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Viernes , 22 Septiembre 2017
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Educación y violencia

Nelson Martínez

Vivimos en un entorno violento. Hay violencia en la casa, unhealthy help en el vecindario, en la calle, en el bus, en la escuela, en los medios de comunicación. Tenemos padres, madres e hijos violentos; vecinos violentos; delincuentes violentos; conductores violentos, profesores y estudiantes violentos; programas de televisión y cine violentos; políticos violentos. Hasta las muertes son violentas y brutales.

Somos una sociedad violenta. Vivimos en una cultura de violencia y hemos generado una industria basada en la violencia. La violencia la sufrimos y la pagamos todos, convivimos con ella, la toleramos y hasta la justificamos. Consumimos, producimos y reproducimos violencia.

Como individuos también somos violentos. El hombre es violento con la mujer, el marido es violento con su cónyuge, el padre o madre con el hijo o hija, el hijo con el padre o madre, el vecino con el vecino, el profesor con el alumno, el conductor con todos los demás que transiten por la calle, el jefe con el subordinado, el adulto con el niño, el adulto con el anciano, el pandillero con la sociedad, el político y funcionario público con la ciudadanía, el que tiene más con el que tiene menos, el que se cree más con el que cree que es menos. Hasta con los animalitos somos violentos.

Tenemos violencia de todo tipo. El gesto agresivo y la mirada hostil, el regaño y la reprimenda, el grito y el insulto, el reclamo airado y la burla, la amenaza y el maltrato, el lenguaje agresivo y el discurso ofensivo, la matonería y la intimidación, el empujón y el forcejeo, la bofetada y la paliza, el toqueteo y el manoseo, el acoso y la violación sexual, la mutilación y el crimen. Todas son diferentes manifestaciones de la violencia, desde la más sutil y aparentemente ingenua o inofensiva –la violencia simbólica de Bourdieu- hasta la violencia con saña y barbarie.

La violencia es multicausal, multidimensional y multifacética -tiene múltiples expresiones como se anotó antes-. La violencia sólo puede entenderse desde la complejidad de sus factores asociados: políticos, económicos, sociales, históricos, culturales, psicológicos y educativos. Igualmente importante resulta desmitificar la pobreza y el desempleo como las causas de la violencia o que ésta esté determinada por factores genéticos y étnicos.

La violencia es una manifestación –causa y consecuencia- de descomposición social. Al ser la violencia un fenómeno social, se refleja en la educación. ¿Es la educación la responsable de la violencia social? ¿Es la educación la responsable de solucionar los problemas de violencia en la sociedad? Bueno, la educación es parte del problema y parte de la solución. Por tanto las instituciones y agentes educativos no son ajenos a la violencia y no deben verse desvinculados de ella. De aquí que los primeros llamados a abordar y  resolver el siempre creciente problema de la violencia son la familia, la comunidad, la escuela, los medios, las iglesias, el Estado. En la medida que éstas cumplan con su función educativa están manteniendo, acrecentando o resolviendo el problema de la violencia.

Todos los seres humanos somos el resultado de un proceso formativo educativo. Es evidente, pues, que si hay tanta violencia es porque ese proceso ha fallado en algún punto. Si la violencia continúa y se incrementa es porque el proceso sigue fallando continuamente en mayor proporción. Si entendemos que somos el resultado de un proceso de aprendizaje, que los niños no nacen aprendidos y que hay que formarlos, entonces es posible educar para la no violencia.

La solución, por tanto, al preocupante problema de la violencia pasa por acudir a su origen y sus causas, y la primera es la familia. Los padres son los primeros educadores de los hijos. Cuando asumen la responsabilidad de traerlos al mundo, también asumen la responsabilizar de su formación. Es en el seno de la familia que los niños aprenden a recibir y dar afecto, la convivencia pacífica, a ser tolerantes, comprensivos, respetuosos, solidarios y a ser unidos. Los valores humanos y principios de vida que aprendan en esta etapa les han de conducir el resto de su existencia. Es en esta primera socialización que los niños construyen su imagen e identidad, internalizan el mundo de sus padres como único mundo posible, se implanta en la conciencia y perdura en ella indefinidamente. Todo eso lo aprenden de sus padres, dentro de la familia.

Los niños aprenden por imitación, por eso necesitan entornos positivos, buenos modelos de conducta, reglas y límites claros de comportamiento, figuras de autoridad y afecto. El entorno generado dentro del hogar servirá de modelo de formación y reproducción en su vida adulta. Si los niños son criados en un ambiente de estabilidad, de cariño, de no violencia vivirán su vida adulta bajo estas condiciones.

Por el contrario si los niños crecen con modelos permisivos o represivos en un ambiente hostil, de intolerancia, resentimiento, abandono, maltrato y odio, podrían reproducir intolerancia, maltrato y odio. Si la violencia se genera en la familia, el niño aprenderá a ser violento. La violencia se reproduce en la violencia y se convierte en un problema que se transmite de una generación a otra. La prevención de la violencia y la cultura de paz comienzan en la familia. Por todo esto la familia es insustituible. Si la familia entra en crisis, la sociedad entra en crisis; de ahí la imperiosa necesidad de fortalecer su institucionalidad.

El tema de la violencia pasa obligadamente por la educación escolar. La escuela no es una isla. Cualquier cosa que sucede en la sociedad repercute en la escuela. La escuela es una mini sociedad que refleja toda la problemática social. Escuela y sociedad se crean y reproducen mutuamente. Por tanto, la violencia no es sólo un problema de los que están afuera del sistema escolar, ni sólo de los que están adentro, sino de ambos.

La escuela, como institución social, tiene funciones sociales-educativas bien definidas. Una de esas es asegurar la continuidad social. A través de la educación se transmite todo el patrimonio cultural acumulado por las generaciones anteriores. La educación es uno de los principales medios para formar ciudadanos que encajen con los moldes y valores socialmente preestablecidos. Otro es adaptar el individuo al mundo social, hacerlo miembro del grupo, lo cual implica un procesos de socialización a través del cual el individuo refuerzan su identidad y rol dentro de la sociedad. Pero al mismo tiempo, esa socialización implica aprender las normas de convivencia y reglas de comportamiento dentro del grupo social, donde las conductas antisociales son además prevenidas. Esta es la educación como proceso de enculturación y socialización. Pero cuidado, la escuela como medio de reproducción social puede, y de hecho lo hace,  reproducir patrones y conductas de violencia.

Desde otro ángulo, se asume que la escuela parte de un propósito y concepto de educación basado en la instrucción, en la formación intelectual, orientado al rendimiento profesional y al éxito económico-social. Lo cual es válido y necesario, pero en realidad la escuela no debe verse sólo como un cúmulo de asignaturas y aprendizajes orientados a ese propósito, sino como un cúmulo de oportunidades de crecimiento personal y humano lleno de experiencias de vida y para la vida, para una vida sana, productiva, prolongada y plena. Por eso, el modelo educativo que una sociedad adopte dentro de su escuela en un momento dado, se convierte en el modelo de cultura, ciudadanía y convivencia por el que se está optando. Este modelo de educación debe sentar las bases para el cambio social a una sociedad más humana y solidaria, que refleja una apuesta educativa por una escuela entendida como espacio de paz, con aprendizajes dinámicos de las actitudes, valores y ciudadanía en convivencia de igualdad. Si se logra que la escuela se oriente hacia una formación integral del ser humano, no solo académica y tecnológica, sino que educa en valores y forma para la paz desde la infancia, se habrá dado un paso cualitativo para alcanzar eso que la sociedad espera de ella.

Pero esta pequeña reflexión estaría incompleta si no hablamos aunque sea brevemente de otros dos agentes educativos que inciden grandemente en el abordaje de la violencia: los medios de comunicación social y la religión. Aunque queda claro desde un principio que educar no es la función principal de estos agentes, pero igualmente debe quedar claro que ambas tienen gran incidencia educativa en las personas y por tanto en la conformación de los valores, prácticas y formas de vida relacionadas con la violencia.

Los medios de comunicación tienen gran poder de penetración y socialización, y sirven entre otras cosas  para inculcar valores, generar actitudes y manipular personas. La incidencia de los medios, que incluso incide más que la escuela, es incuestionable en el desarrollo de un sistema de valores y en la formación del comportamiento y lo demuestran en el caso de la violencia. Numerosos estudios dan cuenta que la violencia en la televisión tiene efectos en los niños y adolescentes como el de volverlos inmunes al horror de la violencia, aceptar la violencia como un medio de resolver problemas, imitar y reproducir las formas de violencia de la televisión e identificarse con los caracteres, ya sea como víctimas o agresores. No se trata de satanizar los medios, pero su gran problema radica en que socializa la violencia -y otros fenómenos sociales indeseables- pero no proporciona pautas educativas ni formativas para disminuir su impacto negativo.

La religión también tiene el poder de motivar y orientar la conducta del individuo. De ahí que también se espera que las iglesias -de cualquier denominación- contribuyan al cambio social ejerciendo su capacidad de orientar la acción de la sociedad.

La educación tiene incidencia directa en la formación de hábitos, actitudes, valores, de patrones conductuales y ciudadanía, que son necesarios para la convivencia pacífica y para que cualquier sociedad alcance mayores niveles de realización. Pero la tarea educativa no es exclusiva de la escuela, por lo que si se pretende vivir en sociedades de no violencia, con una cultura de paz, se necesita unificación de criterios y propósitos entre la familia, la escuela y la comunidad (medios de comunicación, religión, entidades políticas). Una lucha frontal contra la violencia requiere un esfuerzo sinérgico de todas las instituciones y de todos los actores: padres y madres, maestros, líderes religiosos, líderes de la comunidad y de toda la sociedad en general.

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