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Viernes , 22 Septiembre 2017
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El Habito no hace al monje

Orlando de Sola W.

Las apariencias engañan y no todo lo que brilla es oro: dos dichos populares que resumen sabiduría milenaria.

Si el río suena es porque piedras lleva. Y eso es lo que sucede en nuestro confuso sistema político, medicine donde funcionarios públicos y órganos del estado chocan por el nombramiento de funcionarios a importantes cargos. Mucho tienen que ver en esa pugna la mezquindad, la falta de visión estratégica y la arrogancia de ciertos personajes, aparentemente poderosos, pero débiles en su autoridad moral e influencia.

Nuestra mestiza y clasista cultura califica y descalifica a las personas por su origen étnico, sus creencias y el color de su piel, pero también por su condición económica y situación social, lo cual contradice la libertad, igualdad y fraternidad, así como la constitución de 1983, modificada en el 91 para ajustarla al Pacto de Chapultepec.

La constitución que tenemos es producto de la guerra fría y nuestra ambivalente cultura, que no prioriza la dignidad individual, ni el bienestar colectivo, sino todo lo contrario, como dijo un mexicano.

En nuestra desigual sociedad cuentan mas los títulos, profesiones, carreras, oficios y estratos sociales, que nuestros derechos a la vida, libertad y propiedad, especialmente de nuestro cuerpo, pensamientos y sentimientos. No todos podemos ser señores, ni “dones”; ni doctores, ni generales, porque nuestro sistema de castas, heredado del viejo y del nuevo mundo, lo exige. Nos tuteamos, o, mejor dicho, nos “voceamos” para distanciarnos, no para igualarnos, ya que hasta en la manera de hablar somos excluyentes.

La desigualdad, la violencia y la injusticia vienen perjudicado a la humanidad desde siempre. Pero, gracias a la Civilización que llamamos Occidental y sus raíces greco-romanas-judeo-cristianas, algunas zonas reconocidas como Primer Mundo han logrado aliviar esa situación.  La mayor parte de nuestros semejantes, sin embargo, viven bajo sistemas de organización social que violan los derechos humanos naturales, a menudo torcidos por el derecho positivo.

Nuestro sistema político, nuestras leyes, las religiones y, especialmente, nuestro poco aprecio por los demás, han sido insuficientes para satisfacer las necesidades básicas de seguridad, justicia y reconocimiento.

Nuestra cultura enfatiza la forma, no el fondo de las cosas. Y por eso confunde nuestra realidad: una jungla de espejos donde es difícil distinguir lo falso de lo verdadero; la sinceridad de la simulación.

Los tatuajes de los mareros, los trajes de los empresarios, los carros de los funcionarios, las corbatas de los abogados, los uniformes de los militares y las sotanas de los curas no han sido suficientes para resolver nuestros problemas comunitarios, que tienen su origen en el desprecio, la desconfianza y el pesimismo.

Nuestros símbolos y señales no han contribuido a reducir el desorden. Hace falta prudencia, justicia, valentía y moderación, tanto en lo publico como en lo privado.

En la jungla de espejos, los funcionarios del mercado y los empresarios del estado, valiéndose del Legislativo, el Ejecutivo, el Judicial y demás instituciones, chocan por motivos de apariencia electora, pero de mucha mayor trascendencia.

Los gerentes de nuestro fallido estado y mercado no se atreven a decir que necesitamos uno nuevo, con relaciones socio-económicas diferentes y con otra dinámica político-cultural.  Necesitamos un nuevo estado y un mercado que no dependan de la guerra fría y sus “ismos”, que vienen enfrentándonos desde el siglo XIX; necesitamos un nuevo estado que se nutra del calor humano y de las virtudes ancestrales, todavía válidas en el siglo XXI.

Ni socialismo, ni mercantilismo. Solo confianza, optimismo y reconocimiento sincero del otro, que es el prójimo.

Para ello necesitamos un debate y catarsis nacional que trascienda la guerra electorera; que profundice sobre el verdadero origen de nuestros problemas socio-económicos, políticos y culturales.

No se trata de cambiar de presidente, como dice una canción chilena, sino de cambiar una nación; o de construirla porque no existe, como dice el salvadoreño Dagoberto Gutiérrez.

Ello requiere de personas que nos conduzcan y orienten en la adversidad; que sepan distinguir entre lo falso y lo verdadero y que no traten a sus semejantes como superiores o inferiores, sino con igual dignidad.

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