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lunes , 25 septiembre 2017
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Dialéctica de la conciencia social en la filosofía de la historia de Ignacio Ellacuría

Dialéctica de la conciencia social en la filosofía de la historia de Ignacio Ellacuría

Alberto Quiñónez 

(Miembro del Colectivo de Estudios de Pensamiento Crítico)

1. Introducción. 

La temática de la conciencia social es un fenómeno visitado de forma recurrente por Ignacio Ellacuría, debido a que es en este plano donde el autor identifica uno de los accionantes de la praxis liberadora. Varias son las reflexiones que se pueden encontrar en sus escritos al respecto de este tema; no obstante, sólo en su obra póstuma “Filosofía de la realidad histórica”, Ellacuría tratará de forma sistemática y profunda el problema de la conciencia social .

En diálogo con autores tan diversos como Hegel, Durkheim, Marx u Ortega y Gasset , Ellacuría irá hilando sus propios desarrollos filosóficos sobre la conciencia social y su relación con la realidad o, más precisamente, con la realidad histórica, siempre de la mano de la filosofía zubiriana. En este sentido, la conciencia social es para Ellacuría un atributo esencial de la vida humana en tanto que ésta no puede entenderse tampoco sin su referencia a la sociedad.

Toda sociedad presenta unos rasgos particulares en cuanto a su pensamiento colectivo, pensamiento que es más que la sola unión de los pensamientos o conciencias individuales. La conciencia social es algo más que la interacción de pensamientos individuales, con los que posee una relación dialéctica de comunicación recíproca, sin que haya una supeditación de uno sobre el otro y, mucho menos, una síntesis en la que las conciencias individuales tiendan a desaparecer como ocurre en el caso de la dialéctica hegeliana.

El presente ensayo tiene como objetivo fundamental dar cuenta de dos relaciones dialécticas subsistentes en el problema de la conciencia social. La primera de ellas alude a la relación entre conciencia y realidad o, más específicamente, entre conciencia y sociedad, siendo ésta forma particular de la realidad histórica. La segunda de las relaciones se refiere a la que tiene lugar entre la conciencia social y la conciencia individual, es decir, entre la conciencia colectiva y el individuo.

De esta forma, el ensayo se estructura en cuatro apartados sustantivos: los dos primeros que abordan la relación entre conciencia y sociedad, y los dos siguientes que tocan la relación entre conciencia colectiva y conciencia individual. Al final se sistematizan los principales argumentos del ensayo en el apartado de conclusiones y se lista la bibliografía utilizada. De más está decir que este ensayo es del todo provisorio y no agota las interpretaciones posibles de la filosofía ellacuriana.

2. La conciencia como producto social.

Para Ignacio Ellacuría la existencia de la conciencia social es un hecho evidente que han tratado diversos autores desde la filosofía y la sociología, con diversos resultados y diversos aportes que no pueden ser dejados al margen . En este sentido, el apartado respectivo sobre la conciencia social abre con una sistematización de varios autores que, desde distintas posiciones filosóficas o sociológicas, han retomado la temática de la conciencia social.

La conciencia social como un fenómeno de la realidad social remite, en primera instancia, al carácter necesariamente social de la vida humana. Cabe recordar que para Ellacuría, en línea con el pensamiento de Xavier Zubiri, la vida humana está abocada a lo social por su misma constitución natural, biológica. Las notas constitutivas del ser humano en tanto que ser biológico, impelen a que éste se organice con sus pares en orden a su supervivencia.

De la organización de la sociedad surge de forma paulatina la conciencia colectiva. Esta conciencia colectiva está determinada por la convergencia de los seres humanos en una organización colectiva que los trasciende como meras individualidades. Esta organización colectiva, la sociedad, es, además, algo más que la reunión de seres humanos individuales, pues la convivencia de estos reproduce sinergias que escapan a la fuerza de los seres humanos tomados individualmente .

La situación de convivencia es para Ellacuría fundamental para entender porque la sociedad es mucho más que la reunión de los seres humanos individuales. En las relaciones de convivencia es precisamente donde la estructura de lo social puede dar todo de sí, donde la respectividad de sus diferentes componentes recrea condiciones y elementos nuevos, los mismos que a su vez forman una relación sinergética, más allá de los elementos individuales o de los relaciones puramente interindividuales .

En efecto, lo social se diferencia de la adición cuantitativa de individuos en el hecho de que da lugar a fenómenos complejos que no podrían explicarse en el plano individual o interindividual sin mistificar dichos fenómenos y a los individuos mismos. Ejemplo de esto es precisamente la conciencia social, que no se reduce ni se explica por la existencia de distintas conciencias individuales ni a la interacción mecánica que pueda haber entres éstas .

Por otra parte, la conciencia colectiva se encuentra condicionada por las circunstancias históricas o, en otras palabras, no existe una forma social abstracta que a su vez recree una conciencia social pura. Más bien, la conciencia aparece en condiciones históricas dadas y la forma de esta conciencia aparece delineada, aunque no del todo definida, por las condiciones históricas prevalecientes, las cuales incluyen las relaciones sociales de producción, las relaciones de poder y las formas culturales de la sociedad humana.

Cabe mencionar entonces que existen aquí dos grandes ámbitos que no deben ser confundidos. Por una parte, el ámbito más abstracto de la relación entre realidad y conciencia, que funge como momento de determinación de esta última. Por otro, el ámbito de la relación entre realidad histórica y conciencia colectiva, en donde la relación es de condicionamiento, sin que las condiciones históricas lleguen a determinar del todo la forma de la conciencia existente.

Como se verá en apartados posteriores, no sólo la realidad histórica incide sobre la conciencia social. Esta conciencia, al ser una forma de ver el mundo, asumirlo y enfrentarlo, es también un elemento condicionante de la relación práctica del ser humano con el mundo. En tal sentido, la conciencia colectiva recrea cierta forma de realidad y, con ello, crea el “horizonte” en el que se desarrolla la práctica humana.

Es en tal sentido que la conciencia social a pesar de ser producto de la realidad, no es un ente pasivo que únicamente reciba su sentido de tal realidad. A su vez, la conciencia reacciona con sus especificidades frente a la realidad y le imprime una forma específica de aparecer frente al ser humano. Ello, sin embargo, no desdice el hecho de que la conciencia social aparece sólo por y a través de la realidad social, pues sin ésta la conciencia no sería posible .

La conciencia es así un producto de la sociedad y, por tanto, del desenvolvimiento de la sociedad en la historia. No puede hablarse de una conciencia en abstracto, como si la misma fuera una entidad que existe anteriormente al ser humano histórico, es decir, social, o como si la sociedad fuera un producto derivado de la conciencia. Muy al contrario, en la conciencia debe verse el influjo del carácter social del ser humano y, por tanto, la sobredeterminación social e historizada de dicha conciencia.

3. La sociedad como material de la conciencia.

Así como la conciencia es producto de lo social, lo social es a su vez filtrado por la conciencia antes de aparecer frente al ser humano en un ámbito en el que éste pueda acercársele e interactuar con dicha realidad. La conciencia, cuya fuente es el sistema de la sociedad, funge a su vez retroalimentado lo social en tanto que es una visión de mundo determinada. La conciencia al ser el horizonte que demarca el ser efectivo del ser humano en el mundo, hace de este mundo una acotación accesible al ser humano que sólo mediante las puertas de comunicación de la conciencia puede situarse en y frente al mundo .

La conciencia está abocada a la sociedad en cuanto que está forma el material indefectible de la conciencia, a pesar de que la sociedad misma aparezca mediatizada, matizada, escondida o incluso negada por la conciencia misma . Al final de toda reflexión de la humanidad sobre sí misma y sobre su contexto real, se encuentra lo social como sustrato o basamento último de la reflexividad humana. La conciencia va hacia la sociedad porque sólo en el marco de lo social la conciencia es; el carácter de su abocación es esencial y necesario.

Al cumplir la sociedad el papel de material de la conciencia, la conciencia opera activamente sobre la sociedad ejerciendo sobre ésta una presión de condicionamiento. No puede existir así la sociedad sin conciencia, lo que no significa que en toda sociedad exista una idea explícita sobre la sociedad misma, sino más bien vendría a significar que no puede haber una sociedad que no posea una noción normativa de lo real, en general, y de lo social, en particular. De esta forma, la correlación entre sociedad y conciencia se vuelve aún más estrecha.

La conciencia, por su parte, al ser una lectura específica e historizada de la sociedad, constituye un horizonte movible del marco práctico en el que el ser humano se desenvuelve. Es decir, la conciencia, por sus características particulares de originalidad histórica, cambia y al cambiar pone frente al ser humano un mundo nuevo, un horizonte nuevo de posibilidades. En este mundo nuevo, el ser humano es a la vez producto y productor pues mientras que ha sido creado por una dialéctica histórica específica, produce él mismo desde sus condiciones de convivencia el sentido de la dinámica histórica.

Este proceso de hacer la historia es un proceso consciente en el sentido de que remite a un horizonte delimitado por la conciencia colectiva y sin el cual no es posible pensar la dinámica social ni la estructura de la sociedad. Tal conciencia, como ya se dijo, no es un tener presente explícito a la sociedad ni asumir la responsabilidad sobre ella, sino un estar presente por relación genética: la sociedad está ahí en la conciencia en tanto suelo nutricio de dicha conciencia, y la conciencia opera sobre lo social aunque  a su vez no sea conciente de lo social.

En tal sentido, el proceso de hacer la historia no aparece frente a los seres humanos concretos de forma develada . La inconciencia particular opera como forma generalizada de la conciencia, que es colectiva e histórica. Por estar velada, la conciencia colectiva exige un esfuerzo de la razón para comprenderla, tanto en su calidad de fenómeno global como en la especificidad de las leyes a través de las cuales opera. Por estar velada, también, la conciencia colectiva ha fungido como el ámbito de legitimación de una historia de opresión e inhumanidad, más que como un paso en la vía de la liberación del ser humano .

Parte de la tarea liberadora de la filosofía, y en particular de la metafísica, es para Ellacuría la develación de la conciencia colectiva como ideología y, frente a ésta, la constitución de un polo utópico niegue la efectividad inhumana de la historia y cree, a su vez, la conciencia de una posibilidad histórica de libertad y justicia. La conciencia colectiva sería así conciencia social en pleno sentido, cuyo proyecto subversivo es precisamente la transformación de lo social o, en palabras del mismo Ellacuría, “lanzar la historia en otra dirección” .

No obstante, esta conciencia no es sólo conciencia social colectiva, sino que es además conciencia social transmitida al individuo. La conciencia de la necesidad de un proyecto civilizatorio nuevo no sólo aparecería entonces a nivel general de la sociedad, sino que exigiría estar inserto en las notas constitutivas de la conciencia de los individuos, es decir, pasar de la inconciencia a la conciencia particular de la particularidad liberadora del proyecto de la conciencia social. El recambio axiológico y práxico de este proyecto liberador debe darse por tanto a nivel colectivo como individual, ninguno de estos ámbitos puede reducirse o verse aisladamente pues la imbricación de lo conciente entre ambos es, como se verá en los apartados siguientes, mutuamente determinante.

La conciencia operaría así de forma plenificada sobre la sociedad en tanto que implicaría asumir a la sociedad y a sus contradicciones históricas como algo real, hacerse responsable de ellas y orientar dicha realidad en un sentido que humanice al ser humano histórico en el lugar mismo de la historia . Pero si a esto sólo puede llegarse como producto de una práctica derivada a su vez de una forma particular de la conciencia, significa que la sociedad es a su vez determinada en la medida de lo históricamente posible por la conciencia misma a la que dio origen.

4. Conciencia colectiva y conciencia individual: la construcción del sujeto. 

Mientras que la relación entre sociedad y conciencia remite al ámbito de origen de dicha conciencia, la relación entre colectividad e individuo –o entre sociedad y sujeto- refiere a las formas concretas de aparecimiento de la conciencia en las distintas entidades históricas, es decir, en la sociedad o en los sujetos concretos que la componen. Al igual que en la relación anterior, también aquí la vía que comunica a la conciencia colectiva con la individual tiene una doble dirección, un sentido biunívoco de alimentación de ambas conciencias.

En primer lugar, la conciencia colectiva debido a que es social opera como el horizonte normativo de las conciencias individuales . Es decir, la conciencia colectiva norma o regula los límites más generales en los que la conciencia individual puede desenvolverse aún cuando, como se verá más adelante, la conciencia individual pueda incidir en la ampliación de esos límites. La conciencia individual no puede aparecer en un vacío de inexistencia de conciencia colectiva, sólo porque la conciencia colectiva existe la conciencia individual es posible e históricamente factible .

No obstante, la existencia de la conciencia individual como posibilidad en el horizonte de la conciencia colectiva no se actualiza nunca de la misma manera. Precisamente debido al marco historizado en que la sociedad se desarrolla y en el que la conciencia social aparece, la actualización de la conciencia individual asume modos particulares . Las conciencias individuales pueden aparecer con nociones más o menos desarrolladas de determinadas estructuras axiológicas o con costumbres muy diversas, es por ello que existe una diversidad de culturas y, dentro de ellas, de modos particulares de asumir dichas culturas.

Por ser la conciencia un producto social y por ser dicha conciencia el horizonte de la conciencia individual, se sigue que la conciencia individual remite indefectiblemente a sus condiciones históricas. La conciencia individual es entonces deudora de la realidad histórica en la que su vida, en tanto sustento material, tiene lugar. Pero resulta también notorio que la conciencia del individuo está correlacionada con sus condiciones históricas de forma mediata, a través de la conciencia colectiva.

En este sentido puede decirse que la conciencia social va creando a las conciencias individuales, bajo su molde van apareciendo las conciencias de los individuos que, debido a las específicas condiciones de convivencia a las que se enfrenta, tendrán una forma general matizada en una multiplicidad de variantes particulares. La vía direccional que va de la conciencia social a la individual es generativa, pero en ella no existe una determinación mecánica precisamente porque cada individuo tiene específicas relaciones convivenciales con sus pares, relaciones que enriquecen la forma general de la conciencia .

Ahora bien, la conciencia colectiva hace germinar, por decirlo de algún modo, a las conciencias individuales. Pero ello no agota la vinculación de ambos tipos de conciencia ni sus posibilidades de desarrollo. En su tránsito histórico, la conciencia colectiva va encontrando el ímpetu de la liberación por verse negada por las condiciones históricas de dominación; con ello, la conciencia colectiva es más que una sinergia, es una sinergia con sentido utópico. La conciencia colectiva es así conciencia social en los múltiples sentidos que ello puede asumir: como conciencia perteneciente a un conglomerado social, como conciencia de lo social historizado y, por fin, como conciencia del sentido que debe asumir la realidad histórica .

Aunque en la filosofía ellacuriana no aparece este planteamiento de forma explícita, su referencia reiterada a Hegel, Marx y Zubiri, indica una orientación a pensar en el carácter ineludible de la liberación como nota desarrollada de la conciencia. Si es dable asumir este planteamiento en el marco de la filosofía de Ignacio Ellacuría, podría decirse que la conciencia colectiva es conciencia social y que ésta no sólo genera una conciencia individual, sino también una conciencia subjetiva en el sentido de que ésta última sería una conciencia traspasada por la asunción de sus relaciones sociales, de sus condiciones históricas y, sobre todo, por una voluntad de liberación .

La conciencia subjetiva no sería una conciencia absolutizada del “yo”, como en el proyecto de la modernidad occidental. Más bien, esa conciencia sería un anclaje del “yo” en su horizonte social y, por tanto, histórico; un “yo” que no se agota en la individualidad sino que trasciende a las relaciones sociales, en las que encuentra de forma plenamente conciente su realización. Este “yo”, más bien sujeto que individuo, encontraría en la plenificación humanizada de la realidad histórica, el índice de su realización individual y colectiva, subjetiva y social. En las condiciones efectivas de opresión generalizada en el mundo actual, esta remitencia del sujeto hacia la transformación de la realidad lo dota de un contenido utópico que es, a su vez, afirmación de la historia como lugar de la liberación y negación de dicha historia frente a un proyecto de realización de la libertad.

5. Conciencia individual y conciencia colectiva: la derivación de lo social. 

Ya ha sido dicho que las conciencias individuales son generadas por la conciencia colectiva que aparece, a su vez, como producto de las condiciones históricas de las sociedades. También se dijo, en los apartados anteriores, que la vía que comunica la conciencia colectiva y la individual es de mutua alimentación. La forma en que la conciencia individual incide en la conciencia colectiva es a través de dotar de material cognitivo, que la conciencia colectiva sólo puede acumular a través de la práctica, utilitaria primero y comprensiva después, que los individuos establecen con el mundo.

Ciertamente, la conciencia colectiva no podría existir si no existieran los individuos organizados en un cuerpo que es más que la suma de sus partes. Es porque los individuos existen que la sociedad es posible; sin ellos, la sociedad no existiría . Pero no es porque la existencia de los individuos aparezcan disgregados y vayan juntándose, ya sea de forma puramente biológica o contractual, que la sociedad aparece; los individuos son sólo la base material de la sociedad, pero el sentido de ésta ya está implícita en las notas constitutivas de los seres humanos en cuanto realidad biológica.

Pero la forma inmediata en que los individuos se enfrentan al mundo no es mediante una sistemática reflexión sobre el mundo. Al principio, la conciencia de estos individuos no pasa de ser un conjunto de varios conocimientos dispersos sobre su relación práctica e instrumental con la realidad objetiva. Esta conciencia es incipiente y, quizás, no propiamente una conciencia como tal, sino un modo de situarse frente al mundo, modo que al ser humano se le presenta como necesario para poder sobrevivir.

Un postulado de índole marxista es aquí reconocible o, por lo menos, cierta concordancia con el Marx de las Tesis sobre Feuerbach puede ser aducida. La práctica es el criterio de verdad de última instancia de todo conocimiento; a través de la práctica el ser humano va, a la vez que obteniendo conocimientos necesarios para su vida, creando nuevas formas de conocer que son caucionadas por el rasero de lo real para demostrar su efectividad. La práctica hace al ser humano conciente tanto a nivel individual como a nivel colectivo y es en la práctica donde el ser humano encuentra precisamente los nodos de su humanidad.

A través de su comunicación con el mundo, a través de la praxis, los individuos y las sociedades van adquiriendo nuevos cúmulos de conocimientos que pasan a formar parte de la conciencia colectiva . La práctica de los individuos alimenta la conciencia, le da, por decirlo de alguna manera, los contenidos de ideación y suposición, así como el espacio donde estos se legitiman y validan. Es, por tanto, necesario recalcar que la conciencia colectiva no podría existir en un espacio carente de individualidades, pues son éstas las que materialmente soportan y comunican la materia prima de la conciencia colectiva.

No obstante, la conciencia colectiva no se reduce a la agregación de las conciencias individuales. Como ya se dijo en apartados anteriores, la conciencia colectiva es una sinergia de la interacción de las conciencias individuales, sinergia que tiene lugar debido a las relaciones de convivencia de los seres humanos. Pero es notorio, nuevamente, que esas relaciones de convivencia sólo aparecen porque los seres humanos que conforman la colectividad son entes individuales y, en cierto modo, autónomos o, más precisamente, dotados de la posibilidad de autonomía .

La conciencia colectiva se va creando poco a poco según la propia lógica que las condiciones históricas imponen a los individuos. Es decir, la conciencia colectiva no aparece en un plano abstracto de relaciones sociales puras o ideales, o desvinculada de los intereses concretos, las pasiones, los conocimientos concretos de los individuos. Es precisamente porque estos seres humanos individuales están situados en la historia que la conciencia colectiva que les corresponde tiene un carácter histórico. Y es, debido a ello, que la conciencia colectiva de los seres humanos, ya sea colectiva o individualmente, difiere en cada etapa histórica.

Pero no puede decirse que son los individuos los que crean la conciencia colectiva. Más bien, es la “ebullición” de las relaciones sociales que sólo se dan en el marco de la colectividad, la que da pie al aparecimiento de la conciencia. En este sentido, a pesar de la importancia de los individuos, no es por una acción deliberada de éstos que surge la conciencia colectiva, ni es por su conciencia individual que la conciencia individual adquiere formas autónomas de desenvolvimiento. La relación, por tanto, entre los individuos y la conciencia colectiva está mediada por la existencia de la sociedad y por sus formas específicas de desenvolvimiento.

De esta manera, tanto la conciencia colectiva crea al individuo o al horizonte donde el individuo se desenvuelve, como también el individuo es el punto clave para que la conciencia tenga lugar en la historia de la sociedad. La vía de comunicación entre ambas entidades es recíproca, no se puede prescindir de ninguna pues ello implicaría marginar momentos fundamentales para entender la estructura y la dinámica de lo real y, por ende, implicaría carecer de los instrumentos cognitivos para incidir sobre esa realidad y transformarla liberadoramente.

6. Conclusiones. 

El abordaje de las relaciones entre sociedad y conciencia colectiva, y de conciencia colectiva e individual que plantea Ignacio Ellacuría, permite mantener el debate en torno a estos temas desde un plano filosófico que apunta hacia la liberación del ser humano. En efecto, como el mismo Ellacuría sostiene, no puede obviarse una realidad que es patente y que incide en todos los procesos sociales. Por eso, para modificar la realidad histórica en clave de liberación, es necesario comprender la relación entre sociedad y conciencia, y como esta relación se expresa a niel colectivo e individual.

Para Ellacuría, la sociedad y la conciencia interactúan, se comunican y se condicionan mutuamente. Similares características son dables a la relación entre conciencia colectiva y conciencia individual. En ambos casos, las distintas instancias de realidad operan de forma dialéctica, negándose y afirmándose con y frente a las demás, influyendo sobre ellas y adquiriendo de y por ellas modos de desenvolverse. Tanto la sociedad determina a la conciencia, como ésta induce a su vez formas particulares de aparecer la realidad frente al ser humano. La realidad social crea la conciencia, es la entidad sin la cual la conciencia no sería posible. Pero por esa vinculación que las retroalimenta, la conciencia acota la realidad que es efectivamente accesible para el ser humano histórico.

En relación a la dialéctica entre conciencia colectiva y conciencia individual, aquella se presenta como el origen y el horizonte en el cual se presentan las formas particulares, individuales, de la conciencia. La conciencia colectiva recrea la conciencia individual, la condiciona en el plano de sus condiciones históricas. A su vez, la conciencia colectiva no puede existir sin la particularidad de las conciencias individuales que la unen al mundo o, en otras palabras, que figuran como la base material de la conciencia colectiva.

Sin duda, el tema es vasto tanto para la labor de las ciencias positivas como la psicología social, la sociología y la antropología, como también lo es para la reflexión filosófica. En ese plano, es de primer orden el aporte ellacuriano no sólo por estar claramente situado en una tradición filosófica, sino sobre todo porque se sitúa en una tradición que aspira a la liberación del ser humano, a la transformación de la realidad.

7. Bibliografía. 

• Ellacuría, I. “Utopía y profetismo en América Latina”. En: Ellacuría, I. & Sobrino, J. Mysterium liberationis. UCA Editores. San Salvador, El Salvador. 1990.

• Ellacuría, I. “El desafío de las mayorías pobres”. En: Escritos universitarios. UCA Editores. San Salvador, El Salvador. 1999.

• Ellacuría, I. Filosofía de la realidad histórica. UCA Editores. San Salvador, El Salvador. 2007.

• Ellacuría, I. Cursos universitarios. UCA Editores. San Salvador, El Salvador. 2009.

• Samour, H. Voluntad de liberación. La filosofía de Ignacio Ellacuría. Editorial Comares. Granada, España. 2003.

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