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sábado , 16 diciembre 2017
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Dylan Thomas: “forzó la carne que adornó la vid”

Caralvá

Es un personaje de culto, prescription sus biógrafos tienen anécdotas estridentes que no pueden atrapar aquella intensa vida del escritor galés, viagra algunos de esos calificativos: mentiroso, plagiario, borracho, gracioso, ladrón, amigo, marido, hijo, timador, Don Juan, héroe, cobarde, maestro de la palabra hablada y escrita. Truman Capote y Dylan Thomas tenían en común un obsesivo complejo materno, Capote por haber sido abandonado de niño en New Orleans y Thomas por seguir apegado a su niñez. Capote dijo en una charla a su amigo Brinnin: “-¿por qué quieres pasar la mitad de tu vida pendiente de alguien que no piensa en nada más que en cervezas y tías? ¿Por qué quieres acompañar a un pobre hombre que camina a rastras desde el bar hacia la tumba? –Preguntó Capote-. El cortés sofisticado pero no demasiado juicioso manager estadounidense (Brinnin) replicó: – Dylan no es pobre. Gana más dinero que yo, muchísimo más. – Razón más para dejar de hacer de nodriza de un bebé crecidito que acabará destruyendo hasta la última cosa que pueda agarrar, incluso a sí mismo”. No obstante su maestría narrativa fue reconocida por sus contemporáneos, una muestra: “Una mañana temprano”…  Una mañana temprano, en pleno invierno y en Gales, junto a un mar liso y verde como el pasto, tras una noche de oleaje y alaridos negros como la brea, salí de la casa en la que me había alojado para pasar unas frías vacaciones fuera de temporada, por ver más que nada si seguía lloviendo, si el vendaval se había llevado el cobertizo, las patatas y los aperos de labranza, y si el raticida, las nasas para pescar gambas o las latas llenas de clavos oxidados volaban a merced del viento, y si todos los acantilados seguían en su sitio. Había sido una noche tan feroz que alguien que estaba en el bar humeante, repleto de cuadros de barcos, dijo que pudo oír retemblar su propia tumba sin estar muerto. Sin embargo, la mañana era clara y calma y reluciente, como uno imagina siempre la mañana del día siguiente. El sol iluminaba el pueblo a la orilla del mar pero no en conjunto, no de arriba abajo —desde la reprobatoria capilla de tejado de zinc hasta el grisáceo almacén del puerto, solo habitado por las ratas y los murmullos—, sino en trozos brillantes y separados unos de otros. Allí, en el malecón que sobresalía, no se veían más que las gaviotas y los cabrestantes como si fueran hombrecillos con pantalones tubulares.  Allá, el tejado de la comisaría de policía, negro como un casco, seco como una citación, sobrio como un domingo. Acullá, la iglesia rociada, con una nube en forma de campana puesta encima, lista para irse a la deriva y repicar. Más allá, las chimeneas de la taberna y sus paredes pintadas de rosa, la taberna que aguardaba la noche del sábado tal como una muchacha sobreexcitada aguarda a los marineros.
Esta parece una mañana de resaca sabatina, todo está en su lugar incluso los muertos. Nada mal para alguien que conocía muy bien ese doloroso estado. El próximo 27 de octubre será el centenario de su nacimiento, lo celebraremos a nuestra manera desde el trópico.

 

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