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lunes , 18 diciembre 2017
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“El Circo de la corrupción”: un espectáculo sedicioso

Oscar A. Fernández O.

“Aquellos que pueden hacerte creer absurdos, cialis pueden hacerte cometer atrocidades” Voltaire.

El pedido de destitución de la presidenta Dilma Rousseff no tiene nada que ver con la operación Lava Jato, salve ni con ninguna otra iniciativa de combate a la corrupción. Dilma no es acusada de robar centavo alguno. El pretexto utilizado por los políticos de oposición para tratar de desplazarla del gobierno, es el llamado “maquillaje fiscal”, es un procedimiento de gestión del presupuesto público de rutina en todos los niveles de gobierno, federal, estatal y municipal, y fue adoptado en los mandatos de Fernando Henrique Cardoso y Lula sin ningún problema.

Ella, simplemente, puso dinero de la Caixa Económica Federal en programas sociales, para poder cerrar las cuentas y, al año siguiente, devolvió el dinero a la Caixa. No obtuvo ningún beneficio personal y ni sus peores enemigos logran acusarla de algún acto de corrupción. De ahí la importancia de entender la dinámica actualmente inmersa en esta explicación. “Las movilizaciones cívicas”, discursos y campañas que estamos percibiendo, organizadas por las oligarquías y los sectores más conservadores de la sociedad, asesoradas desde Washington, son evidentemente, más que una “lucha real contra la corrupción”.

Es decir, que la tan preconizada “lucha contra la corrupción” que parece querer “limpiar” nuestros países estos últimos tiempos, se revela como un espectáculo mediático sin consecuencias reales en las verdaderas estructuras de poder, por excelencia corrupto. El propósito: desestabilizar la conducción de los proyectos populares y colocar sus piezas importantes en función de recuperar el control del Estado y consolidar el nuevo proyecto capitalista modernizante.

A favor de esta estrategia, hacen un manejo tramposo de las circunstancias; cada vez se insiste más en que el estado desastroso de las poblaciones (herencia histórica del sistema), se debe, no a determinantes estructurales sino a “la ineficacia y las malas prácticas” de los funcionarios de turno. De esa manera el sistema en su conjunto queda libre de cuestionamientos, y se encuentra un apropiado chivo expiatorio, una salida digna: “estamos mal porque los políticos son corruptos y se roban todo”.

Dicho de otro modo, la corrupción es uno más entre tantos males que aquejan a nuestros pueblos, pero no es el más importante, ni el primero muy probablemente. La exclusión y el estado de empobrecimiento crónico de grandes masas populares, no se deben sólo al enriquecimiento ilícito de mafias corruptas enquistadas en el poder político en compadrazgo con otros poderes fácticos, como ahora pareciera denunciarse con fuerza creciente y nada disimulada indignación.

La pobreza estructural y exclusión histórica, a lo que se suma el machismo patriarcal o un racismo atroz que condena a alguien a ser humillado por su pertenencia étnica (“no seas indio” se le dice a alguien que muestra poca educación), no es sólo culpa de los funcionarios deshonestos que hacen del Estado (nacional o local) un botín de guerra. La corrupción puede ayudar, pero no es la causa de todo este desastre. Es herencia de una devastación histórico-estructural que lleva ya siglos de maduración. Cabe la pregunta entonces si esas diferencias abismales se deben a la corrupción de funcionarios corruptos o es algo más complejo, producto de esa exclusión histórica (Rebelión: 2015)

En esta línea podría inscribirse mucho de lo que sucedió con la Primavera Árabe  (2010 a la fecha), que pudo haber iniciado como una legítima protesta popular, espontánea y con gran energía transformadora, o al menos de denuncia crítica, pero que rápidamente degeneró (o fue cooptada) por esta ideología “democrática-imperial” –y probablemente manipulada desde este proyecto de dominación.

Se ha dicho en varias ocasiones que, una vez más –al igual que en casos anteriores: el extractivismo, la intriga de los medios, la violencia organizada, la desestabilización política por los poderes de facto, la despolitización de los pueblos y hoy el “combate a la corrupción”, son un instrumento político para la distracción– sobre todo en el llamado triángulo norte que continua sirviendo como laboratorio de ensayo a los planes de Washington.

Hay nuevos “monstruos mediático-ideológicos” a combatir, siempre ideados por la fuerza dominante en la región: ayer el “comunismo internacional” y sus cabezas de playa en América Latina. Hoy: el narcoterrorismo y la violencia criminal. Más recientemente y con una fuerza inusitada: la corrupción.

En Guatemala, por ejemplo, como parte de un plan bien urdido, desde principios del año 2015 el Ejecutivo estadounidense comenzó un ataque sistemático: la corrupción fue posicionándose como principal problema nacional, y el vicepresidente de la Casa Blanca, Joseph Biden, llegó al país a “poner las cosas en orden. De hecho, trajo un mensaje claro para el presidente Pérez Molina: a Guatemala y a los otros dos países del Triángulo Norte de Centroamérica (Honduras y El Salvador) no se le podría conceder el Plan para la Prosperidad (mediocres fondos destinados a “mejorar” la situación socioeconómica interna) si no se iniciaba un combate frontal contra esa corrupción. El mecanismo obligado para ello fue la permanencia de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala –CICIG– y su necesaria irradiación a los otros dos países. El recado fue claro y terminante: no más corrupción gubernamental, porque eso es la causa de las penurias de la población y no las fallas estructurales del sistema que ellos dirigen e imponen. (M. Colussi: 2015)

El guión estaba escrito: la corrupción debía enfrentarse a muerte, así como se hace con el “terrorismo” en Medio Oriente y el Asia Central (cuyo delito es poseer petróleo) Es posible concluir eso, porque todos los gobiernos “molestos” para la lógica imperial van recibiendo ahora acusaciones de corruptos. La fórmula funciona, sin dudas. Funciona porque definitivamente la corrupción en estos países ha sido hasta hoy, una cultura del poder y método para gobernar; atacarlas, por tanto, es fácil.

En cualquiera de estas propuestas medianamente progresistas, donde la ética sigue siendo asignatura pendiente, es muy fácil encontrar hechos corruptos. Así, todo intento de ir contra la línea imperial, es golpeado por la “transparencia democrática” que hoy se preconiza. Nicolás Maduro, Dilma Roussef, Cristina Fernández, Evo Morales tienen como principales contendientes políticos las denuncias contra hechos corruptos de sus gobiernos. Venezuela, Ecuador, Bolivia, El Salvador son víctimas de intentos similares.

La estrategia funciona para la Casa Blanca, porque le permite las llamadas “revoluciones suaves” (roll back), procesos de reversión de gobernantes “molestos” sin necesidad de golpes de Estado cruentos, tal como sucedió por ejemplo en Europa del Este, o en algunos países árabes.

Considerando todo lo anterior, puede verse cómo esa prédica contra la corrupción puede servir mucho más para los proyectos geoestratégicos de los capitales transnacionales que las viejas y sangrientas dictaduras del pasado, hoy impresentables, a un menor costo económico y político y sin derramamiento de sangre (lo cual puede crear reacciones como los movimientos armados, o explosiones populares inmanejables).

No hay lucha efectiva contra la corrupción, porque el capitalismo sobretodo hoy, en su fase de globalización financiera, es por naturaleza, corrupto y criminal, y así funciona. La disputa es por seguir asegurando el traspatio de la potencia imperial, y en el caso puntual del “Triángulo Norte” esconde también la lucha entre las facciones derechistas.

Como toda guerra justificada  por algún demonio del momento: comunismo internacional, terrorismo islámico, narcotráfico y pandillas, ahora la corrupción sirve a esa estrategia: es la “nueva fatalidad bíblica” colocada en la cúspide del embate mediático.

La apuesta parece exitosa, dado que posibilita acciones ciudadanas “limpias”, encuadradas en la ideología de la democracia burguesa occidental, acciones no violentas que desestabilicen el sistema, “respetables”, “civilizadas”. ¿Quién puede avalar racionalmente la corrupción? Por supuesto que la corrupción indigna, enfurece, subleva incluso. De ahí que las movilizaciones que se pretende exaltar, son especialmente eso: no violentas,  con apariencia de “ciudadanas y democráticas”, marcadas por la ideología de clase media urbana conservadora, que tiene algo que perder, pues los verdaderamente explotados no tienen nada que perder, más que sus cadenas”, ¿o no?

El objetivo con estas “operaciones anticorrupción” no es cambiar nada de raíz, sino simplemente desgastar a los gobiernos que adversan sus planes y permear el retorno de las derechas con un modelo neoliberal “arreglado y remozado” que algunos llaman post-neoliberalismo.

En nombre de la lucha contra esa desgracia terrible, esa nueva “plaga bíblica” que pareciera ser la corrupción, puede hacerse cualquier cosa. Hablar de la lucha contra ella es “democrático”, “civilizado”, “patriótico”, “modernizador”; hablar de las injusticias estructurales que originan esa corrupción y de los poderes fácticos que la propician, es un atentado, un discurso trasnochado, es irresponsable y anti patriótico, es “populismo”. Sin los que hoy vociferan los más grandes corruptos de nuestra historia.

Por todo esto cabe preguntarse, ¿pueden los procesos de cambios revolucionarios, convivir con las burguesías pro imperialistas?

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