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sábado , 16 diciembre 2017
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El hombre de rostro extraño (Continuación)

El hombre de rostro extraño (Continuación)

Luis Antonio Chávez
Escritor y poeta

Junior se fue directo al cuarto, sickness diciéndole a su mamá estar cansado, sales que se acostaría y no le molestara para nada; pero antes de caer en brazos de Morfeo, extrajo de un escondite secreto que tenía en su bolso escolar un rollo de papel periódico con un poco de hierba seca, corrió a la puerta del baño cerrándola con pasador.
El vástago del escritor en potencia que abandonó sus aspiraciones de ser miembro de la Real Academia de la Lengua y del Ateneo por dedicarse al negocio de bienes y raíces, puso incienso en un depósito de aluminio prendiéndole fuego, el aroma se extendió al instante y con ello evitó ser descubierto por su madre fumando marihuana.
Mientras fumaba droga permaneció con la mirada ausente, fija sobre un rayo de luz lunar filtrándose por la ventana, observando en silencio las volutas de humo desprendiéndose en el aire. Estaba inmóvil, como clavado en esa luz del firmamento que iluminaba el rostro otrora lozano por uno más extraño. Comenzaba a perder lo angelical.
Los rayos perpendiculares de un sol sabatino lo encontraron de pie. La pipa de metal con el alucinógeno aún permanecía en sus labios. Junior comenzó a vociferaba palabras cuyo significado ignoraba… su piel comenzaba a sufrir metamorfosis.
Con el cerebro aturdido por el humo tuvo un ataque de risa, sus ojos centellaban un brillo raro, parecía un joven distinto al del día anterior cuando salió hacia el colegio. De suerte que tenía encendido el radio y así minimizó el sonido de sus carcajadas.
Dos meses faltaban para que Henry Junior recibiera el certificado acreditándole para iniciar estudios de bachillerato, cuando un sábado por la tarde se presentó a su casa totalmente fuera de sí; drogado y borracho.
Su padre, al verle en ese estado, lejos de reprenderle se alegró: ahora tendría un cómplice con quien saldría los fines de semana.
Admirado por su papá, Junior no supo diferenciar si lo que hacía estaba, o no, bueno, pues don Henry, con su actitud, avalaba su desliz.
Los días fueron transcurriendo. El retoño de la familia Asdrúbal se volvió advenedizo, incumplía las reglas en el hogar… comenzó a mofarse de sus progenitores. Así llegó el día de la graduación de noveno grado, pero Henry Junior no volvió a ser el mismo desde que se fumó un porro.
Joaquín Montenegro, director del colegio, luego de vender las tarjetas para la graduación, asistió junto a otros profesores a entregar los diplomas a los graduandos… uno por uno llamó a los estrados.
Por la noche se realizó una cena bailable en un hotel capitalino a la cual llegaron los alumnos vistiendo trajes de gala: Junior volvió a hacer de las suyas; de repente se encontró con el Greñas, un tipo regordete, ancho de espaldas y cabello colorado, por lo cual se había granjeado el mote de “Cabeza de fósforo”, con quien se perdió para elaborar cigarrillos de marihuana.
Horas después era buscado por los padres, encontrándole en los baños del hotel completamente drogado, hábito que se le volvió obsesión, como una extravagancia más de su estado de rebeldía.
Si bien Junior inició con marihuana, ansiaba experimentar otras reacciones: comenzó a hurtar pequeñas baratijas del hogar para venderlos y así comprar lo que su organismo le exigía. Ese día alguien allegado a la escuela compartió con él unos hongos alucinógenos, perdiéndose en el camino que dio signos de vida hasta una semana después.
Lo primero que desapareció del cuarto fue una computadora laptop que el padre le había regalado el día de su cumpleaños., Cuando interrogaron a Junior que qué la había hecho, se limitó a decir que se le había extraviado camino al colegio.
Fue tanta la ignominia en el hogar de los Asdrúbal, que el hijo de Matilde compraba su aditivo para el fin de semana. Los dos días no salía pidiéndole a su madre que le dejara los alimentos cerca de su cuarto. En ese trajín perdió peso y el deseo de vivir, descuidándose hasta del aseo personal.
Comenzó a echarle cierto polvillo a los cigarrillos de marihuana, descubriendo, como lo han hecho otros drogodependientes, que resulta más fácil adquirir el hábito de volverse adicto a las drogas que escapar de ello.
El rostro lozano y angelical se volvió adusto, poco expresivo, la cara amarillenta, pálida, los párpados caídos, las pupilas desgastadas, sin brillo, el pelo desaliñado, sin vida. El rostro se estaba volviendo extraño.
Otro día apareció calzando un par de mocasines. Para evitar ser interrogado le dijo a su mamá que un ex compañero de estudios se los había cambiado por los que él usaba.
Quien más sufría los cambios de personalidad y las humillaciones era Matilde, pues temía la reacción del esposo, por eso lo ocultó, pero el jefe del hogar tampoco andaba con buen pie, se ausentaba hasta una semana por caer en brazos de otras concubinas, limitándose a enviar los gastos del hogar y la mesada de su retoño.
Ni la comprensión sumándose a la oración pudo detener el vendaval que se cernía. El joven de rostro extraño fue internado dos meses en una clínica para adictos a la drogodependencia; la intención era desintoxicarlo.
La asistencia a la iglesia sirvió para que el consejero espiritual –un tipo de mediana estatura, lentes gruesos y calvicie prematura- les vaticinara mal fin para el hijo que tanto amaban.
Enero llegó cuando menos lo esperaban. El niño prodigio fue matriculado en un colegio regentado por sacerdotes jesuitas; institución donde intentó cambiar, se cortaba el pelo, se peinaba, y aunque mostraba en el rostro los estragos de la drogodependencia, intentaba ser otra persona para dejar el pasado.
Los primeros seis meses de estudio en el nuevo colegio pasaron rápido. Entretenía su tiempo leyendo, asistía a la iglesia, escuchaba sermones e incluso se había unido a los clubes de ayuda colectiva; sin embargo el cambio duraría poco.
No iba mal en los estudios, pese a las exigencias en el colegio jesuita, se aplicaba al máximo, mejoró sus notas e incluso hizo nuevos amigos que le consideraban otro más del redil.
Matilde y Henry padre se sintieron dichosos, se veían como una familia compacta; pero el padre del otrora hijo modelo se perdía en los brazos de sus meretrices.
El viernes 30 de julio salió temprano del colegio. Ese día no quiso jugar baloncesto con sus compañeros yéndose directo a la casa, pues se sentía cansado.
Llegó al hogar después del mediodía. Iba dispuesto a descansar, no estaba su madre ni las sirvientas, intuyó que quizá andaban por el mercado. Se preparó unos panes con jamón y queso, agarró un poco de jugo de naranja de la refrigeradora, encendió la televisión. Al culminar un programa fue a la cocina a prepararse más bocadillos. Cuando regresaba se encontró con la revista Economía que distribuía un matutino local. Leía un artículo, pero al pasar las páginas halló un sobre abierto, cuyo destinatario era su padre.
Intranquilo se dedicó a fisgonear el contenido. Era una carta de amor de alguna de las consortes de su padre y en algunas líneas declaraba cosas íntimas. Se sintió decepcionado por el padre ejemplar que tanto admiraba, pues había salido siendo un Don Juan… pero decidió guardar silencio. Quemó el sobre.
Dos semanas después observó a su papá que hurgaba algo dentro de la revista y al no hallarla le preguntó a su esposa si había tomado un sobre que ahí se encontraba.
Matilde, quien había sido educada bajo otros conceptos, le dijo que no tenía costumbre de fisgonear en sus papeles, que buscara bien antes de acusarla, pues ignoraba qué contenía ese sobre que tanto le apremiaba.
No satisfecho con sus palabras, Henry padre se fue de la casa sin desayunar, dio un portazo que llamó la atención de sus vecinos, quienes ya intuían que el hogar de los Asdrúbal andaba de cabeza.
La noche llegó tan rápido como se iluminó el día. El joven se dedicó a ayudar a su madre en los quehaceres del hogar: limpió la casa, mientras ella fregaba los trastes, barrió y trapeó, arregló las camas, por la tarde vio un poco de televisión, después se dedicó a leer y a preparar sus bártulos porque el fin de semana –supuestamente- irían de paseo a donde unos parientes en el campo.
Junior intentó volver al deporte a fin de dejar la drogodependencia, pero la falta de práctica había dejado huella en su organismo.
El primer día de vacación, por la tarde, mientras jugaba baloncesto con otros compañeros sintió en el aire el aroma inequívoco de que alguien fumaba droga.
Dejó –con la excusa de ir al baño- a sus compañeros y se fue en búsqueda de ese aroma que tanto daño le había causado a su organismo.
Atrás de las aulas donde recibía clase de lenguas extranjeras y cerca de una bodega, se encontró con César Vladimir, un tipo lampiño, frente ancha, nariz aguileña y ojos adormecidos, quien –escondido- prendía fuego a uno de esos cigarrillos fantásticos.
César, al otear al intruso lo estudió de pies a cabeza, para que finalmente lo convidara a fumar con él y darse un “super”… después de ese cigarro, como se les terminó la hierba optaron por oler pegamento de calzado… al principio Henry no quería hacerlo, pero como nunca se había drogado así premió más la curiosidad.
Quedó claro que quien prueba droga vuelve a los rediles si no ha sido desintoxicado en su totalidad buscando la medicina y los mecanismos adecuados para ello, pues las recaídas son mucho más fuertes.
Tenía días de andar como león enjaulado, ansioso y tembloroso, agresivo y de mal genio –eso, de acuerdo a la madre- era signo inequívoco de que recaería en la drogadicción. El error fue querer engañar a los padres; dulcificó la voz, llegaba temprano a la casa dedicándose por completo al estudio. Pero, todo fue un espejismo para sus progenitores.
Su madre se había vuelto de la noche a la mañana en confidente y cómplice, pues Junior comenzó a pedirle que le consiguiera droga amenazándole que de no hacerlo iría por ella, arriesgándose a que le asesinaran o si no se mataría.
Matilde, por temor a las amenazas se metía en sitios difíciles, así conoció una comunidad cercana a un centro comercial cuyos propietarios eran parte de las familias más millonarias del país.
Recorría la ciudad de norte a sur, de oriente a poniente… metiéndose en sitios tétricos y nauseabundos… ahí hallaba personas vestidas con harapos, limpiando carros o vendiendo cualquier baratija para luego comprar droga.
Pero ¿cómo iba ella, mujer de clase media alta, a meterse en semejantes lugares a comprar droga exponiéndose a ser asaltada o violada?, sólo el amor de madre lograría que hiciera semejante hazaña.
Quince días tenía Junior de haberse extraviado de la casa sin que diera signos de vida, cuando Matilde, con el rostro mustio de angustia y los párpados caídos por permanecer en completa vela, decidió ir a buscarlo buscándolo en las cárceles y hospitales, pues abrigaba la esperanza de hallarlo con vida.
Abordaba –desde muy temprano- cualquier autobús y se metía en sitios feos, donde había drogodependientes consumiendo piedra de crack, pues los vecinos le decían haberlo visto merodear la zona.
La madre de Junior se metía en sitios nauseabundos, donde sólo la lacra de la sociedad se refugia, donde viven hombres, mujeres y niños cual piltrafa humana presas de la drogodependencia, disputándose un mendrugo sacado de los basureros o compartiendo la piedra.
Cuando su vista se acostumbraba a la oscuridad de las cloacas, encontraba masas de gente, hombres y mujeres acostados en el duro pavimento, sobre viejos cartones, otros, encorvados, de rodillas, con las cabezas echadas hacia atrás, con el mentón hacia arriba y en su boca pequeñas pipas que dejaban ver en la oscuridad diminutos círculos de luz, encendiéndose y apagándose tras ser consumidas.
Una cortina oscura se cernía en la zona mientras en el cielo se anunciaba una pronta tormenta… en la lejanía se veía el titilar de algunas estrellas en el firmamento.
Media hora después caía sobre la ciudad una borrasca hureacanada.
Una mujer menuda, de pechos abultados y pelo oxigenado le salió al paso en la casa donde vendían droga. Ésta permaneció en el umbral, con una mano alzada y la otra sobre la cintura.
-¿Qué desea? -le interrogó la joven con una voz dominante, áspera y atemorizante.
-¿Está Amílcar, El Colocho? –inquirió Matilde.
-¿Para qué lo quiere?, ¿quién es usted? –volvió a interrogar la joven.
-Necesito hablar con él –le respondió Matilde.
-Usted quizá es policía u oreja, porque facha de compradora de droga no tiene.
-No soy lo que usted se imagina, me manda Henry, Cara de Ángel, como él le llama. Según me dijo mi hijo, a él le compra piedra y le manda a decir que me venda lo necesario para su consumo.
Al oír las palabras, se acercó a la puerta Amílcar El Colocho. Vestía una playera Beige, pantalón vaquero azul desteñido y zapatos deportivos. Lucía en su garganta una gruesa cadena de oro que caía en su pecho lleno de pelos.
Matilde reconoció la cadena al instante, pues fue un regalo que le dio su madre antes de morir. Complementaba su atuendo varios anillos de metal amarillo de 14 quilates. Tenía cinco en cada dedo y una gruesa esclava que pertenecía al papá de Henry Junior, también llevaba puesto un reloj Rólex, cuyo fondo tenía unas piedras brillantes que semejaban ser rubíes.
Amílcar se plantó bostezando frente a Matilde, y le dijo:
-¡Otra vez usted señora!, que no le surtí suficiente piedra hace dos días, se necesita amar mucho a un hijo o alcahuetearle lo sinvergüenza para hacer lo que usted hace por Cara de Ángel.
-Usted sabe, es mi hijo y no quiero que le pase nada en la calle, por eso vengo de nuevo.
-Mire, este es un negocio y de aquí mantengo a mi familia, pero para mí que Cara de Ángel ya tocó fondo, si observa, todo esto que cargo sobre mi cuerpo es de oro -se señaló las prendas que poseía- él me los vendió, me da lástima usted que se presta para venirle a comprar esta porquería.
-Sí, yo sé que no debería venir aquí, pero tampoco quiero que se me muera o le pase algo en el camino.
-Lo que pasa es que Cara de Ángel la está utilizando, yo sé que no debería meterme en sus vidas, pero me da sentimiento, sólo me recuerda a mi madre cuando me visitaba en la cárcel. Yo ya me había retirado de este negocio, pero la policía donde me encontraba me metía preso sin que ni para qué, entonces por capricho volví, pero me estoy haciendo de una buena fortuna para irme lejos de ese país de mierda.
-Me dijo mi hijo que le vendiera lo que alcanzara con este dinero –Matilde, hurgó en un pequeño bolso hasta los centavos que le servirían para irse de regreso a su casa.
Al ver eso, Amílcar se fue hacia dentro del dormitorio y al abrir la cortina, Matilde alcanzó a ver a dos niños  entretenidos jugando en una computadora laptop, la cual reconoció como el regalo que le había dado su padre a Henry Junior. El Colocho regresó tan pronto como se había ido, trajo la mercancía, expresándole a Matilde:
-Es la última vez que le vendo piedra, prefiero perder a un cliente y no a un amigo. Cara de Ángel es inteligente y sé que con la ayuda de Dios aún lo pueden rescatar de las drogas antes que sea demasiado tarde, deberían internarlo lo más pronto posible en uno de esos lugares donde llevan a los drogadictos. ¡Me da lástima ver lo que hace por él!
Tras oír al Colocho, a Matilde se le rodaron las lágrimas, hurgó en su bolso un pañuelo pasándoselo por el rostro.
Al verla en ese estado, al Colocho se le enrojecieron los ojos y estuvo a punto de rodársele una lágrima… se fue para dentro regresando al instante con un montón de dinero, manifestándole a Matilde que se los daba para que lo internaran a Cara de Ángel lo más pronto posible. Cinco minutos después la mujer brillaba por su ausencia.
Matilde llegó a la casa hora y media después de cruzarse de poniente a oriente la ciudad, llevaba sus pies llagados, entumecidos y anegados en agua por la lluvia recién caída sobre la capital.
Junior la esperaba con el rostro ensombrecido, tembloroso y ansioso, con los ojos desorbitados y los párpados caídos… sudaba como un asno después de subir un cerro con una carga de leña, y esto que la noche estaba fresca por la llovizna recién caída.
-¡Trajiste mi medicina! –le espetó al instante, sin una pizca de cortesía hacia la progenitora de sus días ni detenerse a preguntarle cómo se encontraba.
-Si hijo –le dijo Matilde, sacando de su cartera el encargo, bolso que fue arrebatado al instante por el joven quien no se percató del estado en que ella iba, ni le dijo buenas noches.
Henry Junior corrió al instante a la habitación cuya puerta desvencijada era testigo mudo de las ocasiones en que el joven la cerró con fuerza sin importarle un bledo los regaños de su madre, ya que a su padre le tenía pavor.
Ese día terminaron de caerse los vestigios de una puerta de cedro que el padre había mandado a hacer donde don Antonio Flores, el ebanista, padre de un varón y tres hermosas mujeres. Una de ellas traía de un ala al hijo del escritor en potencia, atracción que no se atrevía a revelar por timidez.
A Henry Junior no le importó las consecuencias de su acción, lo que deseaba era drogarse y punto. Se fue directo a un escondite “secreto” donde tenía la pipa, le prendió fuego a la piedra y una semana después desapareció de nuevo.
La madre volvió a orar y a pedirle a Dios que se lo devolviera sano y salvo. Recorría toda la ciudad y regresaba a la casa, exhausta, pasada la media noche.
El invierno terminó dando espacio al verano. Las semanas y los meses pasaron. Matilde, consumida moralmente, pero con la esperanza de localizar a su hijo, se negaba a creer que éste había muerto. Una mañana de enero recibió una llamada telefónica:
-Aló.
Tras escuchar el sonido peculiar del teléfono en la casa donde reinaba un competo silencio, pues Matilde, al ver que el dinero no alcanzaba, había despedido a las dos mujeres que le ayudaban con los quehaceres del hogar, se abalanzó sobre el auricular:
-Sí, quien habla.
-Soy yo, niña Matilde, Ala Stenio, su vecino.
-Dígame Alan.
Tras decir aquellas palabras, a Matilde se le encendió una luz de esperanza, como que Dios en su inmensa bondad había escuchado sus oraciones.
-Fíjese, no estoy seguro, pero por la voz creo que es Henry al que acabo de escuchar hablar, está junto a otros drogadictos abajo del paso a desnivel del puente… dudo que sea él, pues todo sucio, barbado y el pelo parece mascón de fregar los trastes… está con unos pordioseros peleándose un pedazo de pan que hallaron en el basurero de la esquina.
En efecto, Junior tenía meses de estar junto a otros drogodependientes, quienes fumaban droga y dormían en el sitio sin que la policía les dijera nada.
-Conozco, salgo para allá inmediatamente, gracias por avisarme, Dios le pagará –le dijo Matilde a Alan, colgando al instante el auricular.
Matilde se presentó al lugar media hora después a bordo de un carro de alquiler. Llevaba agua y suero, pues se le caía la cara de vergüenza la facha con que el susodicho se encontraba.
Amorosamente, Matilde limpió a su hijo. El taxista, por su parte, subió la tarifa de la carrera, pues se negaba a subirlo a su carro por temor a ser agredido.
Cuando llegaron a la casa, Matilde pidió a Henry que se bañara y cambiara de ropa. Después de comer, le inyectó suero, quedándose dormido.
Los días de infierno –en apariencia- quedarían atrás para Junior, quien pasada una semana al bajar las escaleras de su cuarto y dirigirse a la cocina a prepararse algo de comer, se percató que frente al sofá donde colocaban el televisor estaba la fotografía de su padre y a la par de ésta una vela encendida.
Intrigado, lanzó una serie de interrogantes, limitándose Matilde a sollozar amargamente.
Calmada la situación, la madre narró a su hijo lo sucedido. Le dijo que después de la desaparición, su padre simulaba salir a buscarlo por la ciudad, bebía a diario perdiéndose por completo en brazos de Baco, encontrándolo un viernes por la tarde cerca de la terminal de buses en un predio baldío.
Agregó que –según el expediente forense y de la policía- su padre había recibido cinco balazos en el cuerpo, que en ese sitio lo llegaron a tirar de un carro, que las investigaciones dieron luz que fue muerte pasional, luego que uno de los esposos de una de sus amantes lo encontró con la mujer en la casa de la consorte.
Tras escucharla comenzó a gritar como orate, a vociferar improperios contra la policía, los pordioseros y hasta de su madre a quien acusó de mediar para que lo asesinaran… gritó tanto que unos vecinos llegaron a ayudar a Matilde para que le pusiera unos sedantes. Junior despertó un día después, internado, en el hospital. Despertó internado en una clínica donde desintoxicaban a drogadictos un día después. Esta vez Matilde juró no sacarlo hasta que no estuviera sano por completo.
La piel de Junior se iba arrugando más y más, el rostro tórnose extraño sin que los médicos –pese a hacerle varios análisis- al verlo en ese estado, a Matilde se le rodaron las lágrimas, recordando la película Un hombre llamado elefante.
El unigénito permanecía en la clínica donde desintoxicaban a los adictos a las drogas, recibía como únicas visitas a su madre y a Mauricio, con quien se lío a golpes en noveno grado; éste se había convertido al evangelio y llevaba la palabra de Dios a los enfermos en todos los hospitales.
Ya reconciliado con su antiguo amigo, platicaban largamente de los estudios, pero Mauricio, reservado como era, jamás tocaba el tema del pleito ni hacía alusión al cambio de piel experimentado por Henry.
Dos años después salió de la clínica, estaba completamente sano. Henry estudió mucho para culminar sus estudios de bachillerato, lográndolo con honores, eso le ayudó para lograr una beca y continuar estudios académicos, poniéndole a Junior el epíteto de elefante.
Hoy, el antiguo adicto a la piedra de crack tiene una clínica de desintoxicación para drogadictos y amantes de las bebidas etílicas. Ésta la atiende por las mañanas y por las tardes lo espera su madre y la esposa junto a sus dos hijas que gozan de un rostro angelical.
Junior cambió de residencia vendiendo la casa donde habían vivido nueve generaciones familiares; con otra visión de la vida, en la nueva residencia se respira paz y tranquilidad.
Los fines de semana pasan, Matilde con sus nietos y la nuera, platicando sobre los nuevos tiempos, mientras Junior busca en el internet un medicamento que le renueve la piel, pues ya se cansó de aparentar noventa años cuando en realidad ronda los treinta y cinco.

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