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lunes , 11 diciembre 2017
EL JUSTICIERO

EL JUSTICIERO

JIM CASALBÉ /
Escritor, treat poeta y psicólogo

En realidad aquel espectáculo era extraño, ya que sobrepasaba el límite de lo real y lo fantástico, y el mensaje que a lo mejor pretendía dar quien lo estaba realizando, no cuajaría en la creencia y conciencia de quienes veían con extrañeza como aquel hombre desnudo estaría adherido como crucificado sobre la pared de aquel Teatro, tratándose de un reconocido político al que días atrás se le había encomendado la misión de conducir el Tribunal Electoral de la nación.
Todos y todas las curiosas lo reconocían a pesar de estar suspendido a unos cuarenta metros de altura y se preguntaban sobre las razones que tendría el personaje para colocarse en ese lugar y en esas circunstancias.
La luz del día todavía no se establecía del todo, y eran los madrugadores quienes contemplaban aquel raro evento, sin entender que esa era una importante señal de que algo inusual estaba por ocurrir en la nación entera, ya que a medida avanzaban los minutos, los comentarios respecto a que varios personajes, hombres y mujeres de la vida pública de todo el país se encontraban suspendidos a determinada altura sobre las paredes de los edificios más importantes del centro ciudadano, crecían, y lo más curioso era que en cada uno se podía observar un telón en donde se leía el historial negro de cada quien.
La atención se estaba centrando donde se encontraban algunos ex presidentes, ex militares y algunos políticos y políticas de alto nivel que según los datos que había inscritos en los telones los involucraba en actividades de corrupción, delincuencia común y otros hechos de alta criminalidad.
Para muchos de los que en vez de irse a sus trabajos les parecía que aquella situación, sin importar quien o quienes la estaban propiciando, era acertada y quizás una forma excelente de hacer justicia con tanta suciedad que se había acumulado en la historia del país, en donde muchos personajes de los que allí estaban postrados en el aire, extrañamente suspendidos y claramente desnudos, eran nada más y nada menos los mismos que por años se habían alimentado a lo grande, gozado de maravilla, enriquecido hasta más no poder y convertido legalmente en quienes debían mandar y gobernar como quisieran y cuanto quisieran a la nación, la circunstancia era nacional y ese día muy pocos se habían presentado a sus trabajos, y eran multitudes de personas las que estaban colmando las calles, avenidas y plazas públicas para presenciar tremendo escándalo que ya estaba siendo transmitido por los medios de comunicación social a todo el mundo, a excepción de aquellos medios que se sentían inculpados directamente, dado que algunos de sus propietarios y pseudoperiodistas eran también puestos ante la vista pública, en donde se les acusaba de ser instigadores de asesinatos políticos, mentirosos y manipuladores de la verdad social y política.
Aquello se estaba volviendo fiesta nacional, porque medio mundo estaba enterado de la magnitud que ello iba tomando, ya que algunos personajes de la iglesia también estaban colgados en el aire sobre las paredes de edificios públicos importantes y simbólicos de la identidad nacional, allí estaban hasta prominentes pastores evangélicos que se habían convertido en manipuladores de la conciencia y la libertad espiritual a favor de la falsa moral que se consideraba como oficial y única verdad que debía conocerse de la vida humana nacional.
Muchos tomaban nota de cada dato, otros se habían apropiado de algún sitio para celebrar ante los juzgados públicamente y arengar sobre la necesidad de que la gente entendiera aquel hecho como algo divino, y había quienes lo tomaban como la primer manifestación del verdadero Dios para empezar el juicio público de los malvados para condenarlos, pero había otros que arengaban e incitaban a que se les bajara para hacer justicia al estilo de los pueblos indígenas de algunos países de América, ya que era evidente que si se encontraban allí muchos de los personajes que tantos ignorantes consideraban como los buenos de la película, entre los que se contaban a los farsantes prometedores de bondades para el pueblo, los corruptos que habían desvalijado las arcas del estado bajo el consentimiento y contubernio de los poderosos, los que habían entregado la soberanía, las riquezas naturales y los bienes del pueblo a manos del único imperio existente en el mundo; los que siempre habían sido señalados como responsables de asesinatos, violaciones y masacres de gran magnitud, los que legal e institucionalmente falsificaban documentos de identidad para crear la cantidad necesaria de votos fraudulentos en elecciones políticas, poniendo a votar a los muertos, los presos, los migrantes y otros; los que de manera libre e ilegal aumentaban los precios a los productos y servicios en detrimento de las mayorías, se trataba de una fuerza fuera de lo normal la que estaba actuando en ese instante, ya que en algunos lugares ya se había intentado bajar a los imputados, pero curiosamente, aún sin estar atados ni sujetos a nada más que el aire, no se les pudo mover ni siquiera un centímetro del lugar en donde se les había colocado.
Muchos miembros de las familias más pudientes y dizque honorables del país habían optado por tomar un avión, su vehículo y otras formas para huir de aquel espectáculo público, en donde algunos de sus bien educados parientes estaban involucrados; otros trataban por todos los medios de cubrir el cuerpo de su pariente enjuiciado en ese instante, hasta que se llegó al colmo de que por orden del gobierno, bajo presión de la clase social poderosa económica y política, y el urgente y desesperado respaldo del sector militar, se declarara a la nación en estado de emergencia, por lo que se había llegado a la conclusión de decretar la suspensión de las garantías constitucionales bajo el marco de la ley del estado de sitio, en donde se conminaba a todos los curiosos a encerrarse en sus casas  a fin de evitar el caos social, ya que las expresiones de alegría de miles y miles de ciudadanos y ciudadanas se estaban haciendo sentir, con manifestaciones multitudinarias que terminaban en mítines en donde se decía que ese acto era de justicia que debía aprovecharse para acabar con la impunidad con que algunos vivían, a costa de la tremenda pobreza, marginalidad social, desigualdad e injusticia que reinaba en los sectores gobernados.
Columnas largas de soldados y de policías empezaron a empujar a la gente para que cumpliera con la orden de irse a sus casas, con el dulce de que nadie perdería el trabajo y por el contrario se les daría el derecho a sueldo por los días que durara aquel evento.
En pocas horas se había reprimido brutalmente a quienes se les quería negar el derecho de estar allí, frente a sus verdugos, esperando a ver la culminación de aquel cuadro en donde los que se decían buenos, estaban siendo extrañamente juzgados como lo más malo y podrido de la sociedad.
A fuerza de balazos, manguerazos de agua, balas de goma, gases pimienta y hasta lacrimógenos, la gente en su mayoría se había desplazado a sus casas, los medios de comunicación que transmitían el hecho en vivo, habían sido retirados de los sitios y obligados a desistir al derecho de información y de libertad de prensa que por principio ejercían en el país en donde muchos ignorantes se habían atrevido a afirmar que se vivía en plena democracia y que todos y todas gozaban de una envidiable libertad, y que solo quien no quería trabajar no progresaba.
Grandes cordones de seguridad encerraban aquellos sitios de justicia pública, pero sin durar mucho, ya que en unos minutos, aquellos telones en donde se leía el record de los acusados se habían elevado a una altura en donde cualquiera, desde cualquier parte de la ciudad que estuviera podía leer, y peor aún, justo sobre cada telón se ponía la fotografía a todo color del personaje a quien pertenecía el historial, entonces, todas las leyes y prohibiciones dejaron de ser importantes, y aquel ejército de hombres y mujeres que se había desplegado por los lugares públicos  se fueron a sus cuarteles, ya nada ni nadie podía impedir que el pueblo entero se diera cuenta de que aquello iba en serio, que algo grande se estaba gestando por fin en beneficio de las mayorías y les renacía el sentimiento de esperanza para que se hiciera efectivo un cambio en la forma de gobernar a una nación, en donde los privilegios de los ignorantes y los malvados dejaran de ser el modo de vida de unos pocos.
De pronto, ante los ojos de millones de personas, justo en la claridad del cielo azul y despejado que había ya en horas del mediodía, alguien invisible y todopoderoso, comenzó a escribir en el espacio con letras grandísimas que podían leerse desde kilómetros de distancia, un mensaje que le daba identidad a quien estaba provocando aquel escándalo nacional.
“Todos aquellos que estén involucrados en hechos delictivos, que nadie conoce, que estén robando, matando, amenazando, manipulando, chantajeando y que no hayan sido enjuiciados por las leyes, se les anima a que tienen hasta las tres de la tarde, para presentarse a las delegaciones policiales y declararen o se confesaren culpables del delito que están cometiendo, caso contrario, desaparecerán de la tierra, reventarán como burbujas, y los expondremos ante la vista pública de inmediato.
Si quienes están siendo juzgados confiesan su culpabilidad, se les bajará de los sitios donde flotan y se les aplicará la justicia que merecen, para ello solo deben pedir la oportunidad para confesarse, de lo contrario comenzaran a reventarse en el aire para su feliz desaparecimiento de la faz de la tierra” Decía aquel colorido letrero, como si se tratara de un renglón de mensajes comerciales puestos al pie de la pantalla del tamaño del cielo.
Muchos estaban obedeciendo lo que estaría indicando repetidamente el letrero que estaba en el cielo, procurando estar antes de que se cumpliera el plazo que se les estaba dando, y de los que estaban siendo expuestos a los ojos del público en el aire, algunos de los que flotaban en el aire, se habían declarado culpables y de inmediato bajaban hasta que se presentaban a los cuarteles policiales para su respectivo registro y se procediera a aplicarles las leyes sobre cada delito cometido.
Y no se permitían chantajes y privilegios a nadie en el momento de la declaración de culpabilidad y confesión del delito, ya que aquel funcionario que pretendiera encubrir a los criminales confesos era inmediatamente desaparecido ante los ojos de todos.
Aquellos centros de detención no daban abasto, grandes filas de hombres y mujeres con los rostros cubiertos por la vergüenza, esperaban turno para deshacerse de aquella pena que por años habían mantenido en secreto, y hubo algunos que decían cosas en contra de lo que estaba ocurriendo, culpando a otros de sus actos y desvalorando lo que ocurría, todavía creyendo que aquello no era cierto y que a lo mejor era otra de las medidas de quienes les envidiaban o de sus adversarios políticos, y en fin, una serie de justificaciones respecto a lo que ocurría, pero se mantenían allí, incrédulos pero prestos a ser enjuiciados en secreto, antes que ser expuestos a los ojos del público con todas sus fechorías.
“¿Y al presidente de la república por qué no le hacen esto?” Recriminaba uno.
“Si yo he robado, mi jefe es el que me ha obligado” Decía otro.
“Esta es otra vil estrategia de los comunistas” Argumentó otro.
“A saber que envidioso está patrocinando esta babosada” Se oyó que decía una señora bien emprendada y bien vestida.
“Esto es obra del Diablo” Decía un pastor evangélico que estaba siendo acusado de abusar niñas y niños, de robar las ofrendas que le daba obligadamente tanta gente que a saber como había domesticado por años, por lo que se había enriquecido exageradamente en poco tiempo.
Y así se escuchaban tantas cosas respecto al hecho, de tal modo que muchos estaban allí, sin estar convencidos que aquello tenía en realidad un gran significado, y que marcaba el inicio de la transformación humana, a través de un hecho que todavía no tenía un responsable claro, pero porque se había hecho como ningún ser humano podría hacerlo, es que se dejaba la posibilidad de creer o no, pero que aún así era mejor seguir el orden de lo que se estaba dando, ya que nadie estaría dispuesto a desaparecer de la faz de la tierra, que cierto o no, era mejor no arriesgarse, y muchos decían que en fin, si ese acto de justicia sucedía solo una vez no era ningún problema el declararse culpable, ya que era mejor sobrevivir, porque de esa forma podría volverse a hacer lo que en ese acto se perdía.
El plazo estipulado llegó a su fin, y efectivamente, una gran cantidad de personas había reventado ante los ojos de sus parientes, viviéndose desde ese momento una situación de tragedia nacional, ya que eso sucedía en todos los lugares del país, y nadie desde ese instante, dudó de que aquello tenía una connotación trascendental para la nación, pero lamentablemente, para quienes se habían convencido de la importancia del suceso demasiado tarde, lo único que esperaban era su turno para desaparecer y pasar a engrosar la lista de los ya ajusticiados por aquella fuerza superior a la que nadie le encontraba una explicación racional, ya que para los religiosos no se trataba de justicia proveniente de Dios, porque muchos religiosos estaban siendo ajusticiados y eso no era lógico; no era obra de extraterrestres, porque al fin y al cabo, todos los que estaban siendo imputados no creían en esas cosas, y que de todas maneras ningún ser de otro planeta, si es que existían, tendría interés de hacer justicia con seres humanos de las mal llamadas buenas familias, sin tomar en cuenta a los de malas familias, es decir, los pobres; no se trataba de un acto de justicia política, porque ningún político tendría la capacidad demostrada en el acto; en fin, la situación presentaba signos de que se trataba de un acontecimiento fortuito, casual, promovido por algo o alguien con una capacidad fuera de lo normal.
En pocos minutos, las calles y plazas se manchaban de aquel color rojo oscuro de la sangre que se rociaba por todos lados, ya que tanto quienes estaban suspendidos en el aire, como los que esperaban turno para declararse culpables de algo en los recintos policiales, agregando a miles y miles de personas que no creían en lo que estaba ocurriendo y habían decidido no confesar sus maldades, reventaban, los gritos de angustia de los dolientes se oían por todos lados y el hedor a sangre se apoderó de la atmósfera, se trataba de miles de ajusticiados, de quienes no quedaba más que su sangre rociada en la tierra, ya que sus cuerpos se desintegraban en el aire haciendo un sonido seco al explotar.
Llegada la noche, los gritos de la tragedia nacional, iban en crecimiento, no existía lugar en el país en donde se oyera aquel horrible grito desgarrador de la muerte y la desesperanza, era algo así que se había presentado como si fuera una pesadilla de alguien que cargaba una conciencia pletórica de insatisfacción e impotencia, o de otro que se sintiera plenamente satisfecho de que las cosas para los demás fueran tan malas.
Entre tanto escándalo, surgió desde un lugar de la ciudad un grito que superaba los que se hacían en todo el país, ya que resonaba como si se estuviera reproduciendo desde el cielo, provenía de un anciano sacerdote que al parecer se negaba a ser enjuiciado o quizás celebraba el no haber pasado por la prueba, se trataba del desgarrado sentimiento del más importante jerarca de la iglesia, quien en su cama, se debatía entre la vida y la muerte, gritaba, lloraba, gemía, pujaba, todo él era un enredo de expresiones de dolor, hasta que su auxiliar lo tocó para hacerlo volver a la realidad después de consolarlo y contemplarlo como si se tratara de un niño.
“No, yo no debo confesar mis maldades, sería desastroso” Decía el padre en extremo delirio.
“Cálmese, padre” Le decía constantemente, el auxiliar. ”Tuvo usted una tremenda pesadilla” Le agregaba.
“No, es verdad, la hora del juicio final se ha hecho realidad” Continuaba el padre.
“Cálmese, solo fue un mal sueño” Insistía el joven sacerdote.
“Todos, los políticos, militares, millonarios, criminales, ladrones y hasta religiosos, estaban colgados y muriendo ante la vista de la multitud, todo por obra y gracia del cielo” Seguía relatando pausadamente el padre.
“Ya todo pasó, olvídese de eso, usted y yo sabemos que eso nunca será realidad.” Sentenció el auxiliar. “Mejor iré a prepararle un cafecito, vuelvo enseguida” Y se retiró para irse directo a la cocina el padre joven, volviendo en un instante con el padre.
El Obispo viejecito sudaba, pero poco a poco sus ojos llorosos los abría para convencerse de que solo se trataba de una pesadilla, hasta que su respiración y sus demás signos vitales se normalizaron entre las nobles caricias de aquel otro religioso que ignoraba la magnitud de lo que el padre había soñado.
“¿Ya nadie grita, nadie ha muerto, nadie llora?” Preguntó.
“No, solo usted ha llorado y gritado como ha querido, de ahí nadie más” Le respondió el auxiliar.
El padre se quedó callado, guardándose aquello que le había quedado bien fresco en su conciencia, mientras que su auxiliar le daba de tomar un cafecito bien caliente y cargado para que volviera del todo a la realidad, y esperar a que aquel viejecito, que muy poco hablaba, alguna vez contara lo que había en su sueño o que todo aquel panorama de justicia real se le diluyera entre tantas cosas que le ponía enfrente la rutina de todos los días.
Canadá, 1996

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