Sebastián Fest
Brasil/DPA
Fueron grandes Juegos, imponentes en muchos aspectos, pero los Panamericanos que terminan este domingo en Río de Janeiro estuvieron lejos de la perfección, y también de lo que se necesita para que la ciudad aspire con fuerza a ser sede de los Olímpicos en 2016.
«Los mejores Juegos de la historia». Bastante antes del inicio de los Juegos, Mario Vázquez Raña tenía ya decidido premiarlos en la ceremonia de clausura con una frase más generosa que él -en cierto modo malvado- selló como «los más extraordinarios» por sobre los de Santo Domingo 2003.
El presidente de la ODEPA (Organización Deportiva Panamericana) tiene admiración por la fuerza y la capacidad de Carlos Nuzman, máximo responsable del deporte olímpico brasileño, y pretende además recuperar los Juegos para Latinoamérica, que sólo visitaron la región en México 68.
Por eso él, que es el máximo representante latinoamericano en el Comité Olímpico Internacional (COI), no puede permitirse ser altavoz de lo que no funcionó en Río. Comprensible en Vázquez Raña, como tan comprensible es que los medios brasileños critiquen sus Juegos.
«La sordidez de los Juegos», tituló ayer una columna «Folha de Sao Paulo». En ella se apunta a un asunto clave, que es el de cuánto costaron. Del presupuesto original de 400 millones de reales (unos 210 millones de dólares) se pasó a 3.000 millones (1.565 millones de dólares).
«Fue un engaño consciente, no un error», dice el periódico. Un artículo en «O Globo» destacó a su vez que para solucionar problemas estructurales en la favela de Rocinha se presupuestaron 80 millones de reales, y que para remodelar el estadio Engenhao (ahora «Joao Havelange», una joya de los Juegos) se gastaron 380 millones.
«Esa, amigos, es la sordidez del deporte», concluye «Folha».
Un deporte que tuvo, como siempre, también su costado brillante, sus momentos impactantes. En unos Juegos -dato clave- sin records mundiales, aunque con más de 120 marcas panamericanas quebradas por los más de 5.600 atletas de 42 países en 35 disciplinas.
En los 16 días de competencias se vio de todo. Desde la alegría cubana por la conquista de su décimo oro consecutivo en béisbol -y ante el archirrival estadounidense-, hasta el espectáculo del Parque Acuático María Lenk, con los brasileños Thiago Pereira y César Cielo Filho como héroes de la natación, pasando por el «ni drogada, ni acabada» con que la mexicana Ana Guevara celebró su tercer oro consecutivo en los 400 metros.
Más allá de que a veces pasaran a segundo plano por el excesivo nacionalismo de ciertos espectadores y del ex atleta y «hooligan» Oscar Schmidt, algunas instalaciones fueron de notable calidad e impacto. El María Lenk, por ejemplo, y la Arena Multiuso, sede de la gimnasia y el baloncesto, entre otros. Río 2007 tuvo el privilegio de contar con el Maracaná como sede del fútbol y Copacabana como escenario para el voleibol playa. Insuperable.
Pero los organizadores llevaron también otros deportes -parte del fútbol, ecuestre, karate, patinaje artístico, etc- a sedes como Deodoro y Miécimo, a 70 kilómetros del «corazón» de los Juegos, a su vez distantes otros 40 kilómetros de sedes como el Parque do Flamengo, donde hubo medallas y deportes de gran importancia.
Más de 100 kilómetros a recorrer. Tantos, que hasta los privilegiados dirigentes de la Odepa miraban para otro lado cuando Vázquez Raña les pedía que entregaran medallas en esas sedes.
Fueron Juegos de tensión para Cuba, herida en su orgullo con cuatro deserciones, en especial la del boxeador Guillermo Rigondeaux, su máxima figura. Como hace ocho años en Winnipeg, los caribeños se fueron sorpresivamente y casi sin avisar en una desapacible noche de lluvia.
Y fueron tensos también para Nuzman, al que daban ganas de preguntarle, «¿qué le sucede, señor presidente?». Uno de los dos o tres dirigentes olímpicos más importantes y capaces de Latinoamérica, el jefe del comité organizador estuvo arisco, antipático y a la defensiva durante buena parte de unos Juegos que le brindaron unos cuantos momentos de felicidad.
El más valioso, sin dudas, el tercer puesto de Brasil con un récord de medallas de oro, 54, a sólo cinco de Cuba. Brasil ya superó a Argentina en la suma de preseas del medallero histórico, donde se ubica cuarto, y en dos Juegos más podrá hacerlo en oros.
Estados Unidos volvió a ganar los Panamericanos, Cuba se preocupó, México cumplió como quinto y países como Colombia, Venezuela y Chile mostraron sus progresos, mientras Argentina exhibió síntomas claros de una política deportiva enferma.
Pero las alegrías de Nuzman no terminaron en los éxitos deportivos. Tuvo además el privilegio de inaugurar oficialmente los Juegos, insólita situación a la que se llegó por la no menos insólita negativa del presidente brasileño, Luiz Inacio Lula da Silva, de cumplir con el compromiso que corresponde a un jefe de Estado.
Los abucheos del Maracaná fueron demasiado para Lula, que vivió unos Juegos amargos, en especial a partir del 17 de julio, cuando el accidente de un avión de TAM en Sao Paulo dejó casi 200 muertos, sumió en el luto a todo el país y puso en el punto de mira a su gobierno.
Río 2007, que comenzó con calor veraniego, se cerró con viento, lluvia y frío, la misma combinación que arruinó el béisbol y el sóftbol, los deportes peor tratados de los Juegos. El mismo «cóctel» que arruinó la última jornada del atletismo y en parte la ceremonia de clausura.
Y hasta que el martes o miércoles se conozcan los resultados definitivos, los Juegos se cierran con un dato histórico: más de 1.200 controles y ningún doping.
¿Fueron los de Río los mejores Panamericanos de la historia? Quizás sí, aunque Winnipeg tiene razones para aspirar a retener ese título, y Santo Domingo 2003 puede respirar tranquilo: si se comparan el potencial brasileño y el dominicano -190 millones de habitantes contra apenas nueve- surgen interesantes matices.
Río de Janeiro tiene aún muchos obstáculos en el camino hacia el sueño olímpico, y varios de ellos están en casa.



