Luis Fernando Morales Núñez
Cuando una empresa decide hacer su reingeniería para mejorar su competitividad, lo cual significa una nueva visión del papel que deben jugar los recursos humanos, hay dos salidas: una, se le pide al trabajador nuevas competencias, pues su función en el proceso productivo se modifica, lo cual requiere de capacitaciones programadas por institutos especializados, como en el caso de El Salvador, INSAFORP o FEPADE; y en segundo lugar, un entrenamiento laboral interno, que redefina el nuevo papel del trabajador dentro de la producción. En el primer caso, el elemento básico es el estudio; en el segundo, es la experiencia. Este último elemento tiene un rol fundamental en el proceso de formación laboral el cual es progresivo y autogestionado. El crecimiento personal y laboral, así como el aprendizaje continuo, no se da en forma igual en los países de América Latina, lo cual se debe a la diversidad de patrones de desarrollo económico. El Salvador, y los demás países de Centroamérica, tienen un patrón basado en recursos humanos, especialmente en la fábrica de maquilas y las remesas externas. Otro factor es el nivel de desarrollo tecnológico. Este determina la necesidad de perfiles específicos en los trabajadores. Cuanto mayor es el avance tecnológico de un país, hay mayor demanda de elemento humano mayormente tecnificado. En El Salvador, el grado de desarrollo tecnológico es mínimo, a causa de que toda la tecnología la traen y manejan empresas extranjeras, desde la fabricacion de zapatos, pasando por bebidas y alimentos, cosméticos, ropa, libros, medicinas, vehículos, enseres electrónicos, hasta la telefonía, computación, Internet y otros. Y esto, naturalmente, no ha llevado al sector industrial a una exigencia grande de trabajadores altamente tecnificados.
El exportador de la tecnología a este país viene, algunas veces a adiestrar brevemente al trabajador nacional y hasta allí llega su responsabilidad; el trabajador se queda adivinando, mediante el método de ensayo y error los secretos del manejo de la maquinaria importada. Un tercer elemento que incide en el desarrollo laboral es la necesidad de implementación de la tecnología que puede ser de dos formas: mediante cambios evolutivos, más o menos lentos o mediante la ruptura con lo tradicional. En este país no se ha dado esto último en ninguna rama productiva de bienes o servicios. Con escasa intensidad se han dado algunos cambios evolutivos. La más lenta ha sido y es la industria del transporte. Son también lentas en el cambio la industria del libro, del azúcar, y del turismo, y más avanzada la de la construcción, aun que no como debería serlo. No hay aquí una economía de gran escala y por tanto no hay incentivo para la innovación. En cambio, las economías mayores o las que tienen grandes mercados, la mejora tecnológica es una necesidad urgente.
Cabe, entonces, hacerse una primera interrogante: ¿El Salvador, como un país neocolonial que sólo importa y no desarrolla ni crea tecnología, urge de una nueva educación superior que inicie e impulse el desarrollo laboral tecnológico en los profesionales que gradúa?
Es la medida de las posibilidades, características y sobre todo, ofertas de la empresa nacional, sí es necesario romper con el patrón de profesional que se ha venido formando, más saturado de conocimientos codificados o académicos quede competencias y destrezas. Esta respuesta genera otra interrogativa ¿Qué va a hacer la sociedad salvadoreña con tanto profesional tecnificado por la educación superior, si la industria estrellas de la economía cuscatleca es la maquila que no requiere de una alta calificación y tecnología en el trabajador, sino la simple condición de obreros y obreras?
Los dos grandes tipos de maquila tradicionales de este país son la de los alimentos y la de confección.
La más notable maquila alimenticia es la del pollo rostizado, hamburguesas y pizzas. Estas empresas emplean carnes y harina ya preparadas en anteriores procesos o etapas. Lo mismo sucede con la confección, cuyos patrones y modelos ya vienen preparados.
Y Pollo Campero, Nash, Nippon Chicken, Kentucky Fried Chicken, MC Donalds, Biggest, Pizza Hut y Domino’s Pizza, por ejemplo, contratan a su personal, incluso de mandos medios, con el requisito único de bachillerato, 9º grado básico. En esta clase de maquilas el trabajo es rutinario y su valor agregado es bajo.
La otra clase de maquilas son la automotriz y la electrónica. Son relativamente nuevas en el país. Tiene mayor complejidad tecnológica y demanda, mayores niveles de calificación de los trabajadores. De ellas la más nueva y menos extendida es la del armado o reparación del hardware de computadoras, fotocopiadoras, dividís, televisores y otros aparatos electrónicos.
Este breve análisis indica que en este país existe una elevada heterogeneidad en la demanda de información y la oferta educativa debe tener en cuenta este hecho.
Las empresas manifiestan tener dificultades para encontrar en el mercado trabajadores con las competencias que necesitan. Buscan habilidades adaptativas a cada proceso productivo y menos habilidades manuales concretas. O mejor aún, buscan habilidades complementarias o sustitutivas de las competencias técnicas que necesitan; por ejemplo, un rostizador y empacador de pollo frito no necesita ser un ingeniero en alimentos.
Con todo, no se puede negar que no haya demanda de mano de obra tecnificada. Ejemplo, los trusts de familia como Poma, Simán o Cristiani, que son muy exigentes en la calificación técnica de sus empleados. También los bancos son muy meticulosos en la contratación de candidatos para las especialidades técnicas del quehacer bancario. Entonces se puede generalizar, siguiendo al ya citado autor Novick (1999) que las exigencias que el sector productivo demanda del educativo son:
a)Énfasis en una educación en las nuevas tecnologías,
b)Que al educando se le amplíe la capacidad mental de tal forma que pueda adaptarse a las nuevas posibilidades de forma más rápida, pues el mercado impone pautas de eficiencia que superan la rutina tradicional.
c)Tener mayor incidencia en la educación que se imparte, pues se exige una competencia en tecnología o por lo menos una solvencia tecnológica, que permita al profesional adaptarse a contenidos o situaciones variables cercanas a la tecnología.
Esto quiere decir que si al graduando se le capacita para operar una máquina, debe conocer los fundamentos teóricos que le indican cómo funciona o sea que entienda porqué hace algo y porqué no puede hacerlo.
Otra demanda es que el trabajador sea independiente en su trabajo, para que no tenga que recurrir al supervisor ante cada problema. Para esto debe conocer todas las operaciones de su sección y poder identificar lo que es posible y lo que no lo es y los procedimientos para solucionar lo que es posible.
Esto indica que el trabajador debe ser capacitado en el desarrollo de la capacidad de abstracción, que le permita adaptarse a eventuales cambios técnicos.
Estas son las demandas de las empresas que han realizado reconversiones o reingenierías profundas o que se han insertado en el mercado internacional. Pero no son las demandas de formación profesional de las empresas que no se reconvirtieron, ni han hecho cambios técnicos o que son medianas y pequeñas empresas. Estas siguen demandando, como en el pasado, un trabajador capacitado en oficios concretos. Los centros de educación superior deben ser, entonces, capaces de resolver un variado conjunto de problemas. En primer lugar el de las grandes empresas que demandan trabajadores con competencias diferentes para realizar nuevos servicios vinculados a la competitividad, la calidad y la productividad. Pero esta demanda no debe hacer desaparecer de la educación técnica la tradicional solicitud de capacitación para oficios, porque, en el caso de El Salvador, es la demanda que las empresas pequeñas y medianas, las volcadas al mercado interno (que son la gran mayoría) y las de bajo nivel tecnológico no la han modificado todavía.
Atender esta variedad de demandas es un problema difícil para la educación superior. Por otro lado, no se trata solamente de atender las demandas, sino de aumentar las posibilidades de empleo en el futuro; es decir, preparar no solo para el requerimiento actual, no solo para el requerimiento actual, sino de preparar al trabajador para que pueda trabajar bien en lo futuro.



