Salvador Juárez
Siempre me enterneció, entristeció, enardeció y subvirtió la canción Lamento borincano.
La primera vez que escuché esta canción del puertorriqueño Rafael Hernández, fue en la versión del trío salvadoreño “Escobar Ancalmo”, en un 45 RPM que llevó a nuestra casa de Apopa mi hermano Hildebrando. Fue en los tiempos del movimiento estudiantil universitario, en su lucha contra el presidente José María Lemus en los 59-60, hasta su derrocamiento.
No sé porqué, pero en mi memoria, esta interpretación de Lamento Borincano la conservo como un alusivo moderado de aquel flujo universitario, pues, en realidad, las acciones obrero-estudiantiles de ese momento eran avivadas por algunas adaptaciones del cancionero popular y otras composiciones que se entonaban semiclandestinamente, como las canciones de la Guerra Civil Española, como aquel rumba-la-rumba-la-rumba-bam-bá en la salita de canceles en nuestra casa de Apopa. No sé porqué guardo tan vívidamente algunos detalles de ese pasaje del proceso salvadoreño, si yo apenas tendría unos 12 ó 13 años de edad.
Después, allá por los años 70´s, don Felipe Ochoa Valenzuela me dijo una tarde en su Radio Internacional YSF, cuando escuchábamos esa misma canción en otra versión más caribeña: «Mire Juaritos, ésa es una de las primeras canciones de protesta de América Latina».
Al decírmelo don Felipe, por supuesto que veía en él, al patriota que, en su país, Honduras, había sufrido la cárcel de la tiranía, misma que lo desterró a El Salvador.
Luego a principios de la década del 80, ocurrió para mí un verdadero hecho revelador, y fue que, cuando editábamos música revolucionaria para una de las radios rebeldes, encontraba Lamento borincano en la voz de Víctor Jara, formando parte justamente del repertorio original latinoamericano.
Este hallazgo constituía, para mí, el juicio de valor que le atribuía los méritos supremos a dicha canción, por su mensaje social y calidad estética.
Pues bien, estos y otros referentes con que ahora emerge Lamento borincano, abonaron dialécticamente ese sentimiento que se ha venido desparramando con más amor en mi ser. Y por el cúmulo de insumos espirituales de la misma veta del Jibarito Hernández, como decir la historia y la cultura de los boricuas, de los calibanes, o sea de los José Martí, Guillén, Pedro Mir, etc., etc.; esta canción me estimula el sentimiento solidario y de pertenencia a través del dolor de los desterrados de la tierra, como diría Franz Fannon.
Y es que, a través de la sensibilidad a flor de piel, entra por cada poro el vínculo de identidad, y por eso la pobreza, la explotación y la injusticia que se refleja en esta canción cala en todos los que entonamos este lamento, esta protesta, esta tonada de resistencia cultural latinoamericana.
Claro que otras veces, cuando tuvimos a nuestro cargo programas de música de tal raigambre, entre ella la que se venía conociendo como música salsa, pudimos degustar variaciones diversas de este mismo tema, pero que en mí, sus emulaciones siempre generaban este epos histórico-cultural latinoamericano.
Tema mismo que ahora, en la vocalización de Marc Anthony, me ha motivado obsesivamente hasta la pasión, hasta la pasión del cristo de los pobres que, todo lo puede perdonar, pero que también puede maldecir, y maldecir desde lo más profundo de su amor, a los que provocan el actual lamento generalizado, el lamento latinoamericano que espolea la globalización neoliberal.
Y que por cierto, esta versión muy borinqueña, ha hecho vivenciar a otros amigos y amigas la experimentación de entristecerse por la situación económica de nuestra gente, por ese ya no hallar qué hacer como pueblo pobre, que a pesar de oír informes, planes y estadísticas oficiales halagüeños, a lo que se atiene es a su mera realidad en la que, por más que haga la cacha, ya no le ajusta lo que consigue en la rebusca y por eso exclama como el jibarito: “¡qué será de mis hijos y de mi hogar!”
Por eso es criminal el sistema, porque juega con lo más puro y sagrado de la gente humilde: el sueño de su mini producción, el fruto de su trabajo con el cual se hace los colochos de que llevando su ventecita al mercado, va a remediar la situación, pero lo que ve allí es que, el pueblo todo, está lleno de necesidad.
Ese sueño es la aspiración de donde brota el canto popular, el himno más alegre que hasta contagia de esperanza a toda la naturaleza alrededor, pero que luego se convierte en el gemido más hondamente humano, porque no se trata de un padecer autoconmiserativo, sino por no poder satisfacer sus apremiantes necesidades, y por sufrir aún más trascendentalmente fraterno y solidario, por el dolor y lo que ha de ser de su gente, de su pueblo, de su borinquen, de su Cuscatlán, de su Latinoamérica.
A esta Latinoamérica “agobiada pero no vencida”, adolorida pero no acobardada, se le canta, como dice José Martí, con una belleza que, sólo en lugares y situaciones como las de Nuestra América, puede nacer un sentimiento de semejante exaltación y decoro, pletórico de calor humano, que, precisamente en las peores condiciones de miseria, levanta el rostro y la mirada ante los colosos de la muerte, fríos y perversos, ante los cuales, los más representativos gladiadores de Nuestra América, le han dicho ya al Emperador de estos tiempos: “¡Ave César, los que vamos a morir te saludamos!”.
Así es como al final de esta versión de Lamento borincano, Marc Anthony levanta el canto triste y quejumbroso con el encendimiento de todo aquel que ama a su gente y le da su respaldo, decidiendo irse con su pueblo en la misma nave del tiempo que, “sin conocer el fin”, lo arrastra en la corriente de la historia.
Y digo esto, sin obedecer a ninguna consigna o tendencia ideológica y sin zalamerías de ningún tipo, sino simplemente haciendo un unísono de emoción con el tono martiano con que Marc Anthony saluda al terruño, que a mi parecer es un asirse a la identidad cultural nacional en estos momentos de avorazada transnacionalización: “Yo soy hijo de borinquen/ y eso nadie va a cambiar;/ y el día en que yo me muera,/ en ti quiero descansar;/ yo te adoro Puerto Rico,/ y eso nadie me lo va a quitar.”
Un magnífico homenaje para el Jibarito Rafael Hernández es esta interpretación de Marc Anthony.
Que bien vale ir nuevamente hacia el mar, escuchando con audífonos y en el volumen correcto esta canción, canción en cuyo final, creciéndose como otra Patética, se eleva el alma al horizonte dándole agradecimiento a la vida por mantener la conciencia fiel a nuestra gente, consecuente con nuestro pueblo pobre pero valiente y merecedor de otro destino, de otros gobernantes, de otros líderes y dirigentes, de otro régimen que sea de justicia y de verdad proclamadas en el día a día, y no en los códigos atestados de cinismo y barbarie....



