ve, están laborando como si fueran un panal de hormigas, eso es lo que queremos. Si nosotros tuviéramos más espacio podríamos incluir más población y entonces de esta forma proyectar más producción”, agregó.
La dirección de San Vicente considera que si existiera más ayuda de instituciones u organizaciones como CÁRITAS de El Salvador, se podría cumplir uno de los mandatos principales de la Ley Penitenciaria del país, que es combatir el ocio carcelario.



