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El Salvador, Miércoles 19 de Junio de 2013
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Jueves, 08 de Febrero de 2007 / 13:25 h

Las piezas que buscaron su museo

¿Son las piezas las que mueven al ser humano y lo obligan a que les busquen un lugar adecuado de reposo? El ser humano, desde tiempos prehistóricos, tiene una cualidad: la contemplación de la belleza, y es tal que sus atisbos de la belleza natural los quiso plasmar en lo que más tarde se conocería como “obras de arte”.">   Versión para Imprimir




Por Néstor Martínez
Enviado Especial

Primera entrega

¿Son las piezas las que mueven al ser humano y lo obligan a que les busquen un lugar adecuado de reposo? El ser humano, desde tiempos prehistóricos, tiene una cualidad: la contemplación de la belleza, y es tal que sus atisbos de la belleza natural los quiso plasmar en lo que más tarde se conocería como “obras de arte”. El que dichas obras alcanzaran tal perfección y por ende su valía a los ojos de todos, las convirtió en motivo de exclusiva reverencia, tanta, que de una u otra manera, el ser humano se volvió esclavo de ellas, exigiéndole un cuido especial. Tal es el caso de las piezas chinas que buscaron su propio museo: el Museo Nacional del Palacio, en Taiwán.
La historia de las piezas más valiosas del Museo Nacional del Palacio, se remonta a la colección imperial de la dinastía Ch’ing, que constaba de muchos objetos de las anteriores dinastías Sung, Yüan y Ming, además de las propias de la dinastía Ch’ing.
El primer viaje de esta colección inicia con la fundación de la República de China. Se guardan las piezas en la zona norte de la Ciudad Prohibida. En 1914, el gobierno de la República estableció la Oficina de Exhibición de Objetos Antiguos en la corte exterior en la zona sur, y hacia allí prosiguen su viaje las piezas.
Estallan las luchas entre los señores de la guerra, y Pekín es ocupada en 1924 por Feng Yü-ying, obligando al último emperador, P’u-i, a abandonar la Ciudad Prohibida. La colección sufrió muchas pérdidas, y Feng decide ponerle paro al saqueo estableciendo la Comisión para la Disposición de las Posesiones Imperiales de los Ch’ing, y nombrando como director a Li Yü-ying.
Y aunque en octubre de 1925 se inaugura de manera oficial el Museo del Palacio en la Ciudad Prohibida, este no es la residencia definitiva que buscaban las piezas. Se nombra a I P’ei-chi como nuevo director del Museo, y este inicia la catalogación de las piezas, que incluyen antigüedades, libros y documentos.
Pero China es inestable, y en 1931 inician disturbios en el norte. Las piezas se mueven al sur, a Shanghai en cinco grupos en un total de 13 mil 491 cajas. Otras 6 mil 066 cajas con diversos objetos salen de la Oficina de Exhibiciones de Objetos Antiguos del palacio de verano de I-ho-yüan y de la Academia Imperial Han-lin-yüan.
En 1935, unas piezas viajan a Londres para la “Exhibición Internacional de Arte Chino” y en 1936 las piezas que estaban en Shanghai se trasladan a lugares especiales en el monasterio taoísta Ch’ao-t’ien-kung en Nanking. Aunque la colección estaba separada, muy pronto inician el viaje para la reunificación.
En 1937 Japón invade China, y el Museo del Palacio, envía por barco a Hu-han las ochenta cajas que antes fueron cedidas a Londres, y desde allí viajan a Ch’ang-sha, Kwei-yang, An-shun hasta Pa-hsien, en Szechwan.
Cae Shanghai en manos de los japoneses, y 16 mil cajas se envían al interior, en busca de lugares seguros. Una parte viaja por agua hasta el oeste de Szechwan y otra por tierra parte al norte y luego al oeste en tren, y en ferrocarril llega a Pao-chi, en la provincia de Shensi. Desde aquí, las piezas son llevadas en camiones para llegar finalmente a O-mei en Szechwan. Las piezas permanecieron empaquetadas durante la evacuación, sin embargo, las dificultades no impidieron que se exhibieran en cinco ocasiones y una vez las piezas viajaron a la entonces Unión Soviética.




Pero las piezas deciden viajar, y así, en noviembre de 1937, las cajas se envían hacia Chungking, en el oeste y después de 1939, se envían por caminos diferentes, un grupo a Kunming y otro a Lo-shan, para al final encontrarse en Nan-hsi, en Szechwan. En este pueblo y en el de Hsi-k’ang, los expertos de la Oficina Preparatoria del Museo Nacional Central estudian su artesanía tradicional, tumbas y cementerios de la dinastía Han y sacan a luz gran número de objetos que pasan a formar parte de la colección.
En agosto de 1945 los japoneses son derrotados y las colecciones se envían a Nanking, se disuelve la Oficina de Exhibición de Objetos Antiguos, y las piezas son llevadas a la Oficina Preparatoria del Museo Nacional Central.
Las piezas, aún no encuentran reposo. En otoño de 1948 la lucha entre los ejércitos nacionalistas y comunistas se hizo más intensa, y se decide enviar a Taiwán los objetos más valiosos de las colecciones del Museo del Palacio, de la Biblioteca Nacional Central, del Instituto de Historia y Filología de la Academia Sínica y de la Oficina Preparatoria del Museo Nacional Central. En 1949 se envía un segundo cargamento. En total se enviaron 2 mil 972 cajas a Taiwán, y aunque solo es el 22% de las cajas que originalmente salieron de Pekín, las piezas son lo mejor de la colección. Las 852 cajas que envió la Oficina Preparatoria del Museo Nacional Central, también fueron muchas de las mejores piezas de la colección.
Ya completada la colección se envían a Pei-kou, en la villa de Wu-feng, y se guardan en un refugio antiaéreo para su seguridad, aquí se hace un inventario, se catalogan de nuevo, se publican varias monografías y catálogos. Se reciben invitaciones para organizar exposiciones en los Estados Unidos para la Feria Mundial de Nueva York.
Pero las piezas buscaban su museo. En 1965 se inauguró un nuevo edificio para el museo en las afueras de Taipei, y se llamó “Museo Chung-shan”, en honor del padre de la patria, Dr. Sun yat-sen. Las piezas encontraron su residencia definitiva: el Museo Nacional del Palacio.




¿Son las piezas las que mueven al ser humano y lo obligan a que les busquen un lugar adecuado de reposo? El ser humano, desde tiempos prehistóricos, tiene una cualidad: la contemplación de la belleza, y es tal que sus atisbos de la belleza natural los quiso plasmar en lo que más tarde se conocería como “obras de arte”.">   Versión para Imprimir


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