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Lunes , 22 Mayo 2017
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EL PERDON Y EL KARMA

Dr. Chirstian Bernard, F.R.C.    (No. 1)

(Imperator actual de AMORC)

En muchos de mis mensajes, y de mis escritos en

general, Me gusta referirme e insistir sobre la noción

de la responsabilidad. De ésta resulta naturalmente

el libre albedrío y, en consecuencia, la Ley del Karma.

¿Absueltos con una varita mágica?

Tengo a veces la impresión de que para algunas personas no es el caso. Esto, quizás, podría ser debido a una educación que a menudo es cristiana, o al menos religiosa, que, ciertamente predica el castigo y la promesa de la condenación eterna, pero que, paralelamente, habla de la absolución.

¿Podemos ser absueltos de todo con un toque de varita mágica o con unas pocas bellas palabras? Personalmente, no lo creo, ya que el supuesto arrepentimiento es raramente sincero y simplemente motivado por el miedo o por interés. Por lo tanto, no hay una real toma de consciencia. Frente a nuestros errores y a nuestras malas decisiones, somos como un niño que hace tonterías, sorprendido en el acto por sus padres, jura que no se volverá a repetir y les suplica su perdón.

Por supuesto, perdonamos al niño y, por esa razón, nos imaginamos que cuando seamos adultos, Dios, a quien llamamos afectuosamente “nuestro Padre”, puede borrar y arreglar todo. Pero ese no es el caso si consideramos que las leyes cósmicas eternas e inmutables son Dios en acción. ¿Podemos exigir a Dios que se reniegue a sí mismo y  que reconsidere las leyes cósmicas? Por supuesto, los milagros existen, pero a menudo son el resultado de una ley.

Hay cosas en la Naturaleza que no se pueden cambiar, palabras que no se pueden retractar, escritos que no se pueden borrar. Los hechos están ahí y nuestros errores se presentan ante nosotros como tantas ofensas que es necesario que reconozcamos y cuyas consecuencias habrá que afrontar. No es a menudo suficiente murmurar excusas vagas, implorar, incluso exigir un perdón que pensamos que el otro absolutamente debe concedernos como una evidencia. Cuando perjudicamos a alguien, no podemos exigir que nuestra “víctima” limpie nuestra ama con su perdón. Eso equivaldría a dejarla asumir una parte de nuestra responsabilidad, y de víctima darle estatus de verdugo, como si ese perdón se nos debiera y que él fuera la esponja borrando nuestro karma. No hay nada de eso. No debemos confundir perdón y disculpa hay que saber disculparnos sin esperar el perdón del otro. Por supuesto, se nos otorga el perdón; eso alivia un poco más nuestra consciencia, y puede permitir abrir un diálogo que ya no se creía posible.

¿Es posible perdonar sin olvidar?

Se dice generalmente que tenemos que saber perdonar sin olvidar. Pero, ¿es posible perdonar sin olvidar, o a la inversa? Conozco a una persona que considero como excepcionalmente mística, buena, generosa, altruista, quien, sin embargo, tiene un razonamiento contrario a éste.  Es interesante observar esto. Pasado el choque, la emoción y la pena, ella sabe dominar la situación para que las cosas no empeoren. Trata de hacer poco caso al daño que le han hecho y continúa su camino sin desanimarse, con aún más fe, fervor y entusiasmo, todo eso para el bien común. Cuando lo veo ayudar a la persona que tuvo una mala actitud o deshonestidad hacia ella, siempre me  sorprende, y me digo y le digo: “¿Pero, entonces, has perdonado?”. Su respuesta es invariablemente la misma: “No, jamás.

No tengo el poder del perdón. Esto no es mi incumbencia, ni está dentro de mis posibilidades. ¡Es asunto del Cósmico!”

Ella no perdonará y, no obstante, todo su comportamiento indica lo contrario.

Por otro lado, conozco a personas que dicen otorgar su perdón, pero su actitud es ambigua. Ningún diálogo es posible, los lazos se distancian, incluso se terminan definitivamente, y los pensamientos permanecen negativos… estas personas,  no obstante, afirman que en lo absoluto y en un plano divino, perdonaron.

Esta visión de su mente los exime. Piensan que dan muestras de mansedumbre y sabiduría. Así, creen haber encontrado la clave que lleva al paraíso, pero nada en su actitud suena razonable. El tono no es bueno, incluso puede ser meloso. Este comportamiento se encuentra generalmente en aquellos impregnados de una educación religiosa.

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