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lunes , 11 diciembre 2017
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Entre Marx y la mujer desnuda (2)

René Martínez Pineda *

En el ejido académico –saqueado por la alienación monetaria de las consultorías y por el consumismo voraz de teorías dietéticas- sigue siendo más cómodo no leer a Marx, patient así como resulta más cómodo hablar de “conflicto social”, en lugar de lucha de clases; de “empresarios”, en lugar de burguesía; de Lady Di, en lugar de la mujer desnuda o la plusvalía; de “empoderamiento”, en lugar de toma del poder; de Arjona y Platón, en lugar de Engels y Lenin… y hablar de filosofía Aristotélica es visto como una señal infalible de ser un hombre culto y vigente, no obstante los escritos tienen más de 2,500 años. La pregunta recurrente y sarcástica ¿por qué leer a Marx? que se dice con el ceño fruncido, yo siempre la respondo con otra igualmente válida: ¿por qué no? La razón me la dan los informes económicos, la letra de las canciones de moda y los damnificados de las catástrofes invernales y telúricas. Pero la teoría de Marx, sus sustantivos, siempre estarán en el centro del debate político y académico.

Hablo de leer a Marx (evadiendo el juicio ideológico a una obra teórica que se repudia o envidia porque tuvo la valentía de ser política sin dejar de ser científica) no de emboscarlo desde la postura del biógrafo espurio o del sociólogo positivista que, asilado en un doctorado, vende fritada ideológica; hablo de decodificar en sus muchos y variados escritos (que a ratos hablan de plusvalía, a ratos de amor, y de súbito, en un giro mortal, encajan una cita literaria) las pautas teóricas, ideológicas y políticas que potencian la forma de pensar con una lógica rebelde y montar un debate científico para que las ideas que él, con paciencia y rigurosidad, rescataba de su época, sirvan de referente a las que enfrentamos en la cotidianidad de la nuestra.

El que el marxismo fuese fusilado, con dispensas de trámite, por quienes creen que los sentimientos no son parte del cuerpo; por quienes creen que la calle está enemistada con la ciencia; por quienes creen que la desnudez es una pecaminosa cuestión privada avasallada por la cultura para controlar el comportamiento social e individual (por eso la metáfora de “la mujer desnuda” para azuzar el prejuicio cultural, ya que todo el mundo relaciona desnudez con sexo); por quienes creen que el tiempo y el espacio son dos cosas aisladas (como creía Newton) no significa que la obra de Marx haya dejado de cuestionarnos, debido a que –como dice la sabiduría popular- se ha visto muertos botando basura… o simplemente votando. Tanto como las tesis más audaces y mundanas de Marx interesa redimir el método que usó para armarlas, y así comprender de forma revolucionaria la hojarasca del nuevo mundo que fue inaugurado formalmente por el vapor incesante del capitalismo en la Europa del siglo XIX.

Una lógica intelectual crítica que no sea un eco del otro mundo ni ideología retrógrada lleva al compromiso social; una lógica crítica que no obstante estar comprometida con lo humano y carnal (para que la religión no siga siendo el opio del pueblo) sigue siendo científica y es la que lleva a comprender el anhelo y vigencia de Marx, y su necedad por romperle el himen a las instancias políticas, militares, ideológicas y económicas que, hasta antes de él, estaban vulgarmente maquilladas de positivismo, mecanicismo y, en el peor de los casos, de cobardía y doble moral. Más allá de las licencias e ironías filosóficas, morales, culturales y religiosas presentes en Marx –su crítica epistemológica- refiriéndose a las instituciones de las clases dominantes de los modos de producción, hay que discurrir la intencionalidad clasista de la praxis social, económica e ideológica en las que –aunque no hubiesen sido denunciadas por Marx- tales instituciones se fundamentaron desde su surgimiento histórico (como lucha de clases, la Toma de la Bastilla no se diferencia de la toma de la Habana, ni la colonización de América con la guerra en Irak) y sólo a partir de ello el hombre logró arribar a un conocimiento científico de las relaciones sociales, la cotidianidad y el devenir histórico. De esos referentes históricos es que surge su tesis de la dictadura del proletariado.

Las diferentes teorías sociológicas asumen un talante propio que les permite entrar en debate, pero no les permite discutir sus términos y mucho menos discutir el porqué de la opción por un debate dado y no por otro. Ante eso, hay que hacer de la teoría crítica una crítica epistemológica contrahegemónica e, incluso, usar los conceptos o instrumentos hegemónicos –que es lo hace el marxismo- pero teniendo conciencia de los límites. Esos límites son hoy más visibles en la región latinoamericana en un momento en que las luchas sociales están orientadas a resemantizar viejos conceptos e introducir otros nuevos que no tienen precedentes en el marxismo. Realizar la renovación conceptual haciendo una hermenéutica de Marx es aplicar la sociología de la nostalgia a las primicias políticas del continente, teorizándolas debidamente nacionalizando los hechos.

Otra razón para resemantizar el corpus teórico de la sociología -desde la teoría crítica para que sea crítica- es la ingente divergencia entre lo dado en la teoría y la praxis emancipadora en América Latina. En el último medio siglo las luchas revolucionarias (o que querían serlo) fueron abanderadas por grupos sociales (estudiantes, catequistas, locos, maestros, campesinos, vendedores ambulantes, mujeres, médicos, ambientalistas) cuya figura en la historia de la lucha de clases no fue prevista simplemente porque no había forma de preverla al detalle (aunque sí la intuyó) en un contexto industrial, lo cual no niega el sustento fundamental del marxismo ni la lógica del capital denunciada por Marx, sobre todo en su trabajo sobre “la subsunción formal y real del trabajo al capital”. Se organizaron muchas veces con formas (movimientos de masas, comunidades eclesiales de base, piquetes, autogobierno, golpes de mano, poder popular) muy distintas de las planteadas por la teoría: el partido, el sindicato y el socialismo.

Readecuando la teoría crítica, las luchas revolucionarias actuales forman parte de la teoría marxista y hacen baladí la falacia de la globalización como única vía social. El que en la actualidad las demandas y aspiraciones populares no usen los términos familiares de socialismo y lucha de clases, sino que reivindiquen la dignidad, el respeto, el desarrollo local, la identidad, la diversidad, el buen vivir, etc. no significa que aquellas no existan.

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