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martes , 12 diciembre 2017
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Don Julio Gaitán

Camarena 1920-2006

Don Julio Gaitán, viagra sale salesiano coadjutor panameño, hospital vivió durante 63 años en El Salvador. Allí murió. Prácticamente toda su vida salesiana, a excepción de escasos tres años en Cartago, Costa Rica como maestro de sastrería. El Colegio Santa Cecilia, de Santa Tecla, tuvo el privilegio de contar con su influyente presencia por tan largos años. Tan identificado estuvo con la ciudad de Santa Tecla y con El Salvador que en el año 2002 la autoridad municipal lo nombró Hijo meritísimo y consagró una calle a su nombre. Un año más tarde la Asamblea Nacional lo condecoró con el importante título de Noble Ciudadano de El Salvador.

De fuerte personalidad, era el centro de las conversaciones. Su perenne buen humor y sus simpáticas burlas a los hermanos eran la delicia de la comunidad salesiana. Contagiaba alegría y optimismo.

Hombre disciplinado, trabajó por muchos años en uno de los oficios más desagradables; curtidor de cueros de ganado. Los salesianos habían creado esa pequeña empresa para generar fondos para el sostenimiento de las obras educativas.

Don Julio y otros abnegados coadjutores eran los responsable de la producción y venta de esos cueros.

De lo que don Julio se enorgullecía era de “su” Oratorio. Vivía para sus oratorianos pobres. Daba catecismo, animaba las misas, organizaba el deporte, preparaba las grandes fiestas de Don Bosco, María Auxiliadora, San Luis patrono del Oratorio, y muchas más que creaban el estilo festivo en ese mundillo de numerosos muchachos sin otras alternativas.

Los oratorianos de aquellos tiempos ahora son hombres de la tercera edad. Recuerdan a don Julio con nostalgia y admiración.

Cuentan cómo les inculcaba constantemente el estudio como vía de superación personal. Como los quería, hasta visitarlos en sus casas cuando se enfermaban.

En la altura de su vida, la diabetes fue minando su robusta salud, a tal punto de quedar ciego.

Aún así, no abandonaba el Oratorio. Todos los días de la semana se hacía conducir por unos trescientos metros desde la comunidad salesiana hasta el Oratorio. Allí, solo, encendía la grabadora y transmitía por los altavoces al vecindario los tradicionales cantos piadosos de las misas oratorianas. Ningún vecino expresó jamás una queja por ese ruido.

La enfermedad y la ceguera lo fueron obligando a quedarse en la comunidad. Hasta que le resultó posible, participaba en los actos ordinarios de la vida comunitaria: oración, comidas, misa.

En la última etapa de su vida quedó confinado a estar en la cama. Le agradaban las visitas. Varias veces invité a pequeños grupos de niños de primaria a su cuarto de enfermo. Se ponía feliz al saber quiénes eran y conversaba amablemente con ellos. Los niños lo miraban fascinados.

Yo, que soy un desastre para cantar, me animaba a invitarlo de vez en cuando a que cantáramos juntos los viejos cantos piadosos: la antigua novena de Navidad, el Padrenuestro, el Avemaría. Todo en latín.

Entonces se llenaba de vigor y cantaba entusiasmado con su robusta voz. Toda su vida fue un animador del canto religioso.

Su tranquila muerte se dio sin el menor sobresalto. Fui testigo de su último suspiro: como quien descansa satisfecho.

Heriberto Herrera

Tomado de Boletín Salesiano Don Bosco en Centroamérica Marzo-Abril 2016

No. 220 Año 37

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